Esta es la historia de una mujer que no necesitó un físico que impusiera respeto ni una personalidad avasallante para ser una de las mujeres más importantes de la historia de Uruguay.
Ella lo dijo: “Simplemente me importa lo que pasa al lado mío, al frente, porque lo siento. Yo no fui valiente, fui audaz”.
Esta es la historia de una mujer que no necesitó un físico que impusiera respeto ni una personalidad avasallante para ser una de las mujeres más importantes de la historia de Uruguay.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBelela Herrera era una señora de estatura pequeña, más bien tímida, con un tono de voz amable y discreto. Le daba vergüenza que la halagaran frente a ella, lo que mostraba una mesura de ego poco común entre personas destacadas. Pero esa era exactamente su esencia; eso fue lo que la movió: pensar más en los demás que en ella misma. Y tuvo la fuerza y el coraje para hacer, hacer y hacer. Hacer todo lo que fuera posible, y más.

Tenía 46 años, había criado a cinco hijos y vivía en Chile, donde su marido, César Charlone, era embajador de Uruguay, cuando sucedió el golpe de Estado en ese país y Belela tomó una decisión que cambió su vida para siempre. “Frente al horror, frente al espanto, la reacción es actuar”, dijo. “Creo que es el momento que te pulsa a que tenés que hacer algo, que no podés quedarte estática, que no podés quedarte sin ayudar”.
A ella le gustaba tener su independencia en cuanto a llevar a los chicos al colegio y hacer mandados para la casa, entonces se había comprado un Fiat 600. “Y fue el que me ayudó muchísimo para poder hacer algunas acciones que eran necesarias”, contó.
Más que acciones necesarias, fue una tarea titánica. A bordo de su pequeño auto rojo y con su pasaporte diplomático en mano, mediante contactos con embajadas, hacía valer el derecho al asilo, y así salvó cientos de vidas amenazadas por la dictadura. Luego comenzó su carrera como funcionaria de Acnur y siguió ayudando a las personas que necesitaban protección hasta convertirse en un símbolo de los derechos humanos en el Cono Sur.
Tuve el privilegio de entrevistarla para Galería en 2006, cuando era vicecanciller, la primera mujer en llegar a ese cargo, y cuyo nombramiento la había tomado completamente por sorpresa, pues nunca había militado porque su trabajo no se lo permitía, contó en esa entrevista. También confesó que dormía solo cinco horas, que era católica practicante, pero que estaba a favor del aborto “dada la situación que se está viviendo”, refiriéndose a “las atrocidades que se están cometiendo con las mujeres pobres”. Y recordó su etapa de presentadora de televisión junto a su entonces marido en Canal 10, en los años 60. Una charla con ella era un regalo de la vida; con su tono de profesora, todo lo que decía era un aprendizaje.
Hubo algo extraordinario en Belela y fue que encontró la manera de poner en acción lo que tantas y tantas personas piensan pero no hacen. Era madre de cinco, y el amor y cuidado por los otros lo traía muy bien entrenado. Además, según palabras de su hijo, el cineasta César Charlone, se separó de su esposo en gran parte por una cuestión política, y eligió otro camino. “Ahí empieza la segunda Belela”, dice él. “Ella crio a sus hijos, y cuando fueron independientes, se encargó de los hijos del mundo de la desigualdad, los carentes, que la conmovían”, agregó.
Belela no defendía “el feminismo a ultranza”, probablemente porque en su tarea de dar protección no distinguía entre hombres y mujeres, pero reivindicaba los derechos de la mujer, y es la inspiración absoluta de miles de mujeres que la admiramos, por sus logros, por sus modos, por sus convicciones, por su energía inagotable, y porque todo lo hacía movida por el más puro amor. Ella lo dijo: “Simplemente me importa lo que pasa al lado mío, al frente, porque lo siento. Yo no fui valiente, fui audaz”.