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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa verdad es que no sé qué hacer con esta situación. El domingo, a las 7 de la mañana, me despierta mi esposa diciéndome: “Hay ruidos abajo”. Viendo su desesperación, entiendo en un segundo que nos estaban robando, copando o algo similar. Quiero buscar algo para agarrar y lo primero que veo es una muleta de mi hija. Cuando bajo, veo a un tipo abriendo la puerta y llevándose mis cosas. Le grito: “¡HDP, dejá eso!”, y sale corriendo. Yo salgo atrás de él, descalzo y en calzoncillos, corriendo por Ellauri. A unas tres cuadras se tropieza y empieza a tirar todo lo que llevaba. Le grito: “¡Dejá todo, HDP!”. Él me amenaza con un cuchillo para que no me acerque y, finalmente, saca un arma de fuego de su mochila y me apunta. Vuelvo a mi casa a vestirme y un vecino viene a decirme que “el chorro” estaba en Sarmiento y Aguilar, tapado con una frazada.
En ese momento, mi esposa me cuenta que, mientras yo había salido corriendo detrás del primero, ¡había otro tipo adentro de mi casa! Y que ella misma lo sacó de una patada.
Voy hasta el lugar donde supuestamente estaba el que me había apuntado y todavía no había llegado la policía. Demoró unos 30 minutos en llegar a mi casa, después de que mi esposa llamara diciendo: “Tengo gente adentro de mi casa y estoy con tres niños”.
Esto pasó en pleno Pocitos, en Jaime Zudáñez y Ellauri, un domingo a las 7 de la mañana, con las calles prácticamente vacías. Si en lugar de estar robándonos nos hubiesen estado atacando, estábamos fríos para cuando llegara la policía.
Finalmente, llega la policía a mi casa y les pido que busquen al tipo. Me dicen que no está, que ya recorrieron todo. Les digo que entonces lo voy a buscar yo.
Salgo por Zudáñez y, en apenas dos cuadras, me cruzo con tres personas “acampando” en la calle, tapadas con frazadas. Y pienso: “¿Tengo que ir despertándolos a todos para ver si alguno es el chorro?”. Vuelvo hacia mi casa y me cruzo con dos planchas más, con muy mala apariencia. Estamos rodeados.
Cuando llego, aparece otro vecino y me dice que habían visto al tipo tapado con una frazada rosada y que una persona incluso había llamado al Ministerio de Desarrollo Social porque estaba semidesnudo. Había descartado su ropa, mis cosas y el arma con la que me había apuntado.
Llega de nuevo la policía y finalmente lo capturan. Cuando vuelvo a mi casa, ya había pasado “la Técnica”, que, aparte de ensuciarme media casa, agarró una campera mía nueva y le cortó el cuello a tijeretazos para llevarse un pedazo como muestra. Sí, increíble: una campera nueva.
Después de pasar unas dos horas declarando, le digo a la policía que voy a ir a buscar el arma, porque todavía no la habían encontrado. Vuelvo a esa cuadra y finalmente la encuentro entre unos arbustos, con la ayuda de las cámaras de videovigilancia de Foxys, que tenía todo grabado. Otra vez, unos 40 minutos esperando a que volviera la policía para levantar el arma. En fin…
Montevideo se ha convertido en una selva en la que cada vez es más difícil saber cómo actuar, cómo cuidarse y en quién confiar. Ya no se puede ni dormir tranquilo dentro de tu propia casa. Porque esto ya no se siente simplemente como un robo. Es una violación a todos tus derechos: como ciudadano, como familia y como persona.
Diego Piuma