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    Mi patria querida

    Las elecciones venezolanas captaron el interés de mucha gente. No podemos decir que de demasiada gente, porque a cualquier millennial al que se le hubiera preguntado en la noche del domingo pasado qué opinaba del tema sin duda habría respondido: “¿Dónde me dijiste que hay elecciones?”, y a la aclaración del preguntante la respuesta habría sido, muy probablemente: “¡Ni idea, papá, qué sé yo de qué me estás hablando!”.

    Pero para los más veteranos, en realidad para la opinión pública en general, la dilucidación del enfrentamiento electoral entre Maduro y su aglomeración oficialista versus la oposición de María Corina Machado y su veterano candidato ad hoc, don Edmundo González Urrutia, era un tema de atracción y de incertidumbre.

    Tal como venía la cosa desde días anteriores, la mayoría opositora casi que triplicaba al chavismo en las encuestas que todavía funcionaban en Venezuela, generando sin duda algún erizamiento de piel a Maduro y sus boys.

    Fortunato venía siguiendo el tema desde el cierre de las mesas de votación y el zapping que hizo entre los canales locales, los argentinos, los extranjeros no argentinos y cuanta información anduviera girando por las pantallas; allí estaban él y su copita de vino, esperando ver cómo se derrumbaba el grotesco modelo chavista ante la inexorable voluntad del pueblo.

    Los datos no podían ser más alentadores cuando se mencionaban porcentajes más que favorables para la oposición. Pero el tiempo iba pasando y a Fortunato cada vez le venía más sueño de ver siempre lo mismo, con pocas expectativas de cambio.

    Cuando ya se estaba quedando dormido y eran como las dos de la mañana, el clima se llenó de expectativa. Alguien dijo desde un comando electoral que estaban ya los resultados de la elección y que el vocero de la entidad pasaría a darle lectura.

    Ahí a Fortunato se le cerraban definitivamente los ojos, pero creyó alcanzar a ver y oír que —como era previsible— la oposición había ganado las elecciones por amplio margen y que Maduro había aceptado la derrota, disponiéndose a recibir en el palacio de gobierno a María Corina Machado y a González Urrutia para empezar a hablar de la transición, que sin duda no sería fácil, pero ¡al fin! caería la mafia chavista y vencería el pueblo libre.

    Fortunato se restregaba los ojos porque sentía que estaba dormido, aunque no quería perderse aquel espectáculo. Pero nada, ya empezaba hasta a roncar suavemente.

    Para eso la imagen muestra a Maduro parado en lo alto de la escalera del palacio y a María Corina y al nuevo presidente subiendo triunfalmente los escalones rumbo a sus nuevas oficinas.

    Maduro abrazó a María Corina Machado, luego a González Urrutia y les pasó el brazo por detrás de la espalda a ambos, invitándolos a entrar a un gran salón.

    “Imaginarán ustedes que esto no será sencillo pero, si el pueblo así lo ha querido, debemos respetarlo”, dijo Maduro mientras les servía una copa de ron a sus visitantes, con los que brindó, con su propia copa igualmente rebosante de un refinado ron dorado, por el futuro venturoso de Venezuela en paz y armonía.

    Fortunato escuchaba todo aquello con sus ojos cerrados, lo cual le confirmaba más que nunca que estaba soñando, pero no perdió la esperanza de que no fuera un sueño, sino la más pura y tan soñada realidad.

    “En la sala anexa están los embajadores de Irán, Rusia, Cuba, Nicaragua y China, que vienen a despedirse porque la alianza que teníamos con ellos ahora con ustedes no va a funcionar —dijo Maduro con elegancia y cortesía—, pero les adelanto que en la otra sala, la que está un poco más allá, he convocado a los delegados de la OEA, de la Unión Europea, de los Estados Unidos y de los organismos internacionales de crédito y a Elon Musk para que, cuando se vayan los aliados actuales, ellos ya entren a conversar con ustedes del futuro próximo”, concluyó Maduro, con un gesto amistoso y fraterno.

    Luego les explicó a los ganadores de las elecciones que hay un temita paralelo, que van a tratar de arreglar en el más corto plazo, pero que les pide comprensión porque no hay más remedio que resolverlo. En ese momento entró a la sala Diosdado Cabello, quien saludó cortésmente a los visitantes y le explicó a Maduro que el galpón donde estaba “aquello” (no aclaró de qué se trataba) ya iba saliendo en varios aviones rumbo a México, donde sería depositado hasta que los muchachos de Sinaloa le encontraran nuevo destino.

    Ni María Corina Machado ni González Urrutia entendieron de qué estaban hablando, pero por discreción prefirieron no preguntar.

    Luego Maduro les contó a los gobernantes electos (al fin de cuentas María Corina sería casi otra presidenta) que muchas delegaciones que habían venido de otros países a presenciar el proceso electoral habían sido referidos a pasear y visitar distintos lugares, para aprovechar así su viaje.

    “Por ejemplo, tuvimos una delegación muy interesante del comunismo uruguayo, que vino a desearnos suerte y que preguntaron por sus correligionarios los comunistas venezolanos. Yo no tuve más remedio que explicarles —prosiguió el presidente Maduro— que los comunistas venezolanos están todos presos, porque su partido fue proscripto, y sus líderes, que están en la cárcel de El Helicoide, han sido castigados y torturados, pero, bueno, ustedes entenderán, eso cambiará ahora, ustedes harán con los pocos comunistas que quedan lo que les parezca correcto, nosotros ya no tenemos nada más que ver con el tema —agregó—. Y les he dicho a los comunistas uruguayos que le lleven mis saludos a Marcelo Abdala, un gran amigo oriental al que invitamos nuevamente esta vez, pero vaya a saber uno por qué no se decidió a venir”.

    María Corina agradeció la información y comentó que aún era prematuro ver cómo enfrentarían algunos temas que necesariamente deberían cambiar de ahora en adelante.

    Tras recorrer el palacio presidencial, Maduro dejó a los nuevos ocupantes en sus relucientes nuevas oficinas, tomó una gran maleta que estaba en la puerta de su antiguo despacho y procedió a despedirse de los triunfadores, no sin antes explicarles que en la maleta iban fotos y documentos personales de recuerdos de su pasaje por el poder que él atesoraría ahora en su nueva residencia, aunque no aclaró dónde sería.

    Cuando Fortunato se despertó en la madrugada del día siguiente, en el mismo sillón donde se había quedado dormido, la tele seguía emitiendo unos confusos boletines que él no entendía, porque decían que era Maduro quien había ganado las elecciones.

    “No hay duda —pensó para sus adentros— que estos andan todavía con boletines atrasados, no les ha llegado la gran noticia del triunfo de la oposición en unas elecciones ejemplares, que todos los demócratas tenemos que celebrar”, se dijo a sí mismo mientras se iba a dormir a su cama.

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