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    jueves 11 de julio de 2024

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    El Frente Amplio y los barrios privados

    POR

    Sr. Director:

    Hace algunas semanas el tema de los barrios privados se inmiscuyó en la agenda de la campaña electoral. La vorágine de las internas hizo que el tema sea abandonado rápidamente, sin ahondar demasiado en las verdaderas posturas. Vimos a Yamandú Orsi contradecir el programa electoral del Frente Amplio respecto a esta cuestión, mientras que Carolina Cosse ha manifestado abiertamente su rechazo. Sin embargo, la discusión pereció con rapidez y parece que la conclusión que podemos sacar es que todo va a quedar tal y como está.

    Esta disputa trasciende a estas dos figuras políticas coyunturales y nos hace ver una supuesta diferencia que parece que hay entre Montevideo y Canelones en cuanto a la construcción y la existencia de barrios privados. Más bien, entre la izquierda de Canelones y la izquierda capitalina, que en época preelectoral acabó de lanzar un libro llamado Urbanismo neoliberal junto con el think tank de la Udelar y la corporación Fucvam, donde denuncian los males de los barrios privados.

    Montevideo no los ha permitido nunca. No se pueden construir y punto. En cambio, Canelones ha aprovechado —como tantas veces lo ha hecho— la necedad montevideana y ha permitido el desarrollo y el flujo de inversiones. La izquierda canaria lleva cuatro períodos aceptando y promoviendo este tipo de urbanizaciones. ¿Qué sucede? ¿El anticapitalismo les brota según su localización geográfica?

    Parece, más que nada, una escenificación. Una operación de falsa bandera. La respuesta no está tanto en el rol que cumplen los negocios y la plata que traen las inversiones. Tampoco en el pragmatismo de cobrar jugosas contribuciones inmobiliarias, sino que es muy coherente con su modelo de ciudad. La izquierda dice que su modelo de ciudad es público. Les gusta lo público, mucho lo público. Y la ciudad privada es un adefesio en su mentalidad. Parece lógico. Pero, sin embargo, la ciudad privada les es coherente.

    Estoy de acuerdo con que el barrio privado es la anticiudad. No es para todos. Entran unos pocos. Y una vez que logras penetrar la frontera, se ve poca gente en sus calles. No hay movimiento ni muchas interacciones. Es un modelo de vida antiurbano, donde lo que se pondera es la naturaleza y la tranquilidad. La consecuencia inminente de ello es que hay zonas “privatizadas” de la ciudad, lo cual a la izquierda purista e ideológica le disgusta. Sin embargo, la otra consecuencia es que no solo se moldea la fisonomía geográfica del área metropolitana de la ciudad, sino que también la social e identitaria.

    Al construir barrios privados no es que se multipliquen los pitucos, sino que su crecimiento es un proceso que se da de manera previa y de igual manera, devenido del natural desarrollo económico del país. Entonces, el rol que tienen los barrios privados es confinar y mantener resguardado a este grupo social que está en aumento. Desaparece del paisaje el votante urbano que la izquierda identifica como el sujeto político de la derecha en la ciudad.

    Canelones te lo maquilla como pragmatismo, y Montevideo no opone mayor resistencia. Tuvimos a un excomunista y a un tupamaro como intendentes canarios, y nunca se los intentó convencer de prohibir estas urbanizaciones. Mientras tanto, la identidad montevideana crece y se desenvuelve de espaldas a estas “élites”. Lo urbano deja de ser pituco y lo pituco deja de ser montevideano. Está lejos y recluido en La Tahona. El actor social lo ve cada vez menos en las calles de la ciudad y su rol en un espíritu aspiracional de la clase media se ve despojado. La clase media de la ciudad siente una desconexión cada vez mayor para con este grupo social. “El sur de avenida Italia” se transforma en “el barrio cerrado”.

    Es un proceso que no es nuevo para Montevideo. Siempre ha contado con élites que buscan reclusión y escape de lo urbano: de Ciudad Vieja a la quinta en El Prado, a la casona en Pocitos, al chalet en Carrasco y, ahora, a la mansión en La Tahona. Cada vez más lejos, cada vez más ajeno a Montevideo. Esto nos distancia de Buenos Aires. Montevideo jamás tuvo una calle Alvear, ni un barrio de Retiro o Recoleta, símbolo del lujo y la exclusividad porteña. El Teatro Solís queda muy lejos del hábitat de la clase alta, no así el Colón. La élite argentina está en el núcleo de la ciudad y empapa toda la idiosincrasia de la ciudad. En consecuencia el porteño es percibido como glamouroso pituco, mientras que el montevideano es un empobrecido luchador sufrido. Lo gris y decadente de la ciudad acompaña.

    La izquierda no frena la construcción de barrios privados en Canelones porque no quiere. Lo que sí hace es desincentivar la construcción de apartamentos en Pocitos o Punta Carretas; excluyó a estas zonas de la ley de vivienda promovida en 2010, para que no haya beneficiarios de clase media que se muden a esta zona de la ciudad, y Arana mutiló su capacidad constructiva con el POT de 1998. Hoy los edificios que se construyen en la zona —pocos, en comparación a la cantidad que hay en otras zonas de la ciudad— son acordamientos. Es decir, están ahí porque tienen un edificio alto al lado y su única misión es hacer una transición suave con la zona no densa del barrio, no la de densificar.

    La nueva clase media-alta y alta ya ni siquiera es bienvenida a las zonas sureñas de la ciudad, son recluidos a los barrios privados fuera. Los fenómenos de degradación del entorno urbano montevideano y la inseguridad dan como síntoma a gente que se quiere ir de la ciudad. Una ciudad sana y vibrante jamás explicaría el fenómeno de los barrios privados. No van a prohibirse. A lo que deberían prestar atención los desarrolladores inmobiliarios es a un recorte en la capacidad constructiva en barrios como el Centro o Cordón, ya que se están “aburguesando”.

    Tomás Bonetti