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Por estos días se está cumpliendo casi dos meses de la emergencia agropecuaria —de 90 días— decretada por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, para habilitar medidas de asistencia al agro ante el déficit hídrico con que empezó el año. Los fenómenos climáticos de este tipo son cada vez más frecuentes. Pero sus efectos son heterogéneos.
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En una economía pequeña y abierta como la uruguaya, donde la producción agrícola constituye una parte considerable de las exportaciones, las dinámicas sectoriales cuando ocurren episodios de ese tipo resultan “cruciales para mantener la estabilidad macroeconómica. Las fluctuaciones en la producción sectorial se traducen directamente en cambios en la balanza comercial y el tipo de cambio real”, exponen como fundamentación inicial los autores de un documento de trabajo con estimaciones al respecto publicado recientemente por el Banco Central (BCU).
En concreto, si bien un desplome de las exportaciones agrícolas puede provocar un shock externo inmediato, la disminución más persistente de las exportaciones de ganado y productos lácteos —que refleja la destrucción de capital productivo— “puede generar períodos prolongados de presión cambiaria y una reducción del ingreso nacional”, señala.
Por lo tanto, considerar al agro como un sector de actividad homogéneo “puede llevar a subestimar los riesgos a largo plazo para la balanza externa y el momento de la recuperación económica”, advierten los autores, Juan Pablo Medina, de la Universidad Adolfo Ibáñez, y Esteban Tisnés, funcionario del BCU e investigador de la Universidad ORT.
Impactos diferentes
Sus hallazgos empíricos resaltan un marcado contraste entre la dinámica agregada y la sectorial. Si bien las variables como el Producto Interno Bruto, el consumo y la inversión no muestran una respuesta estadísticamente significativa a las condiciones promedio de sequía, el impacto en los subsectores agrícolas es “profundo”.
La producción de cultivos registra una caída inmediata y pronunciada de aproximadamente un 4%, pero se recupera en un año. En cambio, los sectores ganadero y lácteo enfrentan caídas iniciales más moderadas (de 1,5%), pero sufren pérdidas persistentes que se acumulan durante dos años.
Según los investigadores, la evidencia sugiere que el impacto de una sequía se extiende mucho más allá de las actividades agrícolas primarias y se propaga a través de la cadena productiva nacional. Así, la contracción en el rubro ganadero y agrícola se refleja en los sectores que los tienen como proveedores de insumos primarios, como los frigoríficos. Esta actividad industrial sigue la trayectoria del sector ganadero, con pérdidas que se acumulan hasta el segundo año posterior al evento climático. “Esto confirma que la sequía desencadena una disrupción sistémica en la cadena de valor del procesamiento industrial, donde la destrucción del capital biológico (...) conlleva una reducción prolongada de la producción” fabril.
Más allá de los volúmenes de producción, las asimetrías sectoriales ante un shock climático se reflejan fundamentalmente en el perfil comercial y la dinámica de precios de Uruguay. Ante un fenómeno climático adverso, las exportaciones totales registran una contracción “significativa” durante el segundo año, explicada por las diferentes cronologías de los productos agrícolas, según el estudio. Si bien las exportaciones de soja se desploman un 50% durante el primer año, la caída de las ventas de carne y lácteos es más persistente, coincidiendo con el descenso plurianual de la producción ganadera.
Los investigadores subrayan que estos hallazgos, junto con el aumento observado en los precios de la carne y los derivados lácteos durante el segundo año, respaldan la tesis principal de su trabajo: “que las sequías en Uruguay se caracterizan por dinámicas sectoriales heterogéneas que enmascaran diferentes riesgos para la estabilidad macroeconómica”.
Resumen, para terminar, que “para una economía pequeña y abierta, la crisis agrícola supone un desafío inmediato para el equilibrio externo, mientras que la crisis ganadera representa una erosión más duradera de la capacidad exportadora”. Tal constatación sugiere que las políticas de apoyo sectoriales —como las dirigidas a la recomposición del stock ganadero— “podrían ser más eficaces que los estímulos agregados generales para mitigar los costos a largo plazo de los impactos climáticos”.