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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNos impactó negativamente su editorial del 17 de julio pasado titulado “Una manga de envidiosos, del primero al último”, por razones que pasamos a detallar.
Lo primero que hay que decir es que el fútbol es tan solo un deporte que muchas personas disfrutan. Es fácil de entender y es un entretenimiento, como tantos otros, que ayudan a olvidar por un rato las preocupaciones diarias. En este mundo en que todo se politiza, el Mundial crea la “ilusión” de que se enfrentan naciones, cuando en realidad solo lo hacen equipos de fútbol. Cada uno de ellos está compuesto por figuras individuales que normalmente juegan en clubes de países diferentes al de su nacionalidad. Los aficionados suelen seguir a esos futbolistas por su valía personal, sin prestar atención dónde desarrollan su carrera profesional.
Lo que mueve al fútbol es un negocio millonario “sin fronteras”, en ancas de que tanta gente esté dispuesta a pagar la entrada o ver los campeonatos por medios audiovisuales.
Por esa razón, a nuestro entender, es una proyección inadecuada que el editorialista haya extrapolado el campo deportivo al político-sociológico-psicológico. Es decir, a las supuestas idiosincrasias de argentinos y uruguayos. Esta actitud impregna al editorial entero. Un talante colectivista que disuelve al individuo en la masa. Tal como José Luis Borges declaró: “Yo creo que solo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales, son meras comodidades intelectuales”. Siguiendo a Borges, suponer la existencia de “los uruguayos” o “los argentinos” como un todo es comparable a creer que existe un grupo humano real que agrupa a todas las personas cuyo nombre empieza con una letra determinada.
Además, es un discurso que emula al de los aspirantes a tiranos que, desde una supuesta superioridad moral, pretenden inducir un sentimiento de culpa en aquellos que discrepan de sus apreciaciones. Una amonestación que no apela a la razón, sino a las emociones. El editorialista divide a los uruguayos entre los que comparten su posición, los puros de espíritu (“Hay unos cuantos que sí se siguen sintiendo muy cerca de sus vecinos argentinos y se alegran por sus victorias. Pero no dejan de ser una minoría”) y los otros, los “envidiosos”.
En adición, el autor recurre constantemente a falacias. La más repetida es la de apelación al pueblo (“somos un pueblo envidioso y desconfiado”; “Como no nos va bien a nosotros no queremos que le vaya bien a ninguno de los que tenemos cerca”; “los uruguayos, y con esa deformación que tenemos de siempre estar mirando para afuera en lugar de hacerlo para adentro”).
Otra falacia, con la cual pretende consolidar su posición, es la de apelación a la autoridad, cuando nombra a Jorge Batlle y su explosiva sinceridad: “Los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último”. Al traerla a colación, resalta que la mayoría de los argentinos de a pie compartían ese afirmación. Pero hay aquí un detalle no menor, Batlle se refería específicamente a los políticos argentinos; en cambio, el editorialista se refiere a todos los uruguayos sin excepción (falacia de falsa generalización).
Lo que trasunta el editorial es, precisamente, aquello que le achaca a la hinchada uruguaya: un “exceso de fanatismo futbolístico”. Incluso, a algunos medios argentinos les llamó la atención esta diatriba contra los uruguayos, por ejemplo, a Clarín, que la calificó de “feroz editorial”.
Pero también hay inconsistencias desde el punto de vista histórico. Según el autor, existen raíces que deberían impulsar a todos los uruguayos a querer el triunfo de Argentina en este Mundial de futbol. Para ello parte, arbitrariamente, de un hecho concreto (la declaratoria de la independencia en 1825), como si nuestra historia como nación recién hubiera comenzado ahí. Pero lo real es que hay muchos antecedentes por los cuales los orientales podrían no sentir afinidad con los argentinos, a pesar de la cercanía geográfica (como si eso fuera una razón de peso; si no, que les pregunten a los ucranianos con respecto a Rusia). Veamos los ejemplos concretos:
En 1813 se estaba discutiendo en Buenos Aires la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Artigas, que era en ese entonces el jefe de los orientales, les entregó a los diputados las famosas 20 instrucciones. Ramón Díaz, en su Historia económica del Uruguay, menciona que los diputados orientales se presentaron como representantes de un “Estado soberano”. Esa condición no fue aceptada por las autoridades porteñas y, en consecuencia, los delegados orientales no fueron admitidos en la Asamblea. La reacción de Artigas ante esa actitud fue romper con Buenos Aires.
Durante la dominación porteña de Montevideo (1814-1815), los porteños impusieron un gobierno autoritario y antifederal. Esto generó un profundo rechazo entre los uruguayos. En esa época, se puede decir que Montevideo fue saqueada y tiranizada.
Díaz también menciona que cuando Artigas estaba intentando formar la Liga Federal (1815), ostentaba el título de “Protector de los Pueblos Libres”. En esa etapa Artigas ya no actúa como un líder político, sino como “jefe de un Estado soberano, en cuyo carácter firma un tratado internacional y recibe a enviados de naciones extranjeras” (p. 52). Agrega Díaz que los porteños, como “trágico reconocimiento de su impotencia ante el vigor del liderazgo artiguista”, recurren a “la alta traición” ofreciendo al “Imperio portugués la Provincia Oriental” (p. 52).
Si bien es cierto que, como dice el editorialista, los 33 orientales fueron muchos más que 33, también hay que destacar que no todos los que desembarcaron en la playa de La Agraciada eran orientales, sino que muchos eran argentinos. Saber cuál era el verdadero sentir de la población general en esos momentos (unirse a las Provincias Unidas, seguir formando parte de Brasil o la independencia total) es algo que hasta el día de hoy no se sabe. Un profundo análisis sobre ese tema presenta Nelson Pierrotti en su artículo académico “Volver a la Cisplatina (1817-1828). Una aproximación a los ‘estados de opinión’ de los orientales sobre la independencia del Uruguay”.
Hana Fischer