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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la edición del 02/07/26, N° 2.385, un lector, de entrada, me descalifica por usar las letras de mi nombre como seudónimo y por ser masón.
Cuando se trata de discrepancias sobre opiniones, interpretaciones o ideas y, sobre todo, si no involucran conductas de personas, excepto de trascendencia pública, uso las iniciales de mi nombre. Mis datos los tiene la dirección de Búsqueda y ellos decidirán si los proporcionan o no. De mi parte, no tengo ningún inconveniente, pero la decisión es de Búsqueda. Una vez que envío una carta para ser publicada, dejó de ser privada.
No soy masón y no encuentro que mi carta sea una apología de la masonería. He tenido amigos y parientes masones así como he tenido amigos católicos romanos y de otros credos. Como dije en mi anterior carta, la religión me tiene sin cuidado, pero, por comodidad, digo que soy agnóstico. No obstante, como me gusta la historia, he leído sobre religiones y también aprecio el aspecto artístico. En particular, la Iglesia de Roma se destaca en ese sentido, lo que no significa desconocer las destrucciones que realizó a las expresiones artísticas de otras religiones. Pero esto último lo han realizado casi todos los credos.
Fui bautizado en una religión cristiana apostólica, que en un acto de soberbia se autodenominó ortodoxa y a la cual Benedicto XVI cambió la calificación de herejes a la de cristianos equivocados. Además, participo de las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Pascua.
Los hechos históricos, excepto fechas y protagonistas, también son opinables. Por ejemplo, la palabra hito es opinable. Admito que hay hechos destacados pero que no significan hitos.
Las invasiones inglesas sí fueron un hito. Fue una prueba de que una colonia podía defenderse sin depender de la metrópoli. Sin embargo, creo que fue un rechazo a lo foráneo (otro idioma, otra religión) porque a los criollos les interesaba la libertad de comercio.
Pienso que la inteligencia británica, desde el momento que se independizaron los masones que crearon los Estados Unidos, se dedicó a los Estados tapones, como Uruguay y Bélgica. También apoyó la independencia de Grecia, junto con Rusia, como freno a Turquía. Posteriormente se dedicó a impedir la expansión rusa hacia el Mediterráneo oriental.
Los masones expulsados ¿de qué nacionalidad eran?; si eran criollos, ¿dónde fueron?; ¿hubo algún criollo que ayudó a los ingleses durante el asedio?
En cuanto a mercenarios, Artigas recurrió a corsarios para la guerra marítima. La Iglesia de Roma también recurrió a mercenarios, como los condottieri, hasta que adoptó la Guardia Suiza.
La invasión portuguesa de 1816 fue solicitada por Buenos Aires en una misión secreta realizada por —este sí, un traidor— Nicolás de Herrera.
Con Bolsa o sin ella, con mercenarios o sin ellos, los ingleses optaron por la invasión portuguesa porque les convenía. Si Artigas hubiera sido más conveniente, habrían optado por él.
Muy pragmático, el padre Larrañaga optó por apoyar a los portugueses a restablecer la paz en la campaña. En 1821 participó en el Congreso Cisplatino y votó a favor de la incorporación a Portugal como provincia cisplatina.
Como ironía de la historia, el traidor a Artigas, Nicolás de Herrera, tiene una calle con su nombre en Montevideo.
La comparación con Inglaterra y el caso Tomás Moro no me parece pertinente. Previamente, mencionaré que la primera expulsión masiva de judíos de la historia fue en la Inglaterra católica romana del siglo XIII, antecedida por las masacres a los judíos en el siglo XII.
Con Moro, pienso que el tema fue más político que religioso y los masones no tuvieron nada que ver. Al negarle el papa la anulación de su matrimonio con María de Aragón, Enrique VIII formó la Iglesia anglicana. Pero este tema ya rebasa los motivos de mi discrepancia.
Tiene razón, el sol es el de Cristo y el azul y el blanco los colores de la Virgen.
La Revolución de Mayo adoptó el sol incaico y el azul y el blanco de la escarapela y, posteriormente, el de la bandera y le dio otra significación: el sol simbolizaba la independencia, el azul la libertad y el blanco la pureza de los ideales revolucionarios. Y también conformaba a los no independentistas, ya que solo cambiaba el estatus político.
Creo que demostré que nuestro país no es mariano y no voy a discutir razones de fe que, como las razones de corazón, tienen la razón que la razón no admite.
No sé cómo murió Artigas, pero su vida no fue “muy católica”. Tampoco voy a entrar en este tema porque a los héroes no se les piden cuentas de su vida privada. Pero es irrebatible que separaba la política de la religión. Su modelo era EE.UU., que no tenía religión oficial. Repito, en las Instrucciones del Año XIII declara: “Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable”. Al decir imaginable obviamente que incluía al Estado.
Respecto a su voluntad de enseñar al mundo el camino, la verdad y la vida, a ser hermanos como nos enseñó Cristo, repito que no voy a discutir razones de fe.
El número 33, al igual que el sol y los colores de mayo, fue establecido como símbolo que amalgamaba la simbología masónica y la católica romana, como lo expliqué en mi carta anterior.
Los 33 enarbolaron y se juramentaron ante su bandera y con su lema “Libertad o muerte”. No patria o muerte o Dios, patria y familia, ni otros por el estilo. O sea, la libertad ante todo.
Luego sí, el 25 de agosto de 1825 juraron la Declaratoria de la Independencia ante una talla de la Virgen que es la patrona de Uruguay.
En la batalla de Ituzaingó, los Orientales al mando de Lavalleja portaban la bandera de los 33, mientras que el comandante en jefe, Carlos Mª de Alvear, portaba la de las Provincias Unidas.
La primera bandera de Uruguay se originó el 18 de diciembre de 1828. Fue aprobada mediante un decreto-ley de la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Estado Oriental, a iniciativa del gobernador provisorio Joaquín Suárez, quien diseñó su estructura original basada en la bandera de EE.UU., sustituyendo las estrellas por el sol, cambiando los colores de las franjas y manteniendo el espíritu de mayo de 1810.
Recién me entero de que la Guerra Grande fue una lucha de los masones y los campesinos, los indios, mestizos y mulatos amados por Artigas. Dejo a los estudiosos de la historia que investiguen este enfoque porque me supera.
Sostener que la Guerra Grande es la peor guerra civil que el mundo ha conocido me parece muy temerario. La Guerra Grande, salvo en duración, creo que es muy menor comparándola con la guerra civil de EE.UU. o la española 1936-1939. Ni siquiera es comparable a la masacre de Paysandú.
No iremos a duelo. Ni la religión se lo permite a Ud. ni a mí mis convicciones. No encuentro en mi carta ningún elemento que pueda afectar su honra. Por lo tanto, como no quiero correr ese riesgo, no volveré a contestar ninguna carta suya.
M. S. E.