Para Rodrik, los empleos del futuro estarán sobre todo en los servicios. El desafío es transformar sectores intensivos en trabajo —como cuidados, comercio, salud, logística, alimentación u hospitalidad— en espacios de mayor productividad y mejores trayectorias laborales. En ese marco, la inteligencia artificial aparece como una herramienta posible, aunque no automática: a diferencia de la automatización tradicional, puede, según planteó, “conferir habilidades” a trabajadores menos calificados y permitirles asumir tareas que antes requerían mayor formación.
Esa posibilidad conecta con su idea de “buen empleo”. No solo proteger ingresos, sino ampliar capacidades, reconocimiento y participación productiva. Por eso, la postura de Rodrik apunta a intervenir en la “celda del medio”: la etapa de producción donde las políticas de crecimiento y de protección social pueden converger en la productividad de la clase media.
Este enfoque sobre una “prematura desindustrialización” y el ascenso del sector de los servicios viene siendo planteado por Rodrik en artículos académicos y libros desde hace algunos años. A fines del 2023, lo expuso en una charla virtual que organizó el centro de análisis Ágora, fundado entre otros por el ahora ministro de Economía, Gabriel Oddone.
Transformar también es disputar
La transformación productiva suele presentarse como una agenda técnica que involucra mejorar instrumentos, coordinar agencias, impulsar innovación. Pero varios panelistas en el evento —coorganizado por el Centro de Investigaciones Económicas, la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, y el Programa de Historia Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales— insistieron en que ese enfoque deja afuera una dimensión central: transformar también es disputar.
Carlos Bianchi, decano interino de Ciencias Económicas, planteó que los procesos de transformación estructural y diversificación productiva son de “destrucción creativa”, “extremadamente fuertes” y “extremadamente traumáticos”, y que implican sectores ganadores y perdedores.
Por eso, sostuvo, las políticas de desarrollo productivo necesitan coaliciones de apoyo que asuman el carácter conflictivo del cambio, por ejemplo, respecto a qué sectores se priorizan, qué capacidades se financian o qué actores cargan con los costos de la transición.
João Carlos Ferraz, profesor del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro y exvicepresidente del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, llevó esa idea al terreno de los intereses. Citando al economista Fabio Erber, recordó una frase provocadora: “El ser humano piensa con el culo”, porque razona distinto según “la silla en la que esté sentado”.
Andrés López, doctor en Economía especializado en desarrollo económico, innovación y cambio tecnológico, agregó una distinción práctica: diferenció la vieja “gran política industrial” —subsidios masivos, proteccionismo y créditos baratos— de una política de desarrollo productivo de menor escala basada en promoción, asistencia técnica, innovación o apoyo exportador. Pero advirtió que los instrumentos no son neutros: las exenciones impositivas pueden generar “clientelas” difíciles de desmontar, mientras que los apoyos puntuales tienen menos riesgos, aunque también menos defensores políticos.
Jorge Katz, economista especializado en innovación, desarrollo productivo y cambio tecnológico de la Universidad de Chile, agregó otra capa. Uruguay, como buena parte de América Latina, no puede pensarse como una economía homogénea. Conviven varios países productivos: uno moderno, integrado a redes globales; otro de empresas rezagadas, con baja adopción tecnológica; y otro excluido de los circuitos de innovación, capacitación y productividad, donde las señales de mercado casi no alcanzan para modificar trayectorias de informalidad y baja productividad.
Esa heterogeneidad vuelve más difícil aplicar la agenda de Rodrik. Las “islas de modernidad” pueden operar con alta eficiencia y sofisticación tecnológica, pero no necesariamente arrastran al resto. Por eso, según Katz, la intervención pública aparece como condición para que la transformación no quede restringida a los sectores que ya son modernos.
La coordinación como cuello de botella
Si la transformación productiva exige coaliciones, capacidades y políticas sostenidas, uno de los mayores obstáculos aparece dentro del propio Estado. Pablo García, economista especializado en desarrollo económico, y Álvaro Ons, profesor adjunto de Economía Internacional en la FCEA y exsecretario de Transformación Productiva y Competitividad, señalaron que coordinar entre organismos públicos puede ser, en muchos casos, más difícil que hacerlo con el sector privado. La coordinación “público-pública” deja así de ser una expresión burocrática para convertirse en uno de los principales cuellos de botella del desarrollo uruguayo, señalaron.
Según su perspectiva, el problema es que agencias, programas e instrumentos muchas veces operan de forma fragmentada, con objetivos parciales y sin una visión común.
Arboleya lo aterrizó con una reflexión crítica sobre la cultura de los trámites en Uruguay. Mencionó las gestiones que debió hacer su marido —un extranjero— para inscribirse en un campeonato de fútbol universitario y su propia experiencia al intentar registrarse para emitir una factura: “Yo estoy queriendo pagar impuestos acá”, ironizó. El ejemplo apuntó a algo más profundo que una molestia administrativa: esas fricciones también traban la transformación productiva.
La titular del Latu también corrió el foco hacia el sector privado y la cuestión de la baja innovación en Uruguay. Según dijo, dos empresas concentran casi la mitad de la inversión en investigación y desarrollo, mientras una proporción relevante de firmas declara que innovar ni siquiera es importante para su negocio. En otras palabras: no alcanza con reclamar mejores políticas públicas si del otro lado no existe una demanda empresarial suficientemente fuerte por tecnología, innovación y cambio productivo.
Misiones, ambiente y límites
Frente a la dispersión institucional, una de las propuestas más relevantes del seminario fue trabajar por “misiones”. Luis Bértola, doctor en Historia Económica, planteó que Uruguay debería identificar grandes objetivos capaces de articular actores, capacidades y políticas de largo plazo, en lugar de acumular instrumentos dispersos.
Mencionó como ejemplos la transformación energética y Ceibal, dos experiencias que combinaron dirección estratégica, actores diversos y continuidad más allá de coyunturas políticas. Entre las posibles misiones, propuso una conectada con capacidades uruguayas: “Una sola salud”, una agenda que podría articular producción animal, consumo humano, sistema de salud, trazabilidad, investigación, tecnología y servicios en torno a estándares de alta calidad.
Pero incluso una política productiva más coordinada no puede pensarse como si la economía siguiera operando en un “mundo vacío”. Lucía Pittaluga, académica de la FCEA especializada en innovación, ambiente y desarrollo, introdujo la dimensión ambiental como límite: la economía, planteó, opera en un “mundo lleno”, como subsistema de la biósfera. Eso implica que incluso las transiciones consideradas verdes pueden causar conflictos por el uso del territorio, del agua o de los recursos naturales, como mostró el caso de Tambores con proyectos vinculados al hidrógeno verde.
La discusión dejó planteado que Uruguay acumuló condiciones valiosas para transformar su estructura productiva, pero que el salto depende de construir mercados, coordinar agencias, movilizar al sector privado, asumir conflictos, evitar enclaves, orientar la tecnología hacia mejores empleos y reconocer los límites ambientales.