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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl mundo está girando a la derecha. No es una consigna, no es una moda, no es un eslogan de redes sociales: es un hecho político, cultural y económico que se ve con claridad en casi todos los continentes. Después de décadas de hegemonía discursiva de la izquierda —progresista en las formas, profundamente autoritaria en los hechos— las sociedades empiezan a reaccionar.
En Sudamérica el giro ya es evidente. La llegada de Javier Milei en Argentina marcó un punto de quiebre: por primera vez en mucho tiempo, un país grande de la región eligió explícitamente un camino liberal, sin eufemismos y sin complejos. Sumado a países como Paraguay y Ecuador, en Chile José Antonio Kast vuelve a emerger con fuerza como alternativa real tras el fracaso rotundo del experimento progresista. A eso se suma el fenómeno Nayib Bukele en El Salvador, que demolió el relato buenista mientras devolvía orden, seguridad y crecimiento..
En Europa ocurre algo similar. Giorgia Meloni gobierna Italia desafiando a la burocracia de Bruselas; Viktor Orbán resiste desde Hungría con un discurso soberanista que incomoda al establishment; y en varios países se multiplican fuerzas políticas que cuestionan el consenso socialdemócrata que dominó el continente durante décadas y condenan la invasión islámica que amenaza las tradiciones europeas y los valores occidentales.
Este giro no surge de la nada. Surge del hartazgo. Surge del contraste brutal entre promesas y resultados.
Mientras tanto, los regímenes que fueron durante años los bastiones simbólicos de la izquierda latinoamericana y mundial empiezan a mostrar grietas imposibles de ocultar. Venezuela es el ejemplo más elocuente. Los venezolanos salen a festejar a las calles de todo el mundo la caída de Maduro —que resultó tener en Europa una fortuna en oro más grande que la de Hernán Cortés—, mientras la izquierda internacional cambia la bandera palestina por la bandera de Venezuela y les discute a los propios venezolanos la existencia real de una dictadura atroz, presos políticos, persecución, hambre y exilio.
En Uruguay, a esa misma izquierda le llevó 20 años reconocer que en Venezuela había una dictadura. Veinte años de relativismo, de silencios cómplices y de excusas vergonzantes. Y todavía está por verse cómo termina la historia de ciertos negocios turbios, apoyos diplomáticos y afinidades ideológicas que hoy muchos prefieren olvidar.
Cuba y Nicaragua están en la mira de Marco Rubio. Ortega ordenó la liberación de presos políticos y Díaz-Canel, desde su propio aparato de propaganda, reconoció públicamente el fracaso de su sistema. No lo dijo un opositor, no lo dijo un liberal: lo dijo el propio régimen.
En Irán, el fenómeno es aún más profundo. La gente decidió dejar de vivir bajo una cultura cavernícola e impulsada por una fuerza feminista auténtica, incompatible con los valores más básicos de Occidente: salen a exigir libertad individual, igualdad ante la ley y derecho a elegir cómo vivir. Ya no se trata solo de economía, sino de civilización.
Bajo el liderazgo de Donald Trump —con una claridad política que pocos se animan a tener y un mensaje contundente— el mundo empieza a girar, finalmente, hacia una derecha liberal que vuelve a poner en el centro al individuo, al trabajo, al mérito y a la libertad. Es, en muchos sentidos, un despertar colectivo tras un largo sueño inducido por los colectivistas: aquellos que disfrazan con políticas de “buenas intenciones” lo que en realidad son dictaduras, pobreza y miseria. Su estrategia de “ideales” moralistas, diseñadas para tranquilizar conciencias, brindan en realidad sensaciones autocomplacientes, estafando a las almas más inseguras y emocionalmente más débiles.
Mientras tanto, en Uruguay seguimos mirando sombras en la pared de la caverna, convencidos de que eso es la realidad, sin animarnos a cuestionar el relato dominante. En los últimos 50 años —el mejor período de la historia de la humanidad en términos de crecimiento, reducción de pobreza, avances tecnológicos y movilidad social— Uruguay fue de los pocos países que no creció de forma sostenida. Y eso nos enfrenta hoy a un desafío enorme.
Hoy tenemos un gobierno rascando los frutos de tu laburo desde donde pueda, con una voracidad fiscal que no reconoce límites ni consecuencias. Durante la campaña electoral pusieron el grito en el cielo por un aumento del 2% de IVA en compras con tarjetas de crédito. Desde que asumieron, no solo no removieron esa medida, sino que profundizaron el camino: impuestos a las compras internacionales; impuesto a empresas extranjeras, que se van del país una tras otra; cambios en el cálculo del Fondo Nacional de Salud para quedarse con más plata de tu salario; aumentos en OSE, UTE y Antel por encima de la inflación; Ancap no baja el precio de los combustibles aun cuando el barril está por debajo del precio de paridad; aumento de 8% en la patente.
Durante años nos creímos ser el mejor de la clase: el país modelo, serio y previsible. Pero, mientras nos mirábamos al espejo, el mundo avanzó. Y hoy es evidente: no éramos los mejores. Entre 2004 y 2016 nos mareamos en un contexto internacional de precios extraordinarios que sí supieron aprovechar otros países de Sudamérica para crecer de verdad. El mérito no fue de los gobiernos. El mérito fue del trabajo, de productores, empleados, empresarios. Del capitalismo.
Pero esa etapa terminó. Y ahora hay que despertar. La pregunta ya no es qué está pasando. La pregunta es qué estamos esperando para reaccionar. Porque el mundo no va a frenar para esperarnos. Y la historia no suele ser amable con los países que eligen quedarse quietos cuando todo alrededor cambia.
Claudio Hernández