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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá¿Qué es lo esencial para que se constituya una democracia? En términos formales, la respuesta está clara. Es la presencia de un sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo. Eso nos lleva al tema de ejercicio de esa soberanía. Me refiero a la posibilidad de ejercer directamente o por medio de determinados representantes esa soberanía.
Pero ¿qué es lo que subyace como aspecto instrumental casi excluyente en una democracia? La cuestión fundamental es que ese pueblo que depositó su confianza en un determinado gobierno, cuando eventualmente se la retire, debe poder lograr que ese gobierno laudatoriamente deba dejar el lugar a otro que tome democráticamente su lugar.
Esto se configura en una democracia mediante los procesos de elecciones libres y transparentes, con las garantías institucionales del caso. Las elecciones constituyen el dictamen incruento de la mayoría de electores en un país que, en determinada circunstancia, deciden colectivamente cambiar un gobierno por otro y efectivamente pueden hacerlo.
En ese sentido, la democracia provee una opción de cambio que permite, a la mayoría activa de un país, rectificar el rumbo político, de una manera que suele ser la menos traumática posible. Puede que la democracia no sea el mejor de los sistemas, pero, parafraseando a Winston Churchill, sería efectivamente el peor sistema, excepto todos los demás.
Cuando la situación con un gobierno se vuelve tóxica, y percibimos que estamos jugando una partida de truco por el futuro de un país, ¿quién no querría tener el dos de la muestra y un siete, para llegar a la falta envido? Bueno, esa opción solo la brinda un régimen democrático. Esto es, ganar la posibilidad de cambiar sin usar un facón para lograrlo.
Por otra parte, ¿cuál sería la alternativa cuando, en un país cualquiera, hay una disconformidad mayoritaria de la ciudadanía con un gobierno, en el caso de que se trate de un régimen autoritario? La opción sería provocar la ruptura del sistema, con un consecuente salto al vacío, donde las garantías de los ciudadanos pueden verse comprometidas.
Cierto que la revolución pacífica al estilo de Gandhi es una forma de cambiar. También la revolución armada, al estilo del Che Guevara. Pero desde luego que los riesgos, para con los activistas que lo intentan y sus seguidores, son enormes. Como lo son para los países, donde se producen estas confrontaciones más o menos riesgosas e inciertas.
Esperar que se produzca un cambio, tomando un té hasta que se vea pasar por el frente a la casa el cadáver de un eventual adversario, requiere de mucho té y mucho tiempo. La implosión de un régimen en decadencia, como en el caso de la antigua Unión Soviética, puede producirse, pero los costos de oportunidad de apostar a ello suelen ser enormes.
Por eso, preservar la democracia constituye una opción para que, en caso de habernos equivocado con la elección de un gobierno nacional, podamos decirle que su tiempo se ha terminado y colocar a otro en su lugar, con las debidas garantías para el gobierno entrante y, desde luego, para el gobierno saliente y también para la ciudadanía en general.
¿Qué puede hacer la ciudanía en el caso de querer cambiar, como ocurrió recientemente en las elecciones en Venezuela? Acudió esperanzadoramente a las urnas y tuvo la voluntad de cambiar un régimen, pero evidentemente, no pudo lograrlo. Cabría preguntarse, ¿dónde reside actualmente la soberanía en ese país? Sería bueno saberlo. Yo no lo tengo claro.
Los ciudadanos que creen en los modelos democráticos sin tutorías consideran que la soberanía reside, lisa y llanamente, en el pueblo. Y eso es efectivamente así, si ese pueblo puede materialmente ejercerla. De allí que es necesario que las democracias dispongan de un sistema electoral institucional y organizacionalmente sólido y garantista.
¿Qué pasa si, en un país que rotulamos teóricamente como democrático, no se dispone de un sistema electoral institucional y organizacional confiable? La respuesta es simple. Si la ciudadanía no puede ejercer libremente la soberanía en elecciones transparentes, esa facultad queda en manos del que tiene el poder, más allá de si ese poder es legítimo o ilegítimo.
No es la intención de esta carta debatir sobre legitimidades, respecto de Venezuela. Lo que sí es importante es reflexionar sobre el momento en que un sistema democrático deja de serlo. Y deja de serlo, cuando la mayoría de los ciudadanos quieren cambiar y no pueden, porque hay un “hermano mayor” que los vigila y ya ha decidido, en las sombras, lo que es mejor para todos.
¿Qué podemos decirles a los venezolanos que, queriendo cambiar este último domingo, no pudieron lograrlo? Peleen por sus derechos, pero sin buscar por las armas una solución que las urnas rigurosamente vigiladas han negado, que, más temprano que tarde, se producirá un replanteo que restituya a los ciudadanos los derechos conculcados de libre elección.
No se puede suspender la ley de gravedad, por más que un gobierno autoritario quiera hacerlo. No se puede tampoco ocultar el sol con un dedo. Tarde o temprano la realidad prevalece. Y eso va a ocurrir porque el régimen actual en Venezuela no está dando oportunidades para que sus ciudadanos accedan a una forma de vida que sea esperanzadora.
Le saluda atentamente.
Ing. Carlos Petrella PhD
CI 1.308.975-0