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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAcaecimiento por un microbarrio privado familiar. Calificando el hogar de la señora Cecilia Cairo junto a su familia, un titular así sonaría exagerado de no haber mediado la cantidad y principalmente la calidad de aspectos relevantes y destacados por el periodismo que ilustraron el lamentable episodio, el cual, además de ubicarla —hasta hace escasos días— nada más y nada menos que como ministra de Vivienda, también la citaban como protagonista omisa y añeja en el pago de impuestos y tributos por la explotación edilicia irregular de un terreno en Pajas Blancas, de casi el tercio de una manzana común.
Ya concluida la separación funcional de la señora Cairo, sería excesivo ahondar en detalles muy difundidos por publicaciones sobre el caso, aunque sí vale advertir algunas sugerentes derivaciones y sus efectos.
Empecemos ratificando que las huestes de izquierda, con el MPP a la cabeza, en buena proporción y apresuradamente cerraron filas con su conocido escudo: la justificación ante todo. Se verifica entonces una vez más, a través de argumentos excusadores vestidos con ropaje retórico, la solidaridad social como una suerte de “pobrismo” demandante e ilimitado, obviamente por encima de lo legal, lo ético y lo moral.
Sin embargo, esta vez —ante tan palmarias declaraciones de la protagonista—, al bloquearse los caminos para avanzar con esa conducta de estilo, era mejor soltarle la mano, primordialmente ante la inminencia de las elecciones departamentales llamando a la puerta.
El “tema resuelto”, como anunció el presidente de la República, nos haría observar hoy el hecho como definitivamente saldado y con la figura presidencial haciendo descender las aguas a sus niveles normales. No obstante, varias de las explícitas revelaciones y dichos de la señora Cecilia Cairo merecen una separata.
En efecto, algunas de esas explicaciones fueron llamativas por cuanto, sumadas a la teatralidad con múltiples medios de prensa (presentes en su propio ámbito familiar), agravaron una situación ya de por sí muy grave, y que también —he aquí algo importante— reflejaron una peculiar ponderación de principios y valores esenciales. Examinemos algunas de las excusas.
“Es verdad que tuve muchísimas prioridades, entre ellas ayudar a mis hijos a que pudieran tener una salida”. Parece que sus prioridades eran demasiado importantes e incomparables con las de tantos y tantos otros uruguayos. ¿No será que, refugiada en los cargos públicos ocupados durante varios años, estos le permitieron —con el obvio respaldo de la cuota de poder siempre acompañante del desempeño de aquellos— ordenar sus prioridades dando otros destinos a las remuneraciones percibidas?
“No cometí delito y lo voy a resolver”. Con “resolver” lo que nunca debió ocurrir, ¿se entiende quedar cumplida con la Justicia y la sociedad? Al respecto anoto: en gran número de países la evasión fiscal configura un delito, aquí, en Uruguay, ¿se pasará por alto sin análisis?
“Tengo una deuda que voy a pagar. Pido disculpas porque me equivoqué”. Aseveraciones que son carátula en todo libro que lee cualquier ciudadano responsable.
“No sabía que en estos terrenos también se paga Primaria”. ¿Alguien puede aceptar que una ministra de Estado ignore y muestre tal ligereza al formular estas nescientes afirmaciones?
“Nacho me hizo abrir los ojos en que hay una parte que no hice”. Esta no es una cándida afirmación; por el contrario, quizás, y sin quizás, sea una de las más graves y trascendentes. Al respecto subrayo: una persona que estuvo —reitero— en el ámbito público ejerciendo altas funciones, ¿necesita que alguien le abra los ojos por elementales obligaciones ciudadanas como son las de pagar tributos e impuestos al Estado? Tal aseveración no solo no es de recibo, sino que trasciende su contenido: lisa y llanamente es una explícita falsedad o un muy inoportuno sarcasmo. Se acepte una u otra posibilidad, la jerarquía ostentada y la especificidad de su ámbito funcional le vetaban tal expresión.
“No pienso en renunciar”. Aunque finalmente renunció. Aquí aparece el esperado manejo político de este desaguisado. Si una colaboradora directa y de confianza del presidente de la República manifiesta categóricamente tal voluntad, no hay dos lecturas, y la valedera es la que nos muestra un sobrentendido respaldo inicial del primer mandatario a pesar de la gravedad y lo explícito del hecho esclarecido por sus propias e instantáneas confesiones públicas al ser entrevistada por el medio de prensa denunciante. Entonces, tres días después presenta su renuncia, dejando en claro que en ese período de “meditación política partidaria” se llegó a una beneficiosa y oportuna solución para la fuerza política frenteamplista : “Cuidar al gobierno” , como manifestó luego un dirigente del actual oficialismo.
A modo de corolario, hay aspectos que provocan irritación, y uno de ellos es la contradicción manifiesta entre los dichos y los hechos. Si consultamos algunos registros de intervenciones parlamentarias de la entonces diputada Cecilia Cairo, encontraremos más de una vehemente defensa del accionar moral y ético. Hoy, ¿se podría explicar si no es calificándola de moralina?
Esta administración utilizó electoralmente rimbombantes titulares con “que gobierne la honestidad”; aunque huelga agregar más comentarios a lo narrado al inicio, algunos dirigentes frentistas insisten con la decencia ética y honradez de la exministra por dar un paso al costado reconociendo errores. Haciendo gárgaras de cristalinidad omiten reconocer que este pesado suceso solo surge luego de haber sido puesto en evidencia pública por un medio periodístico.
De “error personal” otro dirigente calificó la referida conducta. ¿No habrá sido un error colectivo cuando el presidente designó a sus ministros sin adecuado asesoramiento y básicos elementos de información?
Otras declaraciones resaltan. “Renunció para no complicar al gobierno”. Aquí, el sentido de la expresión es muy sencilla: antes que todo, el partido político, luego, y distantes, las conductas individuales.
Para finalizar se puede inferir sobre dos aspectos. El primero, y mencionado con cierta tribulación: en cualquier orden de la vida, pero hoy haciendo foco exclusivo en el terreno político —válido por otra parte para cualquier color partidario—, parecería que lo capital cuando mal se procede es “no ser descubierto”.
El segundo, y trascendente: a 40 y pocos días de iniciado el nuevo período gubernamental, la capacidad decisoria y las potestades del primer mandatario transitan por un terreno al menos controversial. Al respecto, frente al espontáneo y rotundo reconocimiento de culpa de la exministra, no cabía otra opción que exigirle la dimisión sin tardanza. No ocurrió como debió. Si nos preguntamos por qué, ya formulamos algunas conjeturas.
Carlos O. Angelero