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    El impuesto mínimo global

    Sr. director:

    Reflexiones frente al artículo del Ec. Fernando Esponda en la diaria del 14 de febrero de 2026: El 1% del patrimonio y los tres 1% del presupuesto.

    Me cae bien Esponda, escribe muy bien. De su artículo, dirigido al militante, quiero solo detenerme en el primer 1%: el impuesto mínimo global.

    Para una multinacional de primer nivel, venir a instalarse a Uruguay roza el masoquismo. Seamos honestos por un minuto: somos un país carísimo en dólares, con tarifas públicas del mundo nórdico, pero con infraestructura medio pelo, con una burocracia exasperante donde cualquier trámite duerme en tres ventanillas distintas, y con un mercado diminuto y a trasmano del mapa. Comparados con Singapur, con Dublín o incluso con Costa Rica, jugamos con una mano atada a la espalda.

    ¿Por qué vinieron entonces? ¿Por el dulce de leche? No. Vinieron por una sola razón: la certeza jurídica inquebrantable de la Ley de Zonas Francas. El pacto implícito era transparente: yo me banco tus costos disparatados y tu lentitud estructural y vos me asegurás que acá no me vas a tocar la rentabilidad. En ese intercambio el país no cobraba un solo peso de IRAE (Impuesto a la Renta de las Actividades Económicas), pero ganaba en la cancha real.

    La miopía terminal de mirar solo la caja de la Dirección General Impositiva. La discusión tributaria suele padecer de una estrechez contable alarmante: asume que la riqueza solo existe si pasa por una caja recaudadora bajo la etiqueta de impuesto corporativo. Lo que generan los hubs de servicios globales no es teórico; son decenas de miles de puestos de trabajo de la más alta calificación productiva del país.

    Uruguayos de 25 a 35 años que en cualquier otra circunstancia estarían buscando pasaje solo de ida, bilingües o trilingües que perciben ingresos que no existen en el resto de nuestra matriz productiva: de 200.000 a 400.000 pesos en la mano.

    ¿De verdad alguien cree que esas corporaciones no pagan impuestos? No pagarán IRAE, pero sostienen el aparato público todos los meses por otras vías:

    — Confiscación en origen vía IRPF (Impuesto a la Renta de las Personas Físicas): esos profesionales dejan fortunas mes a mes en las franjas más altas del IRPF, el tributo más directo y progresivo del sistema.

    — Cero morosidad en seguridad social: masa salarial 100% formal, aportando a tope de tabla al Banco de Previsión Social y al Fondo Nacional de Salud, sin un peso de subsidio estatal ni informalidad.

    — Derrame puro al mercado interno: sueldos que financian alquileres en Montevideo, cuotas hipotecarias, colegios privados, gastronomía, autos con patentes desorbitantes y servicios carísimos, pagando 22% de IVA en cada peso gastado en su vida diaria.

    Ese era el verdadero negocio: entregar tasa corporativa cero a cambio de capturar la tajada más limpia, formal y multiplicadora de toda la economía uruguaya.

    El tiro en el pie del pilar 2 del impuesto mínimo global. Ahora aparece la genialidad retórica: nos dicen que el pilar 2 nos habilita a cobrarles el 15% de prepo porque de todos modos lo tendrían que pagar en su casa matriz. Es de una ingenuidad conmovedora.

    En un país estructuralmente costoso, rígido e ineficiente, la exoneración impositiva no era un capricho ideológico: era el único amortiguador que lograba que el Excel de la multinacional cerrara. Si a un director financiero que ya paga el kW más caro del continente y lidia con un puerto carísimo (cuando opera) le decís que ahora también le vas a cobrar el 15%, le dinamitás la justificación de estar en Uruguay. Sobre todo porque enfrente tiene a Irlanda, a Singapur, a Suiza o a Bélgica devolviéndole la plata por la puerta de atrás mediante el crédito fiscal reembolsable calificado.

    La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicosno eliminó la competencia fiscal: la convirtió en un torneo de ingeniería de subsidios estatales. Los países ágiles cobran el 15% nominal para la foto diplomática y les reintegran la mitad en incentivos a la innovación, infraestructura o empleo. Tienen espalda, velocidad y plata. Nosotros, en cambio, ya nos estamos relamiendo (ver al senador Óscar Andrade paséandose por los medios) al argumentar cómo gastaremos esa recaudación hipotética en tapar el agujero fiscal (en el mejor de los casos) y en otros gastos permanentes. Entrar a una guerra de subsidios con las manos vacías y el presupuesto comprometido es un suicidio.

    La muerte silenciosa de la gallina. Quienes defienden este manotazo fiscal nos prometen que no va a pasar nada porque la fuga de inversiones nunca podría ser una película de horror con camiones de mudanza por la ruta 8, persianas bajas y 500 despidos al mes con piquetes en Zonamerica o el World Trade Center.

    Le erran a la película; en el capitalismo global del siglo XXI el ajuste es quirúrgico y silencioso. Nadie cierra la oficina mañana. Simplemente se congela. El nuevo centro de desarrollo, la mesa de trading o la próxima línea de servicios corporativos regionales ya no se abren acá: se abren en San José de Costa Rica, en Bucarest o en Dublín.

    Nadie ve la fuga al otro día. Se la sufre 10 años después: en los salarios calificados que se estancaron, en la recaudación de IRPF y aportes que se desinfló, y en una nueva generación de profesionales brillantes que vuelve a descubrir que para ganar un sueldo de primer mundo hay que armar las valijas.

    Cobrar caro por un servicio excelente es un modelo de negocios viable; cobrar caro por un entorno lento y encima quitarle el único incentivo que lo mantenía en pie no es soberanía tributaria. Es lisa y llanamente invitar a los que pagan la fiesta a apagar la luz e irse a jugar a otra parte.

    Mario Brusa