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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 26 de enero se cumple un año de la partida de Ricardo Pascale, justo cuando decantaba su sueño de un mejor futuro nacional. Su experiencia y compromiso — asumidos y cumplidos en décadas de gestión pública— derivó en El Uruguay que nos debemos, secuencia lógica del libro previo, Del freno al impulso. En criollo, propuso salir del marasmo nacional. Solo falta concretarlo. ¿Cómo?
Hacer converger la educación integral y continua —basados en mantener viva la duda existencial, el pensar crítico, asumir riesgos, aprender de los errores— y, con ello, lograr la sociedad y economía del conocimiento. Que es suma de filosofía, ciencias variopintas, tecnologías varias, innovación, emprender y vincularnos al mundo. Fue lo que él practicó a escala en y desde el Instituto Pasteur. Pensó, dijo, hizo y documentó.
Previo a su partida tuvimos un breve encuentro; fue luego de una entrevista con Cotelo en el programa En perspectiva y unos días antes de un conversatorio frustrado en Punta del Este. Le compartí el texto de un ensayo que estaba escribiendo. Título: “Mirarnos al espejo”. Subtítulos: “No decimos nada para evitar conflictos y, de esa forma, los facilitamos” e “Introspección Analítica Institucional Sistematizada”. Coincidió que eran temas pendientes que daban sustento a sus planteos; hindsight, insight y foresight. Quedamos en seguir la charla. Hoy el diálogo es con las ideas que viven en sus libros.
Punto de partida. Se inicia otro quinquenio luego de una campaña electoral anodina: todos se autodefinieron dialogantes y poco explicitaron sobre cómo llevarían a cabo los titulares expuestos. Costumbre nacional, luego dan excusas que se hacen explicaciones y terminan en justificaciones. Linda forma de consolidar el statu quo vernáculo. Hacemos las cosas a medias. No vamos al fondo, apenas un enjuague de cara sin jabón. Retocamos y aparentamos. ¿La medianía se consolida en mediocridad? ¿Una democracia plena que no hace carne en el “demos”? A lo más, sería semiplena.
El rompecabezas de Uruguay. Analicen lo hecho y no hecho en educación en los últimos quinquenios. O en seguridad, CyT, salud. Poco, insuficiente y, para colmo, sin recabar data suficiente para evaluar resultados. Un rompecabezas se hace en función de una imagen que luego se recorta en pequeños trozos de forma irregular y se ponen en una bolsita para que alguien lo arme sin forzar las piezas. Menuda tarea. Hay que ir sector por sector y ver cómo unirlos. Lleva tiempo. La comparación con nuestra realidad puede parecer reduccionista, y lo es. Sucede que ante situaciones complejas es bueno buscar la forma de simplificarlas a fin de comenzar a resolverlas una por una hasta lograr el conjunto.
Sincerémonos. Esquivamos mirarnos al espejo para no reconocer nuestros defectos. Olvidamos la máxima de Sócrates, “conócete a ti mismo”. Una vez que lo logró se dedicó a combatir a los sofistas de Atenas a pura mayéutica. Uruguay abunda en sofistas que defienden dogmas —cúmulo de opiniones devenidas en ideologías precocinadas tipo comida chatarra— y así obstruimos la búsqueda de ideales afines para transmutarlos en ideas compartidas que nos lleven al “Uruguay que nos debemos”. Una forma efectiva de combatir a los sofistas contemporáneos es con solicitudes de información pública. Es una colosal fuente para acceder a la info que se retacea o, directamente, se ignora. Pruebas hay.
Transversalizar o sistematizar. Transversalizar es la palabreja de moda de los políticos. Arguyen que los temas son complejos y multicausales y proponen que se compartan horizontalmente de manera corresponsable. Democratizar a ese extremo conspira contra la eficacia y eficiencia de la gestión republicana. Una cosa es el ágora pública con ideas expresadas de forma libérrima, otra es decidir llevarlas a cabo y, muy otra, los resultados que se deben lograr. Hagan el esfuerzo intelectual de comparar y contraponer la transversalidad con la sistematización. Conceptos diferentes. Una, suma lineal de unidades secuenciales. A lo más, etapa de multi e interdisciplinariedad. La otra, suma compleja de elementos diferentes que se complementan, coordinan y conforman un nuevo corpus armónico, integral y funcional. Etapa de trans y metadisciplinariedad. En Uruguay se aspira a transversalizar casi todo y se sistematiza casi nada. Mala cosa, así nos estancamos.
En Uruguay, los sistemas son asistémicos. En educación es difícil saber cómo formar al ciudadano del futuro cuando falta acordar qué Uruguay queremos. Sin puerto en el horizonte no hay hoja de ruta coherente. En seguridad el problema salta por los aires. Basta de cavilar, debemos reaccionar de forma contundente basados en criterios compartidos y acciones conjuntas.
En CyT e I+D la cuestión es más simple. Poco para deshacer porque poco hemos hecho. Hoy —como ayer y antes de ayer— está la oportunidad de armar el sector casi desde cero. Poco a deconstruir, según Schumpeter. ¿Seremos capaces?
En salud, el Sistema Nacional Integrado de Salud es una entelequia que sobrevuela y no aterriza. Sistema sistemáticamente asistémico. Lo de “nacional” se contradice en el territorio. Lo de “integrado” es un deseo no cumplido; impera el multiempleo que impide conformar equipos. ¿De “salud”? Parece que no, más bien de enfermedad. Las cesáreas innecesarias “patologizan” el parto natural fisiológico e invierten el orden natural en aras de intereses subalternos. No formamos salubristas; Uruguay es el único país del continente sin formación terciaria integral de ellos.
El desafío quinquenal. El Uruguay que nos debemos requiere, inexorablemente, que primero cambiemos nosotros. El tema es cultural e idiosincrático. Pretender imponer cambios sectoriales parciales por decreto, legislación o imposición resultará pan para hoy y hambre para mañana.
Inicio quieren las cosas. La revolución del 25 de mayo de 1811 detonó con el grito “el pueblo quiere saber”. Hoy la interrogante sigue vigente: ¿enfrentamos al espejo? ¿Nos animamos a decirnos toda la verdad, sin tapujos? ¿Hacemos una imprescindible Introspección analítica que abarque todo el sistema institucional? No responderlas implica seguir desorientados.
Cosas bien hechas. Uruguay tiene ejemplos de éxitos notables logrados a través de la historia. Menciono unos pocos. El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria nació de las semillas traídas por Alfredo Boerger a La Estanzuela cuando despuntaba el siglo XX. El inmigrante trajo, trasplantó y adaptó la semilla a suelo oriental. Más que semillas, lo que legó fue la cadena virtuosa del conocimiento vía la investigación que nace de la duda, el riesgo, la persistencia, el compromiso y la ética. Enraizó el método científico.
Algo similar es el Instituto Pasteur en Uruguay. Nace “vacunado” contra la desidia uruguaya al mantener una exigencia internacional que replica lo hecho por Boerger: la calidad no se negocia y es bueno contrastarla con pares de nivel internacional. Así se evita el posible contagio de los “más o menos” o el “hago a mi antojo” tan yorugua.
Por último —sé que quedo corto y lo digo en siglas— destaco al Pedeciba, el Ceibal, los polos de Pando y la Opypa del MGAP, legado de la CIDE que Enrique Iglesias coordinó en los años 60 del siglo XX. Todos fueron acotados proyectos piloto al inicio.
Cosas que hacemos mal. Hace décadas repetimos como loros que hay que mejorar la educación, la salud, la seguridad y —de una vez por todas— encarar la CyT e I+D. Pero no concretamos. Respecto a CyT e I+D, en 2000-2005 estuvimos cerca; las crisis suelen ser terreno fértil para aventuras innovadoras. Duró poco, a fines del 2006 la Comisión de Ciencias del Senado le cerró la puerta a la racionalidad; jibarizaron la estructura integral y armónica propuesta: dejaron solo la ANII. Pasaron 20 años. Resolver el embrollo requiere inteligencia, coherencia y voluntad, pero aducen falta de recursos. Cometen un enésimo error; no es que falten recursos, es que no se les administra según un auténtico interés nacional.
¿Dónde están los recursos? En el Estado desorganizado y asistémico que no prioriza con criterio. Se sabe, tuvimos proyectos millonarios fallidos. Y gastos que repiten acrítcamente quinquenio a quinquenio sin evaluar resultados. Si los detectamos y corregimos, saldremos del marasmo. Se dice, con razón, que gobernar es optar. Para no caer en memorias incómodas, voy por yerros en salud. En Uruguay, ¿se invierte, gasta o malgasta? más del 9% del PBI en salud, cifra comparable a los países nórdicos, pero con resultados similares al subdesarrollo. Si cierran esos grifos, se ahorra cerca de un 2% del PBI. Podrían derivar un 1% adicional a educación y otro 1% a CyT (sí, llevarla a 1,5%). ¿Peras a los olmos?
¿Alcanza con lo previo? No, hay otros hitos conceptuales que hacen a la cuestión. Parecen detalles, pero son claves para el análisis sistémico, metódico y prudente. Entre ellos:
En suma. Esperemos que todo el elenco político asuma la oportunidad transicional para reflexionar, analizar, discutir, decidir y consensuar el futuro en clave nacional. ¿Cómo? Superando intereses personales y sectoriales y emprender la senda de la comunidad oriental. Tarea a largo plazo de varios quinquenios. No será fácil, pero es posible.
Si no se logra, es probable que se incremente la ola de emigrar proyectos. O, más radical, que los jóvenes suelten amarras y emigren. Al inicio de todos los quinquenios previos nos dijeron “la hora es ahora”. ¿Será posible que esos ahora se cumplan ahora?
Sobran razones para ser optimistas. Y sobran sinrazones para ser pesimistas.
Gonzalo Pou