• Cotizaciones
    jueves 30 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La eutanasia

    Sr. director:

    Ayer tuve una conversación con mi hijo Juan, al que, por fortuna, le interesan estos temas sobre los principios éticos. Hablamos sobre si podría decirse que hay principios absolutos sobre los cuales edificar luego el resto de la ética, o si estos principios contienen excepciones o son de alguna manera plásticos y, por lo tanto, no pueden considerarse realmente absolutos. Comparamos este caso con los axiomas sobre los que se fundamenta la lógica. El axioma de igualdad, por ejemplo, nos dice que si A es igual a B y B es igual a C, es evidente que A es también igual a C. En abstracto, esto parece evidente. Pero, si bajamos a la realidad, aparecen problemas. Por ejemplo, tomemos tres botellas del mismo refresco y del mismo tamaño. Las ponemos cada una al lado de las demás y, a primera vista, es evidente que las tres son iguales. Sin embargo, si descendemos unos cuantos escalones hasta el nivel atómico, la igualdad desaparece. No tienen el mismo número de átomos, por ejemplo. Y no olvidemos que a este nivel la diferencia no es de tres o cuatro átomos, sino de muchos millones de ellos. Sus superficies vistas con esta perspectiva presentan rugosidades, valles y cimas en lugares diferentes. Y así podríamos seguir.

    Varias escuelas éticas han intentado postular principios irrefutables. Por ejemplo, que la vida es buena y la muerte, mala, o que el amor es bueno y el odio, malo. También parecen cosas evidentes. Sin embargo, hay muchas excepciones.

    La que se refiere al tema que nos interesa, la muerte provocada o infligida de manera “artificial”, digamos, en casos en que la persona podría seguir viviendo por un tiempo indeterminado, aunque presa de sufrimientos insoportables, no parece que la vida sea superior a la muerte. Es más, muchas personas en esta situación manifiestan claramente su deseo de morir. Lo mismo podría decirse del amor y el odio, ya que estar enamorado de una persona tóxica no parece ser lo más adecuado, aunque que sea mejor odiarla puede ser discutible.

    En el caso de la persona que ha manifestado su deseo de morir, y cuyo sufrimiento ha sido certificado como constante e insoportable por uno o más médicos, resulta increíble que haya personas o instituciones que se opongan a ese deseo. Estas personas e instituciones sostienen que el principio de que la vida es sagrada es absoluto y que Dios está en contra de la muerte asistida, y que los humanos no podemos ni debemos oponernos a la voluntad divina.

    En un enorme acto de soberbia no advierten que están arrogándose el derecho de hablar en nombre de un supuesto Dios, lo cual, en la práctica, equivale a asumir ellos mismos el papel del ser supremo. Si queda claro que nadie puede realmente creer que conoce la voluntad de Dios —a menos que padezca alucinaciones en las que un ángel o la propia divinidad se le aparezcan y le digan qué hacer, en cuyo caso estaría directamente loco—, es bastante claro, desde el punto de vista racional, que nadie puede apropiarse de estas cualidades divinas.

    Se trata de un dilema que debemos resolver los propios seres humanos con nuestras imperfecciones y limitaciones. Como tantas otras cosas problemáticas que se nos presentan actualmente.

    Alberto Magnone