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    La política cultural del gobierno

    Sr. director:

    V Carta abierta al Sr. Ministro de Educación y Cultura Prof. José Carlos Mahía

    El gabinete inclusivo del doctor Caligari.

    A un año del inicio del gobierno frenteamplista, la situación en artes visuales continúa mostrando un panorama bastante sombrío, y, de acuerdo con los anuncios hechos por el propio presidente, nada va a cambiar, ya que solo se han considerado atendibles y dignas de mencionar las necesidades de los sectores de las artes escénicas y la industria del cine y el audiovisual.

    Siempre aclaro que, sin pretender que mi palabra es definitiva ni la única visión sobre el tema, creo importante, debido a mi trayectoria y conocimiento con relación a las artes visuales, manifestar mi opinión. Es más, realmente siento que es mi obligación, como artista e intelectual, señalar los vacíos que veo en la gestión, especialmente en las áreas que me afectan: la Dirección Nacional de Cultura y su política en lo que refiere a las artes visuales.

    En este sentido, en 12 meses, no he leído un solo informe que indique qué cambios han habido con relación al gobierno pasado y, si los hubo, han sido para peor, porque, más allá de los pomposos nombres de los simposios de simulación de inclusión, lo que se ve en la realidad es: menos actividad, menos gasto, menos proyectos y sobre todo ¡menos energía! La única energía que se pone es en la autopromoción de algunos asesores, en hacer relaciones con ferias de arte, galerías y residencias en Punta del Este, a donde van todos a participar en eventos varios y coordinar agendas, pero nunca los he visto ir a un encuentro con artistas en Artigas, por ejemplo. Sin embargo, todos van al este y arman la programación según lo que allí les sugieren. También viajan al exterior, por supuesto, donde sucede todo lo que es “digno de ver”.

    Nos limitamos a copiar discursos armados en las universidades e instituciones del norte y así llegamos a las anodinas propuestas curatoriales que vemos multiplicadas en el MNAV, el Reina Sofía, el Museo Tamayo, bienales, etc., a las cuales los países del tercer mundo solo aportamos la repetición de las doctrinas que “bajan” desde el primer mundo. Se recurre a discursos de una falsa inclusión y nos aturden con palabras que no contemplan ninguna realidad. Vivimos en un mundo en guerra, con mujeres, niños y hombres sufriendo situaciones horribles e inhumanas, mientras nosotros dormimos la siesta dentro de una burbuja en el MNAV escuchando a algunas personas dictar cátedra sobre cómo mirarnos el ombligo. ¿Estamos hablando de inclusión cuando por la simple razón de cumplir con las “cuotas” se reparten los cargos a las personas que están más a mano políticamente o que son recomendadas por un sector sin saber siquiera quiénes son? ¿Es la inclusión verdaderamente una herramienta de cambio social o solo una herramienta política para callar a las disidencias? ¿No será la inclusión el “truco” de la institucionalización? ¿No será una estrategia política para que uno deje de apedrear el rancho desde afuera y pase a defender su lugar desde la burocracia, lo cual en realidad significa traicionar a todo el que está por fuera?

    ¿Será la inclusión una ilusión, un espejismo para que hablemos tonterías todo el día en lugar de hablar de la realidad? ¿No sienten que la forma de nombrar el tema implica en sí misma una forma de discriminar y subestimar las capacidades de las personas, una forma de marcar que alguien tiene el poder de incluir a otro? ¿Incluirnos a qué: al grupo de los normales, al grupo de los que tienen derecho a hablar? Si la institución no me pone el sello de incluido, ¿no tengo derechos, no existo, no tengo mi propia voz? Al igual que la palabra tolerancia es de las más detestables que conozco, ¿cómo es que debemos tolerar a las personas que son distintas, o que piensan o sienten de forma diferente? No me interesa dar discursos morales, pero realmente entiendo que nadie debe “tolerar”, sino aceptar francamente las diferencias.

    Cómo nos puede enriquecer vivir en un mundo homogeneizado donde nadie puede expresar un pensamiento distinto, qué clase de inclusión es la que solo se puede hablar de los temas que nos marca la agenda y solo podemos utilizar el vocabulario que se nos impone. Si no hay intercambio, discrepancias, discusión, lucha, no hay inclusión, hay absolutismo. Pero, actualmente, parece que debemos salir todos como hipnotizados a hacer y decir lo que nos han metido en la cabeza: un discurso vacío e hipócrita, porque, si se rasca medianamente la superficie, se encuentra la verdad. Y las personas que desde la institución hablan de inclusión utilizando discursos demagógicos y sectarios solo quieren mantener el lugar burocrático que les ha tocado en la cuota.

    En lo personal no son los sectarismos los que me molestan, lo que me molesta verdaderamente es ¡la falta de energía! El mero uso del discurso y las palabras para cumplir con lo políticamente correcto, sin convicción y sin verdadera preocupación por los temas. Solo hay que asegurarse de incluir siempre algún programa inclusivo.

    Pero volviendo al balance del primer año de gobierno para las artes visuales, se podría resumir en que no se ha hecho nada, las personas designadas tienen muchas ideas internacionalizadoras, pero se dedicaron a hacer la plancha a la uruguaya. Con exposiciones que duran ocho meses en museos que se recorren en dos horas, un instituto que no intenta ningún acercamiento al interior del país, creo que está más alejado aún que antes. ¿Será que al interior no hay que incluirlo o será que se están burlando de nosotros?

    Ahora nos invitan a artistas y otros interesados a participar y aportar ideas en instancias “participativas” de las convocatorias a fondos. ¿Esperan que uno vaya gratuitamente a aportar ideas y tiempo a los asesores que cobran entre 150.000 y 250.000 pesos mensuales para eso? ¿Esperan que vaya con mis 35 años de carrera a sentarme a aportar mis ideas en forma gratuita? Pues no, señores, basta de demagogia. Es el trabajo de ustedes y se supone que ocupan esos lugares justamente porque tienen esos conocimientos, y si no, contraten asesores para los asesores, pero páguenles, no esperen que vayan gratuitamente.

    Como artista he tenido que enfrentar que me procesaran y me dejasen sin trabajo por mi actividad artística, no me han seleccionado nunca para la Bienal de Venecia ni me han otorgado premios como el Nacional o el Figari, no he expuesto en el MNAV y ni siquiera me dan una entrevista allí ni en la Dirección Nacional de Cultura, he presentado propuestas culturales relevantes, desde mi conocimiento y experiencia, las cuales terminaron encajonadas. Muchas veces me he preguntado, debo admitir que con cierta ingenuidad o idealismo: ¿por qué? La respuesta que me doy es porque si lo que hago es arte político, es lógico que el sistema lo combata y lo resista. Diría incluso que es una buena señal, porque el arte político va contra los límites de la política y del convencionalismo de la propia definición dada por la institución. Ya que el arte político solo es tal cuando el artista lo entiende, ante todo, como un desafío en su vida, tan irrefrenable e indomable como su destino.

    Atentamente.

    Ricardo Lanzarini

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