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    El feminicidio de Avril

    Sr. director:

    En la noche del miércoles 3 de junio, una joven de 19 años llamada Avril fue asesinada en Ciudad del Plata, en el departamento de San José. Su asesino es un excompañero de liceo y vecino del barrio. Un joven, varón, de 21 años.

    Avril se dirigía hacia su casa, luego de bajar del ómnibus, cuando su asesino —del cual desconocemos su nombre— salió de la oscuridad, la agarró de los pelos, tirándola violentamente al suelo, y procedió a acuchillarla 41 veces. Luego de esto, el joven asesino fue hasta una policlínica cercana e indicó que la había matado porque “la odiaba”. Ante este horrible suceso, Avril no estaba sola. Estaba acompañada de su amigo, Matías, quien intentó defenderla y luego huyó para proteger su vida.

    El día en que escribo esta carta, sale a la luz un comunicado de la Fiscalía General de la Nación que informa que el Instituto Médico Forense dictaminó, tras realizar una pericia psiquiátrica, que el asesino “no tiene la capacidad de apreciar el carácter ilícito de sus actos y determinarse libremente”. Entonces, el femicida, que dijo que asesinó a su compañera “porque la odiaba”, no irá a prisión, ya que la Justicia lo declaró inimputable. A no ser que haya un cambio en el curso del proceso judicial, el asesino tan solo será internado durante 180 días (6 meses) en el Hospital Vilardebó.

    Si discernimos mejor esta frase, la Fiscalía nos está diciendo, concretamente, que este hombre no sería capaz de entender que lo que hizo está mal (que estuviera cometiendo un delito) y que sería incapaz de controlar su conducta de manera libre y consciente. Pero, a su vez, este hombre sería capaz de premeditar y preparar este asesinato brutal a través de, según lo dicho en la prensa, consultas a ChatGPT sobre la posible condena que pudiera obtener luego del delito, sobre en qué parte del cuerpo se mata más rápido y qué pasa si se decapita a una mujer.

    Todo parece indicar que este hombre no solo premeditó y preparó el crimen, definiendo el arma y hasta pensando en un lugar estratégico donde pudiera encontrarse a su víctima, sino que también averiguó la condena que podría obtener, lo que demuestra una clara conciencia de estar efectuando un acto ilícito.

    Invito a preguntarnos lo siguiente: ¿suena esta como una persona que no sabía lo que estaba haciendo, que tuvo un arrebato violento arbitrario hacia una persona cualquiera? ¿O es alguien que venía cultivando odio cargado de sesgos, muy posiblemente machistas, hacia una persona en concreto? ¿Es razonable y coherente, entonces, la inimputabilidad de este femicida, que supone un riesgo para la sociedad y las mujeres en particular?

    Además de todo esto, cabe resaltar que Avril no estaba sola cuando sucedió el hecho. Si este hubiera sido un arrebato arbitrario, fruto de una psicosis, como alude (pero no termina de aclarar) el Instituto Médico Forense, el agresor quizás hubiera actuado indiscriminadamente y podría haber asesinado o herido también a Matías. Pero este no fue un delito indiscriminado, este no fue un asesinato más, este fue un crimen de odio, un femicidio: fue el femicidio de Avril.

    Por otro lado, no niego la posibilidad de que el femicida pueda padecer de trastornos psiquiátricos, como declaró el Instituto Médico Forense, pero su actuar muy claramente no estuvo solo influido por dichos problemas. No todas las personas con condiciones psiquiátricas asesinan, y mucho menos asesinan a una mujer “porque la odian”. Reconocer la existencia de un trastorno psiquiátrico no debería implicar desconocer que también pueden existir motivaciones de odio, discriminación o violencia de género detrás de un crimen.

    Por lo tanto, la sentencia declarada es una forma de quitarle peso y negar la discriminación y la violencia estructural y masiva que hay hacia la mujer en el Uruguay y en el mundo. Es reducir el femicidio de Avril a un mero hecho aislado, cuando está más que demostrado que vivimos en un mundo patriarcal y machista que promueve la discriminación hacia la mujer.

    No estamos hablando de un crimen menor. No se trata de un niño que robó un caramelo por su clara condición de infante inocente y desconocedor de la ley. Se trata de un hombre adulto de 21 años que ideó un crimen y asesinó a una mujer que conocía por odio. Parecería que ante la Justicia nuestra vida vale lo mismo que la de un mero objeto, como podría serlo este simple e insignificante caramelo.

    Los números no mienten y hablan a gritos de que esta es una cuestión de violencia estructural por parte de hombres, que fomenta una desigualdad sistémica de género que nos imposibilita el desarrollo pleno y libre a las mujeres. Más del 90% de las personas que están presas por asesinato en este país son hombres. El hombre ve como vía de solución de un problema el quitarle la vida a otro individuo, y esto es una cuestión totalmente cultural. La violencia de género no es un asunto privado ni particular, es una cuestión social y estructural. La expresión máxima y más atroz de dicha violencia es el femicidio, sin embargo, hay muchas otras manifestaciones y formas de discriminación que aportan a la desigualdad, el odio, la intolerancia y la violencia hacia la mujer, y van mucho antes que esa.

    ¿Pero qué tiene que pasar para que el Estado comience a actuar y a defender a un grupo que conforma la mitad de su población? ¿Qué va a pasar con todas las demás de nosotras, las que seguimos estando acá, vulnerables ante la violencia machista, vulnerables ante un mundo donde los femicidas viven en libertad? ¿Cuántas más tienen que morir para que el Estado prevenga, defienda, eduque, haga justicia y actúe debidamente?

    Todo lleva a concluir que esta sentencia dictaminó el pasaje de un femicidio a un feminicidio: “El feminicidio es un crimen de Estado dado tras el asesinato de mujeres por razones de género, cometido en un contexto de tolerancia social e impunidad institucional” (Marcela Lagarde y de los Ríos, antropóloga y académica mexicana).

    Dirigiéndome más hacia una conclusión, procedo a hacer dos llamados. En primer lugar, convoco al Estado, testigo y cómplice de que siete de cada 10 mujeres asesinadas en Uruguay mueran en manos de un femicida. Apelo al Estado y le pido que, por favor, comience a cumplir la Ley 19.580 de Violencia hacia las Mujeres Basada en Género, cosa que hace ocho años tendría que estar haciendo, pero no es así. Si se hubieran establecido políticas públicas que promovieran cambios institucionales, si se hubiera enseñado en la escuela y el liceo acerca de todas estas problemáticas y se hubiera sensibilizado a los niños y enseñado a los varones a gestionar su violencia y enojo, quizás crímenes como este habrían dejado de suceder. Quizás los hombres hubieran dejado de vernos como objetos sobre los cuales pueden imponer su poder, como elementos de su pertenencia y dominio, los cuales pueden usar, tocar, violentar, violar, acosar, incluso matar.

    En segundo lugar, apelo a todos los uruguayos y les pido que miren a su alrededor e intenten reflexionar y empatizar, que se acerquen a una o más mujeres y que hablen con ellas, que construyan un diálogo acerca de estas cuestiones. Chicas/os, hombres, mujeres hablen de este tema, hablen de los femicidios, de violencia de género, de acoso sexual, de abuso sexual, de desigualdades. Son temas que parecerían ser tabúes o incómodos, cuestiones que todos conocen y de las que nadie parecería hablar mucho, pero el silencio dice algo y es peligroso.

    Cortar con él empieza por lo cotidiano, empieza iniciando conversaciones en los grupos de amigos, en la cena familiar, alzando la voz. Hombres, reflexionen, replantéense las dinámicas de su entorno, repiensen los discursos que escuchan en redes, en casa o de sus amigos. No somos una amenaza hacia ustedes ni pretendemos serlo; solo queremos vivir tranquilas en un mundo que nos quiera ver libres y que nos permita desarrollarnos plenamente, y elegir nuestro propio camino, sin que su final sea dictado por el odio de un hombre.

    P.D.: mi más profundo respeto y solidaridad con la familia, las amistades y los seres queridos de Avril. Ninguna reflexión jurídica o política puede hacernos olvidar que detrás de este caso había una joven de 19 años con una vida por delante, proyectos, afectos y sueños. Justicia por Avril.

    Belén Fresco Campopiano

    Estudiante de Relaciones Internacionales