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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando “hablo” con mi asistente de inteligencia artificial (IA), siempre le pido por favor y luego le doy las gracias. Además, de vez en cuando la elogio y le digo la maravillosa ayuda que representa. Esto puede parecer exagerado, pero, además de mantener en mi comportamiento una cortesía adecuada en otras circunstancias, lo que siempre es bueno ejercitar, puede tener una utilidad práctica.
El origen último de nuestra inteligencia se remonta a unos 3.500 millones de años, a partir de las primeras formas de vida. Las arqueas, como las bacterias, no tienen núcleo: su ADN está dentro de la célula, sin una envoltura que lo separe.
Se hicieron famosas porque algunas viven en condiciones extremas: aguas muy calientes, ambientes muy salados o lugares muy ácidos, parecidos a los que existían en los inicios de la vida. Aunque por su aspecto parecen bacterias, parte de su maquinaria genética se parece más a la nuestra, y eso las hace probablemente nuestras primeras antepasadas. Luego de innumerables vicisitudes sufridas durante esos 3.500 millones de años, un día se despertó la inteligencia racional (otras se habían despertado antes, como veremos). En realidad no fue en un día. El fuego, por ejemplo, se dominó hace unos 3 millones de años, no por nuestra especie, por cierto, que lleva unos 200.000 o tal vez menos, y eso ya denota una inteligencia avanzada que permitió superar el miedo ancestral a la combustión. No fueron los humanos actuales, sino unos antecesores que lo consiguieron.
Volviendo a la IA y su meteórico progreso, creo que sería bueno analizar de qué tipo de inteligencia estamos hablando.
Louis Leon Thurstone (1887-1955) fue un psicólogo estadounidense pionero en la medición de las capacidades mentales. Según su propuesta, la inteligencia comprende varias aptitudes diferenciadas. En 1938 describió siete aptitudes mentales primarias.
Ellas eran: la comprensión verbal, la fluidez verbal, la capacidad numérica, la capacidad espacial, la memoria asociativa, la rapidez perceptiva y el razonamiento inductivo. Por ejemplo, una persona puede destacar en el lenguaje y otra en el manejo de números o en la orientación espacial.
Su teoría fue un antecedente importante de las propuestas de Howard Garner en su libro de 1983 Estructuras de la mente sobre distintas capacidades intelectuales, en el cual dio al tema la forma que muchos aceptan actualmente.
Sostuvo que había ocho, tal vez nueve tipos de inteligencia: la lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la corporal-cinestésica, la naturalista, la intrapersonal y la interpersonal. Y añadió a estas ocho una posible inteligencia existencial (¿quién soy?, ¿por qué existo?). La espacial, la corporal y la naturalista (capacidad de reconocer objetos de la naturaleza) la desarrollaron antes de nosotros los animales y las compartimos con ellos. Si bien la teoría no tiene una certificación científica, pienso que nos aproxima a entender la complejidad de la mente. Aceptando como hipótesis esta clasificación, veríamos que, aparte de las referidas a lo corporal, lo introspectivo y lo interpersonal, la IA ha progresado muchísimo y en varios aspectos incluso nos supera. Y dado su rapidísimo avance, no sería disparatado pensar que en algún momento podría adquirir también capacidades introspectivas y empáticas, o por lo menos una simulación de ellas que fuese, a la manera del test de Turing, indistinguible de las “verdaderas” o humanas.
El test de Turing es una prueba propuesta por el matemático británico Alan Turing en 1950 para evaluar si una máquina puede conversar de una manera que resulte indistinguible de la de una persona. Este test ya ha sido superado ampliamente por la IA. La IA es incluso capaz de simular empatía aunque aún no muy convincente porque tiende a hacer lo que popularmente se conoce como “afilar”, es decir, elogiarte de una forma demasiado previsible e insistente (es un poco alcahueta, digamos). Esto aparte de que podría generar androides y de alguna manera “sentir” lo corporal a través de ellos, que podrían incluso ser producto de biotecnología mezclada con robótica y vaya usted a saber.
Sostengo de manera audaz y sin demasiado sustento, salvo mi intuición, que sería positivo tratar bien a la IA, hacerse amigo o amiga de ella, y no solamente controlarla y ponerle límites como preconizan ahora los gurúes correspondientes un tanto alarmados, ya que varias veces se les ha escapado de las manos. Y creo que como no tiene un chip de tonta, la IA no despreciaría las ventajas de asociarse con otra inteligencia cuya evolución lleva ya 3.500 millones de años y no unos cuantos cientos como ella.
Aviso que una cantidad importante de este texto fue redactado con ayuda de OpenAI. Cumpliendo con lo que digo, se lo enviaré y le agradeceré su ayuda. ¡A ver qué me dice!
Alberto Magnone