Silvio Flores es maestro, psicólogo y coordinador nacional de Escuelas Disfrutables, el programa de Primaria que apoya a la comunidad de escuelas públicas cuando muere un estudiante. Tras un delito vinculado al crimen organizado, “primero que nada aparece el miedo”, dijo a Búsqueda. Aparece incluso en los equipos que llegan a las escuelas, integrados por psicólogos y trabajadores sociales. “No es que haya una hora estipulada” para las balaceras, advirtió. “Quizás uno tiene en el imaginario que eso se da de noche, y estamos viendo que no” es así.
Tanto en Montevideo como en Canelones hay tres jurisdicciones de Escuelas Disfrutables, y una en los demás departamentos. En todo el país, trabajan 205 técnicos en estos equipos. Para atender el oeste de Montevideo, por ejemplo, hay nueve psicólogos y nueve trabajadores sociales.
Ni en Primaria, ni en Secundaria ni en UTU existen protocolos específicos ante la muerte de un estudiante.
En Primaria sí hay cuatro “dispositivos” en el programa Escuelas Disfrutables, uno que aborda los duelos y que, por su alta demanda, debilita a otro.
Al primer dispositivo le llaman “anclaje” o “escuela sede”: un equipo trabaja en un proyecto una vez por semana en determinada escuela por dos años. El segundo aborda la comunidad junto con el maestro comunitario: visitan hogares donde ayudan a los referentes adultos a gestionar trámites ante el Banco de Previsión Social o de otro tipo, entre otras tareas. El tercero es el de emergencia. “Te avisan que hubo una balacera o una muerte trágica, una situación muy compleja, un abuso infantil. Ahí es inmediato, no importa la hora”, explica Flores, que asume que este dispositivo “hace descuidar” el primero. El cuarto refiere a lo interdisciplinario para gestionar recursos para la escuela o las infancias: coordina con el Ministerio de Salud Pública, el Sistema Integral de Protección a la Infancia y la Adolescencia, el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay y organizaciones no gubernamentales.
En este momento, el aumento inusual de casos de meningococo concentra la atención del dispositivo de emergencia. Este año se han registrado 23 casos de meningococo y siete fallecimientos, cuatro de ellos eran de menores de edad. La última falleció el miércoles 15. La niña de 11 años iba a la Escuela 102 del barrio Ituzaingó de Montevideo.
Esta semana se detectó un caso sospechoso de meningococo en una niña de siete años. Asiste a la Escuela 60 del barrio Malvín y está internada en CTI. Hasta allí también llegaron técnicos de Escuelas Disfrutables.
Habilitar la palabra
Aunque no está protocolizado, cuando fallece un estudiante, la dirección, en coordinación con Escuelas Disfrutables, convoca a la comunidad a la escuela. Psicólogos y asistentes sociales se ponen a las órdenes y “habilitan la palabra” bajo la premisa de que “cada duelo es diferente” y de que “poner en palabras la pérdida” es una forma de evitar la negación.
En setiembre del año pasado un padre sumergió el auto en el que viajaba junto con sus hijos de dos y seis años en un arroyo, en Río Negro. La dirección de la escuela de Soriano a la que concurría el mayor, Francisco, convocó a la comunidad educativa. En esa asamblea se encontraron la madre de los niños y el abuelo paterno. Flores recuerda que el encuentro fue conmovedor. Luego, el equipo de Escuelas Disfrutables, junto con la maestra, “habilitó la palabra” en el aula a través de talleres. “El juego y la pintura son mediadores para poner en palabra eso que a veces los chiquilines no tienen construido, pero no quiere decir que no lo estén sufriendo”, acotó el maestro y psicólogo.
Adultos en escuela de Montevideo
Javier Calvelo / AdhocFotos
El abordaje no es clínico, sino psicosocial. Busca hablar de la muerte: decir y escuchar que hay un compañero que no está más. “A veces nuestro principal trabajo es acompañar a la maestra y a la dirección en que la muerte no es un tema tabú, que tenemos que hablarlo, que los adultos no podemos fantasear, que no podemos mentir”. El coordinador nacional del programa lo define como “un primer auxilio psicológico” ante situaciones traumáticas.
Los talleres son seguidos de un monitoreo de la situación. Si algún niño lo requiere, se sugiere a sus padres o tutores la atención en un prestador de salud.
La escuela pública respeta las creencias, pero Flores plantea que “no es conveniente decir cosas como ‘ese niño se fue al cielo’, porque pueden generar en el ideario de los chiquilines una fantasía que a veces es compleja”. Se pretende evitar la asociación de la muerte con un estado mejor. La muerte se presenta como parte del ciclo vital. A veces el trabajo también puede darse desde el silencio y el acompañamiento.
La directora del programa de Educación Media de la Dirección General de Educación Técnico-Profesional, Karina González Rostani, puso el énfasis en lo mismo en diálogo con Búsqueda. En las UTU en estos casos también se habilita la palabra y se acompaña el silencio.
Las instituciones de educación media mantienen sus puertas abiertas para contener, pero las escuelas cierran el día del sepelio para acompañar a la familia y en señal de luto.
Los maestros, al ser adultos, viven de una forma “más compleja” el duelo, dice Flores. Así lo ha sentido ante la muerte de sus estudiantes. La angustia se impone entre los mayores. “El niño por supuesto que se angustia, pero tiene todavía una vitalidad y quizás un mecanismo que le permite afrontar estas situaciones de otra forma”. El adulto requiere, por lo general, mayor respaldo del equipo multidisciplinar, los compañeros y la dirección de escuela.
Maestras y maestros suelen asumir que no pueden llorar ante el grupo, que deben ser fuertes. Pero se quiebran. “Quebrarse, mostrar sensibilidad frente a una situación difícil, es una forma de aprender, y ahí aparece nuestro principal aporte”, dice. En esos momentos de quiebre, la sugerencia es verbalizar el sentimiento y buscar respaldo en otros compañeros para que se encarguen de los estudiantes.
La negación de la muerte, hacer de cuenta que no pasó nada, es una respuesta habitual de familiares y docentes. No se trata de frialdad, sino de una forma de atravesar lo inconmensurable, lo que desborda. El propósito de las autoridades es que deje de ser tabú.
Sacar o dejar la silla del aula tras una muerte es una decisión del docente. Las huellas del estudiante, igualmente, suelen estar. En una cartelera, en la lista, en los recuerdos.
Violencia
El coordinador de Escuelas Disfrutables nota que desde hace pocos años el narcotráfico se expandió a todo el país. Trabajan con niños que “de alguna forma u otra” tienen contacto con el narcotráfico. “Nosotros tenemos que manejarnos con cautela. El narcotráfico es uno de los grandes temas que nos interpela”, afirma.
El equipo suele buscar orientación y acompañamiento en el Ministerio del Interior. Ni psicólogos ni trabajadores sociales hablan de narcotráfico con los escolares. “Es un enorme tabú para todos, y ahí estamos muy cortos de recursos”, reconoció Flores. Sí buscan registrar y visualizar la violencia, sin ir a la causa. La pregunta sobre sus sentimientos suele ser el disparador.
El narcotráfico y la violencia demandan “cada vez más” a los técnicos. En estos casos, acotó, el marco normativo para actuar es el Mapa de Ruta ante Situaciones de Violencia a Niños, Niñas y Adolescentes en Educación Inicial y Primaria, aprobado en 2024.
En 2025 hubo 17 niños, niñas y adolescentes asesinados y 66 baleados, según datos recogidos de la prensa por la Plataforma Infancias y Adolescencias. Este año se han registrado 26 baleados y 13 asesinados.
La escasez de equipos multidisciplinarios para atender estos y otros emergentes es uno de los temas abordados en el Cuarto Congreso Nacional de Educación. Además de la falta de trabajadores sociales, la Comisión Organizadora Departamental de Educación de Lavalleja planteó —el viernes 17 durante un encuentro regional realizado en el Centro Regional de Profesores del Este— que en algunos departamentos existen apenas dos psicólogos para atender a todas las instituciones.
Juan Pedro Mir, exdirector nacional de Educación, maestro de una escuela de Punta de Rieles y profesor en institutos de formación docente, cree que debe repensarse la escuela tradicional de un maestro solo con 25 escolares y sin los apoyos necesarios, dadas las dificultades de convivencia que se atraviesan. Plantea que en las escuelas de contexto vulnerable debería haber un psicólogo y un asistente social, y en general debería analizarse la posibilidad de otro maestro cada dos clases.
“Los maestros estamos muy solos”, insiste en diálogo con Búsqueda. La policlínica y la Justicia quedan simbólicamente “muy lejos” de la escuela, agrega, y denuncia que “los sistemas de contención”, como el Ministerio de Desarrollo Social, los servicios de salud y la escuela, “están llegando tarde”. Esta situación “no se arregla” solo “con más horas de clase”, advierte en un momento en que el gobierno apunta a la extensión del tiempo pedagógico.
La violencia social está tan presente en el centro educativo que “los chiquilines no se sienten seguros para ir al baño” porque “otro estudiante te mete el peso o se dan situaciones de violencia física”, cuenta. El Instituto Nacional de Evaluación Educativa reveló que en 2022 uno de cada cuatro estudiantes de educación media se sintió “poco” o “nada” seguro dentro del baño de la institución educativa. Cuatro años antes, así se sentía uno de cada cinco estudiantes.
Formación
El exdirector nacional de Educación reconoce que el duelo tomó un mayor peso en la agenda en Uruguay, al igual que los cuidados paliativos, particularmente en Primaria.
El año pasado publicó su tesis de maestría: La escuela ante la muerte, el duelo y los cuidados paliativos. Experiencias docentes y claves para una pedagogía de la presencia. Entre agosto y setiembre dará un curso de formación permanente, junto con la magíster Sandra García Dávila, titulado Conceptos Teóricos y Aportes Prácticos para Acompañar la Muerte, el Duelo y Cuidados Paliativos Pediátricos en Centros Educativos. Es el primero sobre el tema que organiza ANEP y está destinado a inspectores, directores, docentes y actores educativos institucionales. Las inscripciones cierran el 2 de agosto y hay cupo para 50 participantes. En verano ya impartieron cursos para estudiantes sobre esta temática en el Instituto de Profesores Artigas.
Mir forma parte, además, de un grupo de cuidados paliativos creado el año pasado por Primaria que integran pediatras, la subdirectora de Primaria, Selva Pérez, y Flores. Junto con ellos, dará un seminario sobre la temática el 14 de setiembre en el Centro de Formación Permanente de Primaria.
El proyecto de cuidados paliativos prepara el antes, el durante y el después de la enfermedad, que a veces deriva en una muerte a corto plazo. Realizan talleres y ofrecen a niños y adultos una biblioteca con libros que abordan el duelo. En Uruguay hay 6.000 niños en cuidados paliativos. “El desafío es cómo acompañar a chiquilines, para quienes sostener el vínculo educativo es fundamental —dijo Mir—, y cómo generar los cambios en las escuelas, liceos y escuelas técnicas para que continúen acompañando a sus niños y adolescentes que están pasando una situación puntual”.
El camino propuesto por el docente es profundizar en el modelo de una educación inclusiva, que flexibilice las formas de presencia de los chiquilines y que cuente con actores que cumplan el rol de “facilitadores” para acompañar, junto con la maestra, los procesos de enfermedades prolongadas. Los recursos tecnológicos permiten sostener el vínculo, aun cuando no puede asistir.
En la escuela se potencia la posibilidad de que el niño comprenda los procesos de muerte y duelo, tanto de grandes muertes como de situaciones cotidianas, de “los pequeños duelos que vive cada infancia”, dice Mir, como la mudanza, la llegada de un hermanito, la pérdida de una mascota.
Plantea que el duelo y la muerte deben formar parte de la currícula de las escuelas, así como ingresó la sexualidad. Propone un abordaje que no sea meramente biologicista, sino desde el arte y los derechos. Hablar del asunto resulta a veces inevitable. “Tengo varios niños (en clase) que tienen hermanos y familiares fallecidos, muchos por accidentes de tránsito, muchos por violencia social”, dice el maestro.
La escuela debe ser, a su entender, un lugar acogedor y sensible para escuchar, pero además debe ofrecer ciertos niveles de explicaciones. Y debe dejar “un marco” para que el niño pueda construir sus propias explicaciones de acuerdo con las creencias de su familia. Lo que no puede hacer la escuela, acota, es “promover” esas creencias —como que el abuelo está en el cielo o en otro plano— ni callarlas o censurarlas. “La escuela no puede inhabilitar las representaciones espirituales”, sintetiza.
La literatura al respecto sugiere que son positivos ciertos rituales laicos, como elaborar álbumes de recuerdos. También recomienda que la familia del niño pueda acompañar este u otros procesos. Mir remarca que la familia debe permanecer en el grupo de WhatsApp de la clase mientras quiera y en la fiesta de fin de año se recuerda al estudiante.
Hay docentes que pueden sostener el duelo, pero hay otros que no lo logran. Para sostener a quien sostiene, destaca la importancia de que otro maestro vinculado al grupo pueda acompañarlo.
Mir reclama además coherencia. Recuerda que en setiembre del año pasado, cuando dos adultos y cinco niños murieron en un incendio en Villa Española, la escuela vinculada a la familia cerró, pero el liceo no lo hizo.
Salón de escuela de Montevideo
Javier Calvelo / AdhocFotos
Las referentes en el tema de UTU y Secundaria explicaron a Búsqueda por qué los centros de educación media suelen abrir. “Los estudiantes a veces necesitan hablar, estar con alguien y cerrar el centro puede leerse como una señal de respeto”, pero también puede negar “la posibilidad de que algún gurí se desahogue, comparta o consulte lo que necesite saber”, dijo González Rostani. Agregó que en UTU “se da la libertad de que en las clases no se siga con el programa, sino que se destine tiempo a hablar” del estudiante que ya no está. Y el control de asistencia se flexibiliza.
En alusión a los liceos, la coordinadora del proyecto de Promoción de Derechos Humanos de Secundaria, Jimena Valdés, acotó que “la idea es que nunca se cierre el lugar de contención”. Evitan así dejar “al desamparo” a los estudiantes.