Sr. director:
Sr. director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá
Entre Rawls y Marx: dos tradiciones enfrentadas dentro de una misma fuerza política. La publicación en 1971 de Una teoría de la justicia, del norteamericano John Rawls, marcó un punto de inflexión en la filosofía política contemporánea.
Hasta ese entonces, gran parte de la discusión estaba dominada por el utilitarismo, que juzga a las instituciones políticas por el bienestar total que causan en la sociedad. Rawls cambió el eje del debate al sostener que la justicia social y los derechos individuales tienen prioridad sobre la maximización del bienestar agregado. A partir de allí, prácticamente todas las grandes corrientes contemporáneas —libertarias, comunitaristas, igualitaristas y republicanas— se desarrollaron, en buena medida, dialogando con Rawls, ya fuera para profundizar sus ideas o para criticarlas.
En forma muy sintética, la propuesta de Rawls fue que una sociedad es justa cuando sus instituciones serían aceptadas por personas libres e iguales que, sin saber qué lugar ocuparán en ella, acuerdan principios imparciales para organizarla.
De esa premisa derivaron dos principios fundamentales:
El segundo principio, llamado “principio de la diferencia”, llevó a la formulación teórica liberal a su posición de mayor preocupación por los menos favorecidos, sin hacerla perder su esencia.
Así, cuando frecuentemente asistimos a comentarios e informaciones panfletarias y desinformadas que critican al liberalismo a partir de nociones primitivas y ya obsoletas, conviene tener presente que la doctrina liberal incluye un amplio abanico de formulaciones que —respetando el principio central de la libertad individual— se extiende desde la derecha hasta la centroizquierda, donde, por ejemplo, podría ubicarse la teoría de Rawls.
Agrupar como “neoliberal” todo lo que no es de izquierda, como usualmente se escucha por estos lares, es un dislate fruto de la ignorancia. Primero, porque ese término designó en su momento una posición particular dentro del liberalismo, solo vinculada con determinadas convicciones en materia económica, y no al liberalismo en su conjunto. Pero, además, y esto tal vez sea lo fundamental, porque el liberalismo, a secas, como corriente política, no necesariamente es de derecha.
Es de derecha el liberalismo clásico, por ejemplo. Puede considerarse de centroizquierda el llamado liberalismo igualitario. Incluso el libertarismo, que no coincide exactamente con el liberalismo, aunque comparte con él principios fundamentales, tiene una versión claramente de derecha y otra que pondera premisas distintas, hasta el punto de haber sido considerado “libertarismo de izquierda”. En fin, no quiero aburrir: solo dejar claro que las versiones liberales presentan una considerable diversidad y amplitud.
Todas ellas comparten como valor central la libertad de los ciudadanos, no solo política, sino también económica; el Estado de derecho; la igualdad ante la ley; la división de poderes y los controles al poder político; el pluralismo; la tolerancia, y la responsabilidad individual.
En una frase: el liberalismo sostiene que la función principal del Estado es proteger la libertad y los derechos de las personas, limitando el ejercicio del poder y permitiendo que cada individuo desarrolle su propio proyecto de vida, asumiendo su cuota parte de responsabilidades.
Eso es también, básicamente, lo que prevé nuestra Constitución de la República.
Es decir que, a lo largo de su historia, nuestro país se ha desarrollado dentro de una tradición liberal. Como dije, el liberalismo admite matices. Algunas variantes atribuyen un mayor peso al Estado, mientras otras prefieren uno más limitado. Los colorados batllistas, entre otros, son un ejemplo de lo primero. Pero integran claramente la tradición liberal.
Creo que vale una pausa para mencionar que José Batlle y Ordóñez, una figura emblemática del Partido Colorado, ha querido ser identificado más recientemente con el Frente Amplio por los integrantes de este partido. Tremendo desatino, porque el Pepe Batlle fue siempre liberal y dicho partido no lo es como conjunto.
Pepe Batlle fue de los reformistas que entendieron que el Estado más que neutro debía ser instrumental, pero nunca totalizante. El Estado debía intervenir para ampliar la libertad de las personas, pero no para dirigir la vida económica y social. Nunca cuestionó la propiedad privada como institución básica, ni siquiera respecto de los medios de producción, aceptó la economía de mercado, y aunque creó empresas públicas y monopolios estatales en algunos sectores estratégicos, nunca propuso reemplazar el mercado por una economía planificada. Defendió las libertades civiles y políticas. Pretendió reducir las desigualdades producidas por el capitalismo, pero no eliminar el capitalismo. Rechazó la lucha de clases como fundamento político, y buscó integrar a obreros y empresarios dentro del sistema democrático. Como se puede apreciar en esta apretada síntesis, Batlle nunca hubiera sido frenteamplista, pues no habría aceptado las consignas revolucionarias y conflictógenas de la mayor parte de esa fuerza y de sus bases programáticas.
También los principales sectores del Partido Nacional y del Partido Independiente se han desenvuelto históricamente dentro de ese marco. Probablemente, pueda decirse algo similar de Cabildo Abierto, aunque en este caso sus pocos años de actuación aconsejan ser más prudentes antes de emitir una conclusión definitiva.
Sin embargo, como adelantaba recién, no se puede decir exactamente lo mismo del otro gran partido político, actualmente el mayor, que ya cuenta con más de 50 años de trayectoria. Dentro del Frente Amplio conviven tradiciones ideológicas sustancialmente diferentes y que, en algunos aspectos fundamentales, son antagónicas.
Hay en él una corriente moderada que acepta los principales postulados liberales, que podría denominarse socialdemócrata o socioliberal, aunque probablemente a muchos de sus integrantes les cueste aceptar que forman parte de la amplia tradición liberal.
En este grupo se encuentran quienes suelen decir que son liberales en lo político, pero no en lo económico, una contradicción evidente. La libertad política y la libertad económica no son compartimentos estancos. Ambas derivan del reconocimiento de la autonomía de las personas para decidir sobre su propia vida. Quien sostiene que el individuo debe ser libre para elegir sus ideas, sus creencias, sus afectos y sus representantes, pero niega o restringe severamente su libertad para disponer del fruto de su trabajo, de sus bienes y de sus intercambios, es inconsistente.
Esto no significa que todo liberal deba defender un Estado mínimo, rechazar la regulación o negar la redistribución. Rawls demuestra precisamente lo contrario. Pero sí supone reconocer que la libertad económica forma parte de la libertad individual y que sus restricciones deben estar justificadas, ser proporcionadas y preservar un ámbito efectivo de decisión personal.
Si para muestra sirve un botón, elijo para esto el pensamiento del amigo Germán Deagosto, autor del premiado libro Leones y corderos, quien se confiesa como “zurdo liberal” y “un tibio socialdemócrata atraído por el pensamiento de Rawls y Berlin”, entre otros pensadores. Aprovecho para felicitar la sinceridad y la valentía de Germán en el citado libro. Sin embargo, como expuse en aquellas dos cartas publicadas en este mismo medio, jugando con la ficción de que quien las escribía era el propio Isaiah Berlin, este era claramente liberal y sin complejos, y sostenía un concepto de libertad diferente del que Germán le atribuye en su libro.
Deagosto expresa así una tensión frecuente en cierta izquierda contemporánea: reivindica la libertad en algunas dimensiones, pero se muestra mucho más dispuesta a no aceptarla o relativizarla en otros. Digamos, entonces, que el Frente Amplio cobija a liberales dubitativos y, en algunos casos, algo contradictorios. Habrá excepciones, seguramente. Mi tesis no pretende ser despectiva, aunque el precio de procurar ser preciso pueda hacerla parecer así.
Pero el problema principal no reside en esas contradicciones. La cuestión verdaderamente relevante es que el Frente Amplio también —y con un peso creciente— integra a quienes claramente no son liberales: la izquierda pura y dura, que en esencia simpatiza con distintas variantes del marxismo y con algunas de sus derivaciones contemporáneas, antagónicas con los principios fundamentales del liberalismo.
Bajo una misma identidad política conviven, por tanto, dos tradiciones diferentes. Una valora la democracia liberal, el pluralismo, las libertades individuales y la alternancia en el poder. La otra conserva una visión de la sociedad, la economía y el Estado heredera, en mayor o menor medida, del marxismo, y contempla con mucha mayor desconfianza la propiedad privada, el mercado, los límites al poder estatal y la autonomía económica de las personas.
El problema no consiste simplemente en que ambas corrientes convivan dentro de una coalición. La cuestión es que muchos ciudadanos moderados, que valoran la democracia liberal, las libertades individuales y la forma de vida uruguaya —sin darse debida cuenta—, terminan otorgando con su voto poder político a sectores que sostienen principios sustancialmente diferentes —y en ocasiones opuestos— a los suyos.
Probablemente, esos votantes confían en que la tradición institucional del país, el peso de los sectores moderados o las exigencias pragmáticas del gobierno mantendrán contenidas esas posiciones. Pero el voto no distribuye el poder únicamente entre quienes piensan como el elector. También fortalece al partido en su conjunto y, dentro de él, a sus sectores mejor organizados, más disciplinados y con mayor capacidad de incidencia. De hecho, es lo que ha ocurrido y ha permitido que el Movimiento de Participación Popular se haya convertido en la mayor fuerza interna. No conviene ignorar esta realidad.
Escuchamos muy a menudo voces de la izquierda que insisten en que el comunismo o el marxismo ya no existen y sonríen con suficiencia cuando alguien sostiene lo contrario. Pues están equivocadas.
El marxismo agoniza como corriente teórico-política, pero no ha desaparecido. Subsiste en la academia, particularmente en el denominado marxismo analítico, que ha reconocido la invalidez de buena parte de las premisas originales de Marx, aunque conserva algunas de sus preocupaciones centrales. También sobrevive, de maneras diferentes, en el neomarxismo y en ciertas vertientes de la teoría crítica, así como en enfoques contemporáneos que interpretan la sociedad fundamentalmente a partir de relaciones estructurales de dominación.
De cualquier forma, más allá de las corrientes teóricas, lo importante es reconocer en algunas posturas la persistencia de determinadas ideas antiliberales: la desconfianza en la propiedad privada, el desprecio de la libre iniciativa económica, la subordinación de los derechos individuales a fines colectivos a través del fuerte brazo del Estado y la convicción de que la sociedad debe ser transformada desde el poder político conforme a una concepción sustantiva del bien común.
Incluso más allá de la academia hay espacios donde se habla del marxismo como si aún fuera joven y vital, como si nunca hubiera existido y caído ningún muro en Berlín, y como si el marxismo analítico constituyera apenas una traición anglosajona sin sustento. El marxismo tiene sentido, sostienen algunos; simplemente aún no hemos encontrado la forma de implementarlo de manera sostenible.
Basta con escuchar a destacados dirigentes gremiales del Uruguay, a los principales dirigentes del Partido Comunista y de sectores del Partido Socialista, así como a los seguidores del viejo MLN que hoy integran el MPP, aunque estos últimos procuren disimular sus convicciones bajo la forma de un supuesto pragmatismo.
También basta leer sucesivas bases programáticas del Frente Amplio para identificar ideas afines a esa tradición y difíciles de conciliar con el liberalismo. Se advierten, entre otros rasgos, una marcada desconfianza en el mercado, una visión expansiva del poder estatal, una concepción instrumental de la propiedad privada y, en algunos sectores, una persistente indulgencia hacia regímenes políticos que restringen severamente las libertades.
Esto no significa que el Frente Amplio, como conjunto, procure instaurar en Uruguay un régimen semejante al cubano, ni que todos sus integrantes compartan esas posiciones. Significa algo más concreto y difícil de negar: que dentro de esa fuerza política existen sectores relevantes cuya adhesión a los principios de la democracia liberal resulta, por lo menos, ambigua, y que esos sectores acceden al poder gracias también al voto de ciudadanos que no comparten sus convicciones.
Como buen liberal —moderado, en mi caso— acepto la libertad de todos y cada uno de mis compatriotas para elegir su estilo de vida y definir sus convicciones. Claro que no acepto que cercenen la mía ni la de mis compatriotas. La experiencia histórica demuestra que, cuando movimientos inspirados en el marxismo o en algunas de sus derivaciones alcanzan poder suficiente y carecen de contrapesos efectivos, las libertades individuales suelen quedar subordinadas a los objetivos políticos definidos por quienes gobiernan. No es una mera hipótesis teórica. Sobran casos que así lo atestiguan.
Por eso es necesario aprender a distinguir, para poder elegir con pleno conocimiento. En Uruguay, esa izquierda antiliberal ha ganado mucho poder dentro del Frente Amplio y, como este se encuentra en el gobierno, ha ganado también mucho poder en todo el país.
Quien conozca esa realidad y, aun así, quiera votarla está —naturalmente— en su derecho. Pero quienes desean un Uruguay solidario, preocupado por los menos favorecidos y, al mismo tiempo, comprometido con las libertades, deberían preguntarse no solo qué sector del Frente Amplio quieren favorecer, sino también a qué otros sectores están ayudando a llevar al poder.
Esa es, en definitiva, la advertencia. Bajo una misma bandera conviven dos frentes: uno más próximo a Rawls y otro todavía vinculado, de distintas maneras, con Marx. Sus diferencias no son meramente tácticas ni responden solo a distintas intensidades de una misma sensibilidad política. Se fundan en concepciones enfrentadas acerca de la libertad, la propiedad, el poder y la sociedad. Dos visiones incompatibles acerca del modelo de país deseado.
Proyecte el lector —con su propio criterio— lo que puede esperarse de esta situación para tomar acción informada en consecuencia cuando le toque.
Leonardo Decarlini