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Cuando en mis columnas me refiero al Gran Hermano, lo hago en alusión a la novela distópica 1984, de George Orwell, y no a la anestesia de dudoso gusto que, bajo la forma de un exitoso programa de televisión, adormece mentalmente a buena parte de la teleaudiencia de nuestro país y de muchas otras áreas culturalmente desposeídas del mundo.
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El Big Brother orwelliano era un personaje omnipresente que controlaba la vida, la obra y el pensamiento de la población, que estaba inexorablemente sometida a su control.
De alguna manera, el Estado es un Gran Hermano, que nos vigila, nos controla, nos persigue, nos vigila, nos espía y, cuando puede (que no siempre es cuando debe), nos sanciona.
Es omnipresente, y su delirante función inspectiva nos vigila cada paso cotidiano en áreas tan diversas como la salud, los impuestos, la velocidad en el tránsito, la salud dental y la educación.
En cada una de esas tareas se disfraza de médico, de inspector fiscal, de inspector de tránsito, de dentista o de maestro.
Cuando es maestro, puede serlo así, con minúscula, muchas veces en función femenina, como la dulce maestra que nos enseña las tablas de multiplicar y nos vigila en los recreos para que no les tiremos de las trenzas a las nenas o no le peguemos un chicle masticado a la túnica de un varón.
Pero hay veces, como la que estamos viviendo en estos días, en los que el maestro se vuelve el Maestro, el Gran Maestro.
Resulta que hay por ahí dispersos, en este nuevo Uruguay de apertura a la inmigración, una decena de niños maronitas, cuyos padres, lejos de despreocuparse de ellos, les han puesto unas clases especiales por Zoom desde respetables colegios de otros países (y algunas hasta personales) con unos maestros y profesores que, sin violar ninguna de las reglas de la enseñanza, les enseñan a los niños todo lo que deben aprender a su edad, y hasta agregan algún cursillo adicional más que los que proporciona nuestra Suprema Enseñanza Curricular.
El Gran Maestro ha decidido que se trata de una banda de infractores que han sustraído a los desdichados párvulos de la égida de la Biblia vareliana del ojo-ala-pala, y, aunque tienen clases apropiadas para sus edades, disfrutan de sus recreos, hacen deporte y practican actividades culturales paralelas, de todas maneras merecen la represión obligatoria y el rigor del Estado tutor.
Los sacarán de sus pequeñas, apacibles y respetuosas comunidades y los mandarán, marcando el paso, a los batallones de la túnica blanca y la moña azul. De nada servirá que se le explique al Gran Maestro que los niños poseen un desarrollo educativo y cultural satisfactorio y que no son niños de probeta que viven adentro de un frasco esterilizado, sino que socializan con los otros niños del barrio, con los que se entreveran en algún picadito o en alguna competencia de rayuela.
Estamos en condiciones de informarles que dentro del Codicen se ha creado un Grupo Fiscalizatorio de la Ortodoxia Vareliana, que visitará de ahora en adelante todas las escuelas, con alumnos maronitas o sin ellos, porque este episodio de los rebeldes católicos libaneses ha sido una señal de alerta. El Gran Maestro ha escuchado la alarma del aflojamiento reglamentario, y conviene reforzar los controles para evitar que el tema se les vaya de las manos.
De ahora en adelante, a la entrada de la escuela, delegados del Grupo Fiscalizatorio revisarán si todos los niños vienen con medias del mismo color en cada pie. Si alguno, medio dormido al vestirse, se puso una media blanca y otra de un color diferente, deberá volver a su casa a ponerse un par de medias de idéntico color, preferentemente blancas, para que hagan juego con la túnica almidonada (extremo que se empezará a fiscalizar también, porque hay niños que vienen con unas túnicas medio arrugadas y hasta con alguna mancha de café con leche).
Se controlará también la hora de orinar. Los varones irán al baño de 10 a 10.30 y las niñas de 11 a 11.30. Cualquier niño que deseara ir al baño fuera de los nuevos horarios, deberá pasar previamente por la Dirección de la escuela, solicitando un permiso especial por escrito que emitirá la directora, el que le será entregado por el alumno al cuidador o cuidadora del baño antes de ingresar a los retretes. El permiso deberá ser sellado por los cuidadores y devuelto a la Dirección luego de que el niño haya logrado satisfacer sus necesidades. No se aprobarán más de tres permisos especiales por semana para hacer pipí o popó fuera del horario reglamentario.
El Grupo Fiscalizador revisará, asimismo, antes del comienzo de cada clase y con la colaboración de cada maestra, el estado de los bolígrafos que los alumnos traen en sus cartucheras. Estos deberán tener por lo menos la mitad del tanque de tinta lleno, lo cual evitará los molestos “prestame una Bic que me quedé sin tinta” que tanto interrumpen el desarrollo normal de la clase, prestándose, además, a filtraciones de datos que se producen de manera subrepticia en estas ocasiones, ya que el que le pasa el bolígrafo al compañero puede (y en múltiples ocasiones ocurre) preguntar en voz baja, “Vo, ¿cuál es la capital de Finlandia?”, usando de excusa la falta de tinta para resolver una pregunta del escrito en curso, en violación de la ética curricular.
En las filas de salida de los niños, se volverá a establecer el orden por altura para ir admitiendo la salida ordenada: los más bajitos primero y los más altos al final. Si alguno se agachara para tratar de ventajear a sus compañeros y salir antes, será objeto de suspensión de recreo por una semana.
Por favor, paremos con tanta arbitrariedad y que alguien le explique al Gran Maestro aquello de la “libertad responsable”.