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    La Ley Campoamor

    Vivimos unos momentos de intensa legalidad, o al menos de insistencia en el uso y la vigencia de la legalidad.

    Y si no, pregúntenle a la fiscal Stella Alciaturi, que lo mandó en cana al canario Besozzi, lo hizo ir a buscar por un batallón de policías en un patrullero con rejas en las ventanillas y le hizo poner una tobillera porque, buscando en los cajones de su escritorio, no encontró unos grilletes que le había regalado su tío Braulio, cuando ella jugaba a ladrón y poli con los niños del barrio (y las niñas, que si no lo pongo así, me denuncian a mí también en Fiscalía).

    El gaucho no solo no cometió ningún delito, sino que, conociéndolo como lo conocen los miles que fueron en caravana bajo la lluvia a solidarizarse con él, es más bueno que Lassie, y experto en hacer gauchadas, como todos (tendría que poner “tooodos”) los intendentes del interior del país, sean del pelo que sean.

    Se le voló el techo del rancho a una familia con gurises chicos en el temporal de ayer y le piden al intendente unas chapas para que no se mojen mientras llueve, y ¿qué quieren? ¿Que llame a licitación para la adquisición de chapas acanaladas, previo informe del Tribunal de Cuentas, y la adjudicación se haga ante escribano público? ¡Andáá! Así no se procede en las urgencias.

    Mi invocación a la Ley Campoamor tengo que explicarla, porque esta nota ahora va a agarrar en otra dirección.

    Se le llama Ley Campoamor a un extracto de una poesía del célebre asturiano don Ramón de Campoamor, quien en uno de sus más famosos poemas (titulado “Las dos linternas”) dice en una de las estrofas más conocidas: “Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

    Esta expresión se ha vuelto famosa, porque es un monumento al relativismo, al subjetivismo y a la arbitrariedad con las que el ser humano juzga las cosas y las situaciones que lo afectan o lo rodean.

    Por un lado, tenemos al canario Besozzi en prisión domiciliaria, bañándose todos los días con una bolsa de nailon en la pata, para que no se le moje la tobillera y le haga un cortocircuito, y, por el otro, tenemos al más reciente mártir de la persecución injusta, acusado sin motivos de una escandalosa actuación fuera de todos los parámetros de la lógica, la ética y la sana administración, el benemérito Dr. Charles Carrera.

    Lo denunciaron por haber albergado, contra toda la normativa vigente, a una víctima de un balazo policial perdido, la cual vivió en el Hospital Policial tres años sin ser policía, subsidiado con fondos pertenecientes a la Policía, los que cobraba su hermano en tickets de alimentación (al que echó de mala manera del hospital cuando vio que se le venía la noche de la denuncia). Aprovechó, además, los servicios del Hospital Policial (que, como es lógico pensar, es solamente para policías) no solo para atender a la víctima del balazo (a la que le inventó un grado policial trucho), sino también (ya que estamos) a su exesposa, a la viuda del Bicho Bonomi y andá a saber a cuántos vivillos más, que se subían al carro del entonces director general de Secretaría del Ministerio del Interior.

    Renunció a su banca de senador mientras se desarrollaba el expediente, en el que acaba de obtener la expiación completa de sus pecados (según la Real Academia, expiar es ‘borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio’), tal cual lo han confirmado no solo los argumentos de sus abogados, sino también los más destacados juristas y penalistas de cualquier orientación o filiación. Si la argumentación de su inocencia proviniera de sus abogados, uno diría “se acomodaron con los correligionarios, los jueces, y le armaron un pastel de inocencia a la medida”, pero no, ahora hemos leído que hombres del derecho de la talla del Dr. Delpiazzo o del Dr. Barrera (cuyas afinidades políticas nada tienen que ver con las del Dr. Carrera) dicen que está muy bien que lo hayan liberado de toda culpa y sospecha, que las leyes vigentes así lo aseguran y lo dicen.

    Para el uruguayo de a pie, que lo ve de afuera del corsé legalista, es difícil de entender.

    ¿Así que se puede hacer todo lo que hizo Carrera sin que le caiga ninguna sanción o pena? ¿Puede volver a llevar al muchacho en la silla de ruedas al Hospital Policial (con la anuencia del ministro Negro, que es su amigo) y alojarlo otros tres años en una pieza con dos camas, para que también pueda volver a acompañarlo el hermano, que reanudará la recaudación mensual de los vales de alimentación a cargo de usted, de su familia, de todos nosotros, los nabos de siempre (con el permiso de Tomás Linn), a meterle la mano en la bolsa de los fondos que son solamente para la Policía, porque les descuentan parte de sus sueldos a los uniformados para los beneficios que son solo para ellos, porque un comisario mamado disparó varios balazos en una festichola en Rocha y uno le atravesó la columna al pobre vecino de enfrente y había que tapar el entuerto a como diera lugar?

    Bueno, parece que es así, nomás.

    Pronto leeremos en la prensa los avisos que informarán sobre el homenaje de desagravio que le brindarán al don Charles sus correligionarios y amigos, en una confitería del Centro, oportunidad en la que se le entregará un diploma y una medalla al estoicismo administrativo, así como un cheque por la retroactividad que dejó de cobrar como senador, cuando renunció para que lo juzgaran por lo que él (y los jueces, y los abogados que lo defendieron, y hasta los que no lo defendieron) nunca creyó que estaba mal, ni que violaba ley alguna.

    Pronto también se recaudarán fondos para erigir un busto del injustamente acusado en el hall de entrada del Hospital Policial, a cuya inauguración asistirán las más altas autoridades nacionales. En esa oportunidad, el presidente Orsi pronunciará un discurso, cuyo tema central será “la importancia de ver que, cuando hay una situación confusa, en fin, siempre hay que evaluar, ¿no?, y ver si se profundiza o si se procede a analizar cuidadosamente el fondo del asunto, sin descuidar los detalles, que siempre o casi siempre son importantes”.

    Cuánta razón posee la única ley que nos pasa en este momento por la cabeza, que es la Ley Campoamor…

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