Dios con un control remoto en la mano

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Nº2006 - al de 2019
por Fernando Santullo

En estos días en los que Venezuela está en boca de todos por razones evidentes, en Uruguay la cosa parece haberse convertido, como siempre, en un Peñarol vs. Nacional. Sin mirar los hechos (miles de venezolanos en Montevideo, millones fuera de su país), sin que importen demasiado las trayectorias de vida de cada una de esas personas, los uruguayos vienen eligiendo su bando. Unos creen que todo es obra del imperialismo y que los venezolanos no saben lo que les conviene, otros recuerdan que lo de Maduro hace rato califica sin problemas como una dictadura. Y que no hay dictadura buena.

Un buen amigo uruguayo que vive en Barcelona y que se crio en Venezuela señalaba en una red social que le llamaba la atención que entre sus contactos, todos los que estaban en contra de Maduro eran venezolanos y todos los que decían que Maduro es Gardel y que todo es un plan de la CIA contra el pueblo son uruguayos o españoles. En resumen, que no viven allí. Por supuesto, de inmediato en su muro arrancó el Peñarol vs. Nacional: que si es un traidor, que si le hace el juego a la derecha o a la izquierda, que cuánto le paga Trump, etc.

Para mí es claro que sobran razones para intentar matizar lo que está ocurriendo en el país hermano, muy hermano especialmente durante la dictadura uruguaya, cuando acogió a miles de uruguayos, uno de ellos mi amigo de Barcelona. Entre las razones para matizar se cuenta una muy tangible: si no se busca alguna clase de salida negociada, el baño de sangre puede ser aún mayor. Y eso que 40 muertos en una semana de protestas no es un récord fácil de superar. Para poder comparar con algo conocido: la dictadura uruguaya asesinó 465 personas en 12 años (cifra proporcionada por el gobierno uruguayo en 2011). En cualquier caso, es evidente que una guerra civil abierta es el escenario menos deseable para cualquiera que se interese por las vidas y los destinos de los venezolanos de a pie. Que eso no ocurra es el primer interés de esos mismos venezolanos.

El problema, creo yo, es cuando todas las vidas reales de esas personas reales pasan a ser solo una moneda ideológica de cambio. Es decir, cuando “la idea”, sea esta cual sea, está por encima de todo y de todos. Es allí cuando se empieza a creer que quienes no se someten a “la idea” es porque sufren alguna clase de tara moral o son perversos. O agentes de una potencia extranjera o algún otro disparate similar. Es decir, cuando los destinos de los venezolanos concretos no son vistos como los destinos de personas con aspiraciones y deseos en su vida, sino como fichas en un ajedrez ideológico que los supera, donde solo el señor que defiende “la idea” es quien logra descifrar la lógica del juego que todos juegan pero nadie, salvo él y los suyos, logra entender.

Leyendo la novela La caja negra, del recién fallecido Amos Oz, me topé con una frase que explica un poco cómo funciona el mecanismo que intento describir. La cita es larga pero vale la pena: “Un hombre se ocupa de sus asuntos privados en tanto tenga asuntos y tenga privacidad. En ausencia de estos, se vuelve febrilmente a los asuntos de otras personas. Para enderezarlas. Castigarlas. Ilustrar a cada loco y aplastar al desviado. Para otorgar favores a los demás o perseguirlos salvajemente. Entre el fanático altruista y el fanático asesino hay desde luego una diferencia de grado moral, pero no una diferencia de especie. Homicidio y autosacrificio son simplemente dos caras de una misma moneda”

La frase es parte de las reflexiones que un exmilitar israelí, convertido en prestigioso académico en EE.UU., escribe poco antes de morir. Es la reflexión de quien mató y vio morir por “la idea” a los suyos y a los del bando enemigo. Es decir, la de quien estuvo en ese campo de batalla ideológico convertido en campo de batalla real, con muertos despedazados por los tanques y sangre oscureciendo la tierra seca. Es la reflexión de quien sabe que “la idea” termina con las vidas reales de personas reales.

Yo creo que en el caso de Venezuela se puede agregar una categoría más a la dicotomía que plantea el personaje de Oz. Y es que, además del homicidio y el autosacrificio, existe también una clase de gente que cree que se puede decidir sobre esas dos categorías a la distancia, como si tuviera en la mano un control remoto moral e infalible, que le permitiera decidir, sin que la sangre lo salpique, quién merece morir por “la idea” y quién está habilitado a matar en nombre de ella.

Opinadores sobre realidades ajenas siempre ha habido y de hecho son más que necesarios. Por ejemplo, en la dictadura uruguaya, la denuncia de muchos uruguayos exiliados logró que gobiernos de otros países y organizaciones internacionales rompieran su vínculo con los dictadores y que su violencia interior fuera reconocida en el exterior como el horror que fue. Uno de esos países que rompieron relaciones con Uruguay fue Venezuela y lo hizo a partir del secuestro de la maestra Elena Quinteros, arrebatada por el Ejército uruguayo de manos del personal de la Embajada venezolana en Montevideo, donde acababa de ingresar tras escapar de sus captores y solicitar asilo político. Siete fueron los días que tardó Venezuela en romper relaciones con Uruguay tras ese secuestro en su embajada.

Si esos países terceros y esas organizaciones defensoras de los derechos humanos fueron sensibles hacia la situación que se vivía en Uruguay entonces, fue porque aquello que los exiliados contaron sobre el país que los había expulsado fue creído por esos países y organizaciones. Porque fueron convincentes los testimonios que los expresos y torturados brindaron en distintos foros en el exterior. Argumentar, como argumentan muchos de quienes sustentan “la idea” por encima de todo, que no se puede saber realmente qué ocurre en Venezuela, ha sido el argumento favorito de toda dictadura para descalificar lo que se dice y se sabe sobre ella. El totalitarismo suele ser así, no importa cuál sea su color político.

En resumen, que “la idea” abstracta es una cosa, una especie de utopía a la que todos y cada uno tenemos derecho. Ahora, cuando “la idea” baja al llano, debe rendir explicaciones sobre sus efectos. Especialmente cuando entre estos efectos se cuentan cientos de asesinados por el Estado, millones de desplazados, un manejo desquiciado de la economía que ha arruinado al país y que ha logrado que la pobreza extrema se haya disparado del 23,6% al 61,2% en cuatro años. Negar la existencia de esta responsabilidad hacia las personas reales en nombre de “la idea” es algo más que irresponsable. Es reducir esos millones de destinos a un juego ideológico que se juega siendo una suerte de dios con un control remoto en la mano. Algo lisa y llanamente miserable.

Quizá sea hora de empezar a revisar si “la idea” justifica robarle la vida a una sola persona, no digamos a millones. Es que si cada vez que “la idea” salió de las cabezas y se hizo carne, terminó en una dictadura, una masacre o una traición (“ese tampoco es el verdadero socialismo”), quizá sea momento de tasar la calidad de “la idea” misma. Cuanto antes ocurra eso, mejor será para nuestros hermanos venezolanos.

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