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Varios acontecimientos desafortunados de las últimas dos décadas vienen cuestionando el comportamiento de ciertos políticos de nuestro país, independientemente del partido al cual pertenecen.
Cuando analizamos a este relevante estamento de nuestra sociedad constatamos que:
si bien son servidores públicos del mayor empleador nacional directo e indirecto (cubre el 10% de la población), no son trabajadores sindicalizados, gozan de prebendas y remuneraciones generosas dispuestas y concedidas por ellos mismos, y los parlamentarios gozan de inmunidad a censuras y despidos mediante el recurso de los fueros;
poseen o adquieren una sofisticada manera de eludir lo que pueda perjudicarlos;
manifiestan y ejercen una cierta complicidad corporativa;
algunos anteponen su ideología a los intereses del país.
Cuando individualizamos a sus integrantes comprobamos que:
Hay quienes se hacen llamar “políticos”, pero ni siquiera son “partidarios”, aunque se han afiliado a uno. Integran las listas mediante un proceso muy bien urdido (el armado de las planchas) en donde son “elegidos” por el pueblo, pero sus nombres fueron previamente dispuestos por autoridades del partido. Interesa destacar que son reclutados no por su probada y específica competencia, sino por su popularidad (una premisa del mercadeo) o su doctrina ideológica. Los votantes no seleccionan a un idóneo, sino a alguien devenido —natural o artificialmente— en “popular”.
Están los vocacionales, que se caracterizan por su entrega y compromiso para superar los problemas de la sociedad a la cual pertenecen. Se distinguen por vivir para la política. Actúan con preparación, responsabilidad, credibilidad, convicción, autoridad, empatía, compromiso social, transparencia, liderazgo, honradez, integridad, lealtad, capacidad para negociar, delegar y tomar decisiones; han abrazado esa ocupación porque les interesa actuar en la cosa pública dedicando tiempo y esfuerzo, desempeñando cargos locales, regionales, nacionales o internacionales.
También están los politicastros, que viven de la política. La utilizan como un medio para fines personales, buscando un determinado nivel social y económico “a caballo” del cargo obtenido; gozan con el ejercicio del poder logrado, utilizan los dineros públicos y los aportes de los contribuyentes para beneficiar a correligionarios y familiares. Se destacan por convertirse en: corruptos, demagogos, sectarios, populistas, narcicistas, megalómanos, soberbios y con un inmenso afán de lucro. Sus actuaciones dan lugar a suspicacias y rechazos porque estos supuestos representantes del pueblo actúan amparados en el marco del ordenamiento jurídico (de una Justicia que no es ciega, sino sesgada), desconociendo principios éticos elementales que afectan a las instituciones, a los partidos políticos y a la ciudadanía.
Hasta aquí un relevamiento personal, subjetivo e incompleto de la realidad de nuestra actividad política.
¿Qué es lo que visibilizamos, considerando que estamos ante elecciones nacionales; que se están gestando transformaciones extraordinarias como el cambio climático, la inteligencia artificial, el narcotráfico, las radicalizaciones ideológicas y religiosas, el incremento de la violencia física, verbal, individual y de Estado, la merma de la cultura, los cambios de paradigmas, etc.?
Cualquiera sea la decisión, no debemos olvidar que todo inconveniente debe estar sometido al juicio ético, político y jurídico, que no siempre coincide ni concuerda. Con frecuencia, vacíos legales o leyes no reglamentadas posibilitan eludir lo ético beneficiando o habilitando la inseguridad jurídica, los conflictos judiciales, el abuso de poder, la evasión de responsabilidades, la inequidad y la desigualdad, la pérdida de la confianza pública y la implementación de políticas de Estado.
Los actuales procesos tienen una mayor velocidad y difusión. Los protagonistas no son solo los inversionistas del capitalismo. Nuestra sociedad está cambiando la calidad y cantidad de sus integrantes: hay más gente ociosa que productiva (la primera con una mayoría de jóvenes y centenarios).
¿Seguiremos debatiendo vanamente asuntos banales; consintiendo la conjunción del interés personal con el colectivo, permitiendo que los narcisistas nos conduzcan a un futuro incierto, condescendiendo con los politicastros?