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    Se construirá un nuevo orden económico según las necesidades del momento

    Los acuerdos comerciales tradicionales no resolverán las preocupaciones geopolíticas

    Redactor comercial sénior

    Es un discurso que aún resuena. Hace seis meses, el primer ministro canadiense, Mark Carney, esbozó una visión de un orden mundial con coaliciones de potencias medias que ya no dependieran del apoyo de Estados Unidos (EE.UU.). Desde entonces, todos los gobiernos —incluyendo el propio de Canadá— han estado intentando entender qué significa eso en realidad.

    Incluso antes de que Donald Trump avivara las tensiones geopolíticas, los gobiernos solían exagerar la importancia estratégica de medidas rutinarias de política comercial, y ahora lo están haciendo con más fuerza que nunca. Cuando la Unión Europea (UE) e India acordaron un tratado comercial bastante superficial en enero, se suponía que reflejaba la unión de dos grandes potencias estratégicas unidas por un propósito geoeconómico común, y así sucesivamente.

    Ahora bien, da la casualidad de que también se firmaron algunos acuerdos de seguridad entre la UE e India. Pero los tratados comerciales no son ni necesarios ni suficientes para eso. El famoso pacto de submarinos y tecnología entre Australia, el Reino Unido y EE.UU. (AUKUS, por sus siglas en inglés), anunciado en 2021 con gran fanfarria, no tuvo nada que ver con el comercio como tal.

    El instinto de los burócratas y los abogados especializados en derecho internacional público, que se sienten atraídos por los sistemas normativos generales como los ñus hacia un abrevadero, es tratar de adaptar acuerdos multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (OMC) o sustituirlos por otros. Ésta es una respuesta inadecuada por dos razones.

    La más obvia es la falta de consenso para lograr acuerdos sustanciales a través de instituciones multilaterales. Algunos gobiernos se esfuerzan por establecer un acuerdo plurilateral sobre comercio digital y de datos bajo los auspicios de la OMC, por ejemplo, desafiando a India, que siempre bloquea este tipo de iniciativas. Pero incluso si lo logran, en realidad no contiene compromisos lo suficientemente sólidos como para controlar u orientar la creciente maraña de regulaciones de Internet.

    La razón más sutil es que en un acuerdo comercial preferencial tradicional no se abordan en gran medida las cuestiones más destacadas de las redes de valor geopolitizadas. Los acuerdos preferenciales son instrumentos para tiempos de paz comercial basados en aranceles, regulaciones, propiedad intelectual y temas similares. No funcionan bien en una guerra comercial y no han impedido que China utilice una amplia gama de herramientas para establecer un dominio estratégico.

    Para ser claros, es probable que la gran mayoría del comercio real de bienes continúe sin cambios, y los acuerdos comerciales que se aprueben lo facilitarán marginalmente. Pero no abordarán los cuellos de botella ni las vulnerabilidades.

    La UE, por ejemplo, lleva mucho tiempo intentando negociar algún tipo de mecanismo de vinculación con el grupo de países del Acuerdo Amplio y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés). Hasta ahora, básicamente sólo ha logrado una declaración diluida en la reunión de ministros de la OMC celebrada en marzo. Pero la mayor ambición que sea siquiera vagamente realista es cierta armonización de las reglas de origen para permitir que se construyan más fácilmente cadenas de suministro entre Asia y Europa que eviten pasar por China. Incluso si lo lograran, ¿qué importaría? La probabilidad de que esto socave considerablemente las redes de producción de bajo costo dominadas por China es muy pequeña. Y no servirá de nada para amenazar la influencia que le da a China el control de ciertos minerales críticos, en particular las tierras raras, y su dominio de tecnologías de importancia estratégica.

    Para que las potencias medias o cualquier otro actor puedan desafiar estas fuentes de influencia, se necesitarán acuerdos a la medida, más limitados, pero mucho más profundos, en materia de producción, distribución e intercambio. Ésta es la brecha que se supone que deben llenar las alianzas de potencias medias de Carney. Pero, en realidad, muchas potencias medias —Pakistán, Indonesia, Malasia, probablemente Brasil y muchas más— están demasiado cerca de la órbita económica china o desconfían demasiado de los gobiernos de las economías avanzadas como para formar alianzas de las que Beijing no pueda sacarlas mediante amenazas o incentivos.

    Banderas de la UE ondean delante de la sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica, el 2 de diciembre de 2025.

    Banderas de la UE ondean delante de la sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica, el 2 de diciembre de 2025.

    A principios de esta semana mencioné la Iniciativa de Alianzas para Tecnologías Limpias (CTPI, por sus siglas en inglés) y su plan para que la UE aumente la producción de tecnología verde de importancia estratégica mediante acuerdos con otros países. Cabe destacar que propone una gama de herramientas público-privadas que van mucho más allá de un acuerdo comercial tradicional, incluyendo acuerdos de adquisición, participaciones accionarias y empresas conjuntas. También llama la atención que la mayoría de los socios propuestos —Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia— sean democracias ricas con ideologías afines que ya están ampliamente alineadas estratégicamente con Europa.

    Los escépticos del ideal multilateral dirían que esto representa una ruptura con el orden anterior menor de lo que parece. El predecesor de la OMC era, en gran medida, un club de economías avanzadas con ideas afines, unidas por la política de la Guerra Fría. Tan pronto como se creó la OMC en 1995 y comenzó a tomar en serio las preocupaciones de los países en desarrollo, el sistema de negociaciones se estancó.

    Hablar de un nuevo orden es, en sí mismo, algo engañoso. En áreas geopolíticamente sensibles no habrá una gobernanza global ni un marco legal, sólo coaliciones o acuerdos bilaterales de conveniencia con un sesgo hacia países políticamente afines. Quizás esto no suene muy inspirador. Sin embargo, es mucho más realista que imaginar que llevar el cuchillo de un acuerdo comercial tradicional a un tiroteo de productos críticos terminará en algo que no sea una derrota.

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