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    jueves 23 de julio de 2026

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    La ley de eutanasia

    Sr. director:

    Esta semana cumplo 28 años desde que morí, pasé a otra vida y renací para vivir de nuevo, y aquí estoy otra vez para molestar a alguna gente.

    Aunque es una historia larga y un día la publicaré, hay temas que me obligan a hacerla conocer cuando se habla del modo compasivo de la eutanasia.

    Volviendo en la madrugada en el asiento de adelante, dormitaba cuando un golpe fortísimo me despertó. Un instante después, un dolor indescriptible, como si me clavaran millones de alfileres de acero, me sacudió desde los pies hasta la cabeza.

    Mi entrenamiento de buceo me dio enseguida la respuesta: dolor por falta de oxígeno en la sangre. Es el dolor más espantoso, lo practicas buceando sin respirar hasta tres minutos, y es el dolor de los crucificados, cuando, colgados de la cruz, ya no tienen fuerza para respirar.

    El entrenamiento me gritó “¡falta de oxígeno!”. Cinco minutos de vida. Primer minuto, para pensar qué pasa y cómo salgo de esto. Si no piensas, ya eres hombre muerto.

    Primer intento, reparación profunda para oxigenar. Imposible, un dolor de cinco espadas clavándose en el pecho. Después supe que eran costillas quebradas que desgarraban el pulmón izquierdo, el diafragma y hasta el pericardio. Imposible la respiración torácica.

    Segundo intento, respiración diafragmática, subiendo el abdomen para entrar aire en los pulmones, bajándolo luego para evacuar el aire, y volver. Sentí el aire que bajaba por la nariz y la tráquea; dolía, pero era soportable. No podía dormirme, pues todo era concentración en seguir respirando, y el dolor de agujas en todo el cuerpo fue bajando. Estaba respirando.

    El dolor aún era fortísimo. Pero los golpes en la cabeza, los huesos quebrados no dolían nada después de haber superado la falta de oxígeno.

    Pude seguir así una hora, hasta que los bomberos de San José abrieron la carrocería destrozada y me salvaron, pusieron oxígeno, y me enviaron a Montevideo, al Hospital Evangélico.

    Estuve inconsciente y en el CTI, un caso desesperado que hasta mis primos médicos veían de pocas horas de vida.

    Al volver de una imagenología, tuve un paro cardíaco. Me vi desde el techo, el cuerpo extendido, después me vi bajando a la calle, pasé las puertas a la noche cerrada, y vi a mi hijo mayor sentado en la vereda del hospital a medianoche. Volé sobre la ciudad, sobre la ruta, sobre los campos y la playa de Colonia, y a mundos lejanos con increíbles espíritus, no iba al cielo. Solo sentía un murmullo que me acariciaba, que después me di cuenta de que eran las oraciones de tanta genta amiga que pedía por mí.

    Después, unas voces que no conocía me aterrorizaban; esta otra vida no era fácil, no era el cielo. Hasta que en un momento pude contestar: que sea la voluntad de Dios. Y otra voz, esta vez sí amiga, me dijo: “Ya que tantos te quieren, puedes bajar y que te aguanten ellos otro poco”.

    Habían pasado para mí años, pero en los doctores que estaban reanimándome en la camilla fueron cinco minutos.

    Cuando me di cuenta, aún sin sentir el cuerpo ni oír ni ver que estaba vivo, me dio la alegría más fuerte que he tenido nunca. ¡Vivo!

    Después de unos segundos de disfrutar de estar vivo como debe ser para todos los seres vivos, desde una amiba microscópica hasta una planta, un animal, una idea me paralizó.

    Debo estar muy mal, si no casi deshecho. Pero yo estoy fantástico solamente por estar vivo, y daré gracias a Dios siempre por eso. No venga alguna alma caritativa que, viéndome tan poca cosa, me desconecte y me deje morir para que no sufra más, porque “para vivir así, mejor matarme”.

    Recé a Dios que me protegiera y me dormí. Después de cinco operaciones y dos años, volvía a caminar, volvía a hablar sin cuerdas vocales, y sigo molestando a mucha gente, como ahora aquí en Búsqueda.

    Gracias a Dios fue en el Evangélico; en Casa de Galicia u otras mutualistas me hubieran cerrado las puertas el primer día para no gastar tanto en un caso con probabilidad bajísima de éxito. Con un robot que inyectaba calmantes y opiáceos en mi espina dorsal, los dolores fueron soportables, ya son una rama brillante de la medicina los cuidados paliativos.

    Y no se engañe nadie, aunque nadie está obligado a someterse a tratamientos especiales cuando entiende los riesgos: la eutanasia para quitar la vida es un asesinato. Y sin duda lo fue cuando los nazis quitaban la vida a judíos y gitanos para liberarlos de la vida miserable que para ellos llevaban y cuando la salud británica corta los sostenes de vida de pacientes cuyo sostenimiento es demasiado caro.

    Si apoyas la eutanasia, que no te toque a ti ni que le pregunten a tu heredero para desconectarte, como ya lo he visto en una mutualista del interior con alguien muy cercano. Y para todos: pórtense bien que no todo termina aquí. Busquen el camino, la verdad, la vida en quien vino para salvarnos.

    Ing. José Zorrilla