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    La institucionalidad presidencial

    Sr. director:

    Se alzan las voces del oficialismo y algunas de la oposición pidiendo proteger a la “institucionalidad”. Básicamente pretenden tender un manto de olvido sobre las maniobras del presidente para beneficiarse patrimonialmente y, lo que es más grave aún, sobre las reiteradas faltas a la verdad por parte del Sr. Orsi en este penoso episodio. Pero no es la primera vez que al sentirse embretado se enreda en alguna mentira. Se recuerda la entrevista que le hicieran en el programa Séptimo día en Teledoce en noviembre de 2019, cuando hacía sus primeras armas como jefe de campaña para el balotaje del Sr. Martínez. Se hablaba sobre las bases programáticas de sus adversarios. El Sr. Orsi expresaba que el documento estaba lleno de generalidades, que era vago y que era más una expresión de deseo que otra cosa. Ante la pregunta del periodista de qué cosa podía rescatar donde estuviera de acuerdo, contestó: “Es que no lo analicé.” (¿?). Pero agregó, como si estuviera seleccionando. “Esto bárbaro, esto no…” (¿?). El periodista entonces le preguntó en qué no estaría de acuerdo. “¡¡¡Ah!!!, no me acuerdo… es que no lo leí” (¿?), y enseguida se corrigió: “Sí lo leí, a ver, sí lo leí”. Otro periodista exclamó: “¿Pero lo leyó o no lo leyó?”. Rompía los ojos el hecho de que no había leído el documento, pero él optó por reafirmarse en la mentira. Ese fue su triste debut con alcance nacional en la pantalla chica.

    La oposición llama también al cuidado de la institucionalidad y a tratar de no hacer olas para pasar los tres años y medio que restan de este gobierno con el menor daño posible. Parece ser una reacción casi de “clase política” de autoprotección al hacer un llamado a la moderación. ¿Acaso no sabemos que el Sr. Orsi no ejerce como presidente? ¿Acaso no sabemos que al país lo gobierna una trilogía compuesta por sus dos subsecretarios, uno del MPP, otro del Partido Comunista y el ministro de Economía en representación de los sectores no marxistas del Frente Amplio ? ¿Qué cambia? Nada. Ahora en vez de un presidente ausente, tenemos un presidente ausente con un bochorno encima. ¿Qué va a pasar? Nada. El presidente seguirá ocupando su tiempo en inauguraciones, exposiciones, beneficios y kermeses. Los periodistas continuarán preguntándole sobre algún tema de actualidad y relevancia y se encontrarán con la de siempre: nunca tiene posición formada. Y cuando se anime a explayarse, recurrirá siempre a su caballito de batalla: “Como te digo una cosa te digo la otra”, y terminará con un “vamos a ver”. Como si las soluciones fueran a llegar solas o por impulso de otros, pero no de él. Le falta decir “yo quedo a la espera de órdenes”.

    A la institucionalidad no se la ataca porque se hagan críticas a quien ocupa la investidura de presidente, salvo que la agresión proceda de una infamia o una operación destinada a menoscabar las bases de la autoridad legítima. Que no es el caso. A la institucionalidad se la ataca cuando se propone para presidente a un ciudadano que no está apto para el cargo y sobre todo cuando la ineptitud era conocida por los que hoy piden olvidar, cuidar, proteger. Ellos mismos se encargaron durante la campaña política de esconder y proteger ostensiblemente al candidato, tratando de ocultar sus notorias falencias a la opinión pública e impidieron que le hicieran entrevistas periodistas que no fueran de su palo. Hoy parece que continúan por el mismo camino, porque llaman a conferencia de prensa a cuatro periodistas elegidos, para continuar protegiendo a la persona y no a la institución, que, para esta, esa restricción es una afrenta. Entre el sillón presidencial y la opinión pública, se ubican intermediarios indulgentes para evitar cualquier consecuencia inconveniente. Se destruye así la libre comunicación que debe existir entre la presidencia y el pueblo. Esto sí, menoscaba la institucionalidad de la presidencia. A esta no se la defiende con ocultamientos ni con trampas al ciudadano y a la opinión pública. Se la defiende al denunciar hechos como este, que ofician de lección para la cultura democrática de los votantes. No hay una universidad para esta cultura, ella se forma y desarrolla por la acumulación de los hechos políticos que se suceden. La divulgación de hechos como el que nos ocupa pondrá en guardia a muchos para no caer en el engaño. Cuanto más informado esté el votante y más experiencia acumule, será un mejor elector, para una mejor democracia.

    Pablo Arocena