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    Sobre eutanasia, cuando no hay “etapa terminal”

    Sr. Director:

    Una nota de Tomer Urwicz publicada en El Observador el pasado 10 de mayo informa acerca de la situación de una persona de 38 años de edad, llamada Pablo, a la que hace tres años se le diagnosticó “ataxia cerebelosa idiopática”, o sea, una enfermedad del cerebelo debida a causas desconocidas. En menos de cuatro meses Pablo quedó inmóvil; no puede caminar y “su mano inerte es incapaz de sostener una cucharita de café”, escribe Urwicz.

    Pablo vive postrado en su cama, atendido por su madre. Los médicos le han dicho que su enfermedad es incurable e irreversible; lo que no han podido decirle es cuánto tiempo va a durar la situación que lo atormenta. Entre las muchas cosas que se ignoran del mal que lo atacó y sus consecuencias, está esa: lo que tarda en llegar la muerte.

    “Después de meses de psicoterapia y cuidados paliativos —dice la nota—, Pablo se rindió”. Dejó de tomar la decena de medicamentos que le administraban a diario. Reclama que lo dejen morir; lo repite una y otra vez y su madre ha terminado por aceptar que esa es la voluntad de su hijo.

    Pablo espera la sanción del proyecto de ley de eutanasia que hoy estudia la Comisión de Salud de la Cámara de Representantes. La intención de los legisladores que impulsan el proyecto es que la cámara vuelva a aprobar, sin cambios, el texto que ya había aprobado en octubre de 2022 y que el Senado, luego, no quiso tratar.

    El artículo 2º de ese proyecto dice así: “Toda persona mayor de edad, psíquicamente apta, que curse la etapa terminal de una patología incurable e irreversible, o que como consecuencia de patologías o condiciones de salud incurables e irreversibles padezca sufrimientos que le resulten insoportables, en todos los casos con grave y progresivo deterioro de su calidad de vida, tiene derecho a que a su pedido y por el procedimiento establecido en la presente ley se le practique la eutanasia para que su muerte se produzca de manera indolora, apacible y respetuosa de su dignidad”.

    La situación de Pablo encaja perfectamente en la segunda de las hipótesis previstas por el texto transcripto. La primera de ellas contempla a quien padece una patología que se encuentra en etapa “terminal”, y ese no es el caso de Pablo porque nadie puede decirle cuánto tiempo más va a demorar la muerte en traerle el fin de sus angustias y dolores; podrían ser años. La segunda de las hipótesis sí lo contempla. En efecto, “como consecuencia de patologías o condiciones de salud incurables e irreversibles” que le producen un “grave y progresivo deterioro de su calidad de vida”, él padece sufrimientos que le resultan insoportables, por lo tanto, estaría en condiciones de pedir la eutanasia.

    Es importante entender y sentir que el hecho de que no pueda decirse que la enfermedad de Pablo se encuentra en su fase “terminal” no disminuye sino que aumenta la angustia que él padece. No es lo mismo sufrir sabiendo que en un plazo determinado y más o menos breve llegará el alivio definitivo que tener por delante una perspectiva de años y años yaciendo en una cama, mirando el techo y sabiendo que las personas a las que uno más quiere sufren con uno, cada día y cada momento; y todo eso, cuando se tienen solo 38 años…

    La situación de Pablo evoca la de Ramón Sampedro, el marinero español que como consecuencia de un accidente quedó cuadripléjico y vivió casi 30 años en ese estado. Pidió reiteradamente a las autoridades de su país que le permitieran obtener ayuda para morir, pero sus peticiones fueron denegadas por no haber marco legal que las sustentara. Finalmente, Sampedro logró suicidarse con la ayuda de sus amigos, y aunque la Justicia penal actuó no pudo identificar a los responsables del hecho. Años después esta triste historia llegó al cine a través de dos películas, Condenado a vivir (2001) y Mar adentro (2004), esta última fue protagonizada por Javier Bardem y laureada con el Oscar a la Mejor película extranjera y con 14 premios Goya. En España hay ley de eutanasia desde el año 2021. Un monumento emplazado en el sitio donde Sampedro sufrió el accidente que lo postró rinde hoy homenaje a su memoria.

    Ojalá que Pablo no tenga que pasar por todo lo que pasó Sampedro. Del Parlamento uruguayo depende.

    Ope Pasquet

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