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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn estos días, en que afortunadamente Marta Canessa de Sanguinetti transita una franca recuperación luego de una intervención quirúrgica, muchos han expresado su afecto hacia ella. Es una buena noticia. Pero también es una buena oportunidad para detenernos, aunque sea por un momento, en una vida que ha dejado una huella propia, mucho más allá de los títulos protocolares.
En tiempos en que suele medirse la relevancia pública por la exposición permanente, Marta Canessa eligió otro camino. Nunca necesitó ocupar el centro de la escena para ejercer influencia. Lo hizo desde el estudio, desde la investigación rigurosa y desde una curiosidad intelectual que la convirtió en una referencia ineludible para quienes se interesan por la historia, la genealogía y las raíces del Uruguay.
Su defensa del “bien nacer” nunca fue una reivindicación de privilegios ni de apellidos, sino una invitación a comprender que la identidad de un país también se construye con la memoria de las familias, las tradiciones y las historias personales que explican quiénes somos. En una época dominada por la inmediatez, reivindicar la importancia de los orígenes resulta casi un acto de resistencia cultural.
Naturalmente, la historia la recuerda también como esposa del presidente Julio María Sanguinetti. Sin embargo, sería injusto reducirla a ese papel. Compartió una vida al lado de una de las figuras políticas más trascendentes del Uruguay contemporáneo, pero nunca quedó definida exclusivamente por ello. Conservó una voz propia, una producción intelectual reconocida y una personalidad que trascendió cualquier rol institucional.
Quienes la conocen saben también de otra de sus pasiones: Peñarol. Ese aurinegrismo vivido con naturalidad, sin estridencias, revela una faceta entrañable de su carácter. Porque las personas también se explican por esas fidelidades que las acompañan durante toda la vida y que hablan de afectos antes que de resultados.
En una sociedad que tantas veces confunde notoriedad con trascendencia, Marta Canessa representa algo distinto: la vigencia de la inteligencia serena, de la cultura entendida como servicio y de la convicción de que el conocimiento puede ser una forma silenciosa —pero profundamente eficaz— de contribuir al país.
Ojalá su recuperación continúe por el mejor camino. Uruguay todavía necesita mujeres de su talla: aquellas que, sin levantar la voz, terminan dejando una marca imposible de ignorar.
Matías Guillama Vidal