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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáArmenia: el voto de la historia.
Los resultados de las elecciones parlamentarias celebradas el 7 de junio en Armenia dejaron una conclusión difícil de ignorar. El partido Contrato Civil, liderado por Nikol Pashinian, volvió a imponerse con aproximadamente el 49,8% de los votos, consolidándose una vez más como la principal fuerza política del país. El resultado es particularmente significativo porque llega después de los acontecimientos más traumáticos que ha vivido Armenia desde su independencia: la guerra de 2020 y la desaparición de Artsaj en 2023. Sin embargo, lejos de sufrir un colapso electoral, el oficialismo conservó el apoyo de cerca de la mitad de los votantes.
La pregunta que surge entonces es evidente: ¿qué explica este comportamiento electoral?
Para comprenderlo es necesario observar la historia de largo plazo de la sociedad armenia.
La Armenia contemporánea es el resultado de una compleja sucesión de tragedias y reconstrucciones. El genocidio armenio de 1915 destruyó gran parte de la población armenia del Imperio otomano y dispersó a cientos de miles de sobrevivientes por todo el mundo. La Armenia soviética que surgió posteriormente debió reconstruir su tejido demográfico mediante el crecimiento natural y las campañas de repatriación impulsadas después de la Segunda Guerra Mundial.
A partir de 1991, con la independencia, comenzó una nueva etapa marcada por profundas dificultades económicas, conflictos regionales y una intensa emigración. Cientos de miles de armenios abandonaron el país en busca de mejores oportunidades, alterando nuevamente la composición demográfica nacional.
La estructura etaria actual refleja esa historia. Armenia cuenta hoy con cerca de tres millones de habitantes. Los menores de 15 años representan aproximadamente el 19% de la población, mientras que los mayores de 65 años superan el 14%. El núcleo demográfico se concentra en las generaciones nacidas durante los últimos años de la Unión Soviética y en los primeros años de la independencia.
Estas generaciones crecieron entre apagones, crisis económicas, guerras y migraciones. Para ellas, la política suele medirse menos en términos ideológicos que en función de la capacidad de garantizar estabilidad y continuidad estatal.
Por esa razón, las recientes elecciones no pueden interpretarse exclusivamente como una confrontación entre una orientación proccidental y otra prorrusa. Si bien la cuestión geopolítica estuvo presente durante la campaña, los resultados sugieren que amplios sectores de la población continúan priorizando cuestiones más inmediatas: la seguridad nacional, el empleo, los salarios, la emigración y las perspectivas económicas.
Los antecedentes recientes refuerzan esta interpretación. En 2021, apenas meses después de la derrota militar frente a Azerbaiyán, Pashinian obtuvo cerca del 54% de los votos. Cinco años más tarde, tras la pérdida definitiva de Artsaj, volvió a imponerse con casi el 50%. La magnitud de ambos triunfos indica que una parte considerable del electorado sigue considerando que las alternativas opositoras no ofrecen respuestas más convincentes a los desafíos que enfrenta el país.
La demografía también ayuda a explicar el fenómeno. Los jóvenes muestran una mayor apertura hacia Europa, la innovación y las reformas institucionales. Sin embargo, los grupos decisivos continúan siendo los adultos de entre 30 y 50 años, que concentran buena parte del peso electoral y de la actividad económica. Son ellos quienes suelen evaluar a los gobiernos a partir de criterios prácticos vinculados con la seguridad familiar, la estabilidad laboral y las oportunidades de desarrollo.
Más de un siglo después del genocidio, la experiencia histórica continúa influyendo en la conciencia colectiva armenia. La memoria de la destrucción, el exilio, la reconstrucción soviética, la independencia y las sucesivas guerras ha generado una cultura política particularmente sensible a las cuestiones de supervivencia nacional.
Estas elecciones parecen confirmar esa realidad. Más que un plebiscito sobre la orientación geopolítica del país, el resultado refleja la búsqueda de estabilidad por parte de una sociedad que ha atravesado profundas transformaciones demográficas y políticas. En la Armenia actual, la seguridad y la economía continúan pesando más que cualquier consigna ideológica.
Otro de los elementos centrales fue que gran parte de la oposición quedó asociada a las antiguas élites postsoviéticas y oligárquicas que gobernaron Armenia antes de la Revolución de Terciopelo de 2018. Muchos votantes críticos de Pashinian tampoco estaban dispuestos a respaldar el regreso de figuras vinculadas al viejo sistema.
La victoria de Pashinian se produjo frente a un grupo de oponentes dominados por partidarios de Rusia, entre los que destacaba Samvel Karapetyan, un empresario multimillonario que amasó gran parte de su fortuna en Rusia y que se erigió como el rival más prominente del primer ministro.
Más allá de los debates sobre seguridad y política exterior, Pashinian llegó a las elecciones con un activo difícil de ignorar: la economía. Armenia registró un crecimiento del PIB del 12,6% en 2022, 8,3% en 2023 y 5,9% en 2024, una de las expansiones más sostenidas del espacio postsoviético. Aunque parte de este dinamismo estuvo asociado a las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania y a la llegada de capitales y profesionales desde Rusia, muchos votantes percibieron mejoras concretas en la actividad económica, los ingresos estatales y las perspectivas de desarrollo del país.
La historia no determina el voto, pero ayuda a comprenderlo. Y en Armenia, donde la memoria colectiva sigue siendo una fuerza política de primer orden, los resultados electorales vuelven a demostrar que las preocupaciones fundamentales de la sociedad están estrechamente ligadas a la preservación del Estado y a las condiciones materiales de vida de sus ciudadanos.
La importante participación ciudadana y la realización de elecciones competitivas constituyen un hecho de gran relevancia para Armenia, cuya experiencia democrática es relativamente reciente y ha estado marcada por décadas de dominación soviética, conflictos regionales y crisis políticas internas. La ratificación del gobierno de Nikol Pashinian mediante el voto popular, independientemente de las posiciones que se tengan sobre su gestión, refuerza la legitimidad de las instituciones y demuestra que los cambios de rumbo político pueden resolverse en las urnas y no mediante la violencia. En una región donde persisten tendencias autoritarias, la capacidad de Armenia para celebrar elecciones pluralistas y respetar la voluntad de los electores constituye un indicador de madurez democrática y una señal de que la construcción del Estado armenio moderno continúa apoyándose en mecanismos de participación y representación ciudadana.
Daniel Bedouny Mekhjian Keosseian