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    Acto interreligioso

    Sr. Director:

    Quiero referirme al acto interreligioso celebrado en la catedral Metropolitana el lunes 17, al que asistió el flamante presidente de nuestra República, Yamandú Orsi. Como era de esperar, su participación ha sido motivo de críticas y aplausos. Yo soy uno de los que lo aplauden.

    En el clima cultural que respiramos, la iniciativa de organizar el acto, por parte de la Confraternidad Judeo-cristiana, merece esos aplausos. Y, a mi modo de ver, criticar al presidente por haber participado en él me parece un soberbio anacronismo: estamos en el año 2025 y hasta el presidente de Francia asistió, sin escrúpulos de relación Iglesia-Estado, no solo a la inauguración de la nueva catedral de Notre Dame, sino también a la primera misa que celebró en ella el arzobispo de París. Y entre nosotros, ¿un juicio al presidente —penoso es que solo dos miembros de su gobierno lo acompañaran— por participar, en nuestra catedral, en un acto religioso organizado por judíos y cristianos? En fin, “el tiempo pasa…, nos vamos volviendo viejos”, como cantaba Pablo Milanés. Estamos en el año 2025 y es hora, en mi opinión, de mirarnos de otra manera.

    El caso es que, cuando asumió el presidente, sobreabundaron entre nosotros las alabanzas a la democracia que tenemos, hasta exponernos, orgullosos —así se oyó—, como ejemplo para el mundo. Dejando de lado lo que se refiere al aspecto político, pienso que estamos todavía muy lejos de lo que Carl J. Friedrich (1901-1984) explicaba en su conocida obra La democracia como forma política y como forma de vida. Entre muchas afirmaciones certeras, dice: “La herencia judeocristiana ha dejado una marca profunda en los valores democráticos contemporáneos, particularmente en la noción de la dignidad intrínseca del individuo”.

    Pienso que, hoy en día, nuestra democracia como forma de vida es la que no funciona. Nos estamos matando y engañando y robando unos a otros; parece difícil soportarse, hablar serenamente, sin ofender… ¿Qué está pasando? En mi opinión, la raíz se encuentra en el olvido o en el desconocimiento de lo que es la “dignidad intrínseca del individuo”.

    Hace muchos siglos, Sócrates, Platón y Aristóteles ya se habían planteado el tema y, más que todos juntos, lo enseñó Jesucristo de mil maneras, hasta hacer exclamar a Saulo de Tarso con inmenso asombro: ¡somos “hechura divina”! (Efesios 2, 10). Esta es, a mi entender, la raíz de la dignidad intrínseca del individuo, que debería enseñarse sin temores decimonónicos.

    Durante no pocos años (ya estoy en la octava década de mi vida) me dediqué a la enseñanza universitaria. Me gustaba presentar a mis alumnos (creyentes, agnósticos…, había de todo) una reflexión del premio Nobel Octavio Paz: Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea.

    Después, preguntaba sobre el poema. Y, salvo escasas excepciones, las respuestas habituales no iban más allá de “está bueno”, “no sé, no lo entiendo”, “a mí me gusta el rap, ¿viste?”, etcétera. Entonces, con un sacacorchos mayéutico, daba una vuelta y otra y otra más a la reflexión, tratando de ayudar a los alumnos a pensar, hasta que llegábamos a ese “alguien me deletrea”: ¿quién será el que me conoce tanto como para deletrearme, es decir, para quererme?

    La educación para vivir en democracia, asentada en la dignidad de la persona, “hechura divina”, requiere tratar de llegar a las últimas consecuencias, preguntándose sin miedo por el sentido de la vida (¿para quién “es enorme la noche”?), enseñando a buscar a Dios, a “mirar hacia arriba”; si soy escritura divina, ¿puedo vivir pensando solamente en yo-mi-me-conmigo?

    A su vez (pido disculpas por la digresión), para quienes ya estamos más cerca del arpa que de la guitarra, me parece muy saludable meditar de vez en cuando lo que se lee en el salmo 90, atribuido por judíos y cristianos a Moisés: Los años de nuestra vida son setenta, u ochenta para los más fuertes; pero la mayor parte de ellos son trabajo y afanes, pues pasan pronto y emprendemos el vuelo. ¿Hacia dónde?

    Jaime Fuentes

    CI 1.031.363-9

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