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    Uruguayos y argentinos

    Sr. Director:

    Con supina ignorancia, un ingeniero dirigió a ese medio, una lamentable carta que refiere a manifestaciones agraviantes, vertidas por un corredor de automóviles de Argentina, concluyendo que “aunque no nos guste (a los uruguayos) somos una provincia argentina”. Es un juicio de valor que involucra al ingeniero (en exclusividad), denuncia su incultura y “complejo de inferioridad” (que a nadie le interesa). Pero además, falla (gravemente) al “generalizar” un concepto negativo (baja autoestima personal), extendiéndola a todos los uruguayos (colectivo); como si este señor tuviera algún “poder de representación” para interpretar con patética falta de respeto y “sarcasmo” (que siempre es “negativo”) el sentir de un pueblo. Por educación y prudencia, nunca es aconsejable atribuir a un colectivo (sea nación, gremio, asociación, grupo, etc.) una “calificación negativa generalizada”, (en cambio, sí es viable “generalizar” una virtud o cualidad “positiva”).

    El suscripto estima que la inmensa mayoría de los uruguayos (orientales) nos sentimos como tales, con ponderado orgullo (percepción generalizante, sí, pero “positiva”, no de negación). No nos autopercibimos como lo que no somos (que, por otra parte, —aunque no nos gustase nuestra nacionalidad— no es posible “cambiar”, de ninguna manera).

    Arguyendo sobre el fondo, diré (muy brevemente) que el Uruguay es un país libre, soberano e independiente, luego de un arduo proceso, que inicia su “autonomía” con la revolución oriental liderada por Artigas (desde 1811 hasta 1820) y continúa la evolución a su “independencia” a partir de 1825, finalizando en 1830 (Jura de la Constitución).

    Sí es cierto que nuestro país (antes Provincia Oriental) integró en el pasado (al igual que el actual Paraguay y Bolivia) las Provincias Unidas del Río de la Plata, no la Argentina, por la sencilla razón de que dicho país no existió como tal, con ese nombre, sino muchísimo tiempo después (a partir de 1853). Véase que la primera Constitución de la Confederación argentina (que fue sancionada en Santa Fe, no en Buenos Aires) es del año 1853, (es decir, 23 años después de la primera Constitución uruguaya de 1830) y partir de ese momento comienzan a existir autoridades nacionales (hasta ese entonces, cada provincia se autogobernaba a su entera voluntad, como quería). Y esa Constitución de 1853 (última en sancionarse en Sudamérica) fue rechazada por Buenos Aires, que no la juró: téngase en cuenta que el “Estado de Buenos Aires” se constituyó como un país autónomo y soberano, entre el 11/9/1852 hasta el 17/9/1861. O sea que hasta 1861, Buenos Aires no integró la Confederación argentina.

    Semánticamente, el vocablo argentino (que significa “plata”, en latín) era utilizado como sinónimo de pertenencia al Virreinato del Río de la Plata (integrado por lo que hoy sería Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay). La palabra argentino surge de un poema escrito en 1602 por el clérigo español Del Barco Centenera. En dicha poesía, el autor comenta al margen que “El Río Argentino o Río de la Plata…. quiere decir mar por su grandeza”. Inicialmente fue un adjetivo que sustituía a platense o rioplatense y se aplicaba a todos los oriundos del Río de la Plata (bolivianos, paraguayos y uruguayos). Recordemos que a la actual ciudad boliviana de Sucre (antes Charcas) también se la llamó “ciudad argentina” y “ciudad de la Plata”. La Cancillería de Charcas se llamaba “Cancillería Argentina”.

    Recién a partir de la Constitución de 1853, aparece “oficialmente” la denominación “Argentina”. Incluso, luego de la caída del dictador (por 20 años) Juan Manuel de Rosas (1852), Sarmiento pedirá cambiar el nombre y volver al de Provincias Unidas del Río de la Plata. No obstante, se mantuvo la denominación Argentina como nombre del país, adoptándose el gentilicio (argentino/a) para identificar a los oriundos (nativos, originarios) de su territorio.

    Para opinar hay que saber (bastante); de lo contrario, es mejor abstenerse.

    A. L.

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