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    La pobreza infantil

    Sr. director:

    La pobreza infantil: el fracaso que el Estado no logra disimular

    En Uruguay, la pobreza infantil no es un fenómeno nuevo ni desconocido. Tampoco es invisible. Está en los datos oficiales, en los informes académicos, en las advertencias reiteradas de organismos internacionales y en la experiencia cotidiana de miles de familias. Sin embargo, lo verdaderamente alarmante no es solo su persistencia, sino la naturalización progresiva de un problema que el Estado conoce, mide y diagnostica, pero que sigue sin resolver.

    Mientras el país se precia con razón de su estabilidad institucional y de un entramado de políticas sociales amplio en comparación regional, casi uno de cada cinco niños vive en hogares pobres. Esa cifra, que debería sacudir cualquier agenda pública, convive con una estructura estatal que gasta mucho, promete mucho y logra poco en el punto más sensible de la cohesión social: la infancia.

    La pobreza infantil no es una estadística abstracta. Es una infancia con menos nutrición, menos estímulos, menos salud y menos oportunidades educativas. Es una desigualdad que se instala temprano y se arrastra durante décadas. Y es, sobre todo, una condena silenciosa que el Estado acepta como un daño colateral de su propia ineficiencia.

    El problema no es la ausencia de recursos. Uruguay destina una proporción significativa de su presupuesto a políticas sociales. El problema es cómo se gastan, dónde se gastan y con qué prioridades. El Estado uruguayo ha demostrado una notable capacidad para expandir estructuras administrativas, crear programas superpuestos, financiar consultorías prescindibles y sostener gastos simbólicos de dudoso impacto social. Todo ello mientras fracasa en garantizar condiciones mínimas de bienestar a cientos de miles de niños.

    La pregunta incómoda es inevitable: ¿cómo es posible que un país que puede sostener campañas públicas redundantes, eventos oficiales de alto costo, empresas estatales deficitarias y una burocracia creciente no logre erradicar —o al menos reducir de forma sustantiva— la pobreza infantil?

    La respuesta no reside únicamente en la complejidad del fenómeno, aunque esta exista. Reside también en una cultura política que evita priorizar lo esencial. La infancia pobre no vota, no protesta, no hace lobby. No ocupa titulares de coyuntura. Y eso la convierte, año tras año, en una víctima funcional de un sistema que prefiere gestionar urgencias visibles antes que invertir seriamente en soluciones estructurales.

    Resulta particularmente perturbador que esta situación persista incluso en períodos de crecimiento económico o de relativa estabilidad fiscal. La pobreza infantil aumenta cuando la economía se desacelera, pero no disminuye de forma proporcional cuando mejora. Esto sugiere que no se trata solo de ciclos económicos, sino de un diseño defectuoso de las políticas públicas, más preocupado por la administración del problema que por su resolución.

    El Estado, en este contexto, aparece como un actor contradictorio: omnipresente en el discurso, pero errático en la ejecución. Se multiplican los programas, pero se diluye la responsabilidad. Se anuncian planes integrales, pero faltan evaluaciones rigurosas de impacto. Se invoca la sensibilidad social, pero se tolera un gasto público que prioriza lo accesorio sobre lo urgente.

    La comparación es incómoda pero necesaria. Cada peso destinado a sostener estructuras estatales ineficientes es un peso que no llega a la nutrición temprana, a la atención en salud mental infantil, al acompañamiento familiar o a la educación inicial de calidad. Cada decisión presupuestal que posterga a la infancia en nombre de equilibrios políticos es una renuncia explícita al futuro.

    No se trata de desconocer los esfuerzos existentes ni de caer en simplificaciones demagógicas. Se trata de exigir coherencia. Un Estado que se define como garante de derechos no puede aceptar que la pobreza infantil sea un fenómeno estructural. Un sistema político que se reivindica progresista o reformista no puede convivir con cifras que revelan un fracaso moral.

    Quienes hoy nos gobiernan han pregonado ser los defensores de los más débiles en los últimos 40 años, pero, lamentablemente, con obscena hipocresía han convertido la administración pública en una máquina de despilfarro de los dineros de todos los uruguayos sin ningún tipo de escrúpulos, abandonando a los más débiles y necesitados de nuestra sociedad a su suerte y empeñando con ello su futuro.

    La pobreza infantil es, en última instancia, el espejo más honesto del desempeño estatal. Allí no alcanzan los discursos ni las intenciones. Allí cuentan los resultados. Y hoy los resultados son insuficientes.

    Uruguay enfrenta una decisión que no puede seguir postergando: continuar administrando la pobreza infantil como un problema crónico o asumir el costo político de reordenar prioridades, revisar gastos superfluos y concentrar recursos donde el retorno social es más alto. No hacerlo no es neutral. Es elegir.

    Y elegir mal.

    Francisco Lezaña