El pensamiento y la calor

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Nº2006 - al de 2019
por Facundo Ponce de León

Geógrafos y filósofos han sostenido tradicionalmente que hay una relación entre el clima de un país y su producción intelectual. En las naciones tropicales, en vez de producir sistemas de pensamiento, la gente va a la playa, se pasea por el malecón o baila al ritmo ancestral del cuero. Por el contrario, cuando los países tienen climas templados e inviernos duros, las personas se resguardan y producen reflexiones. Comparen la cantidad de filósofos que dio Alemania con la que dio Brasil y ahí tendrán la evidencia empírica del argumento: con frío se piensa más y mejor.

Así lo expresaba Julián Marías en un artículo de 1957: “Cuando a las cinco o a las seis de la tarde caen las sombras, fuera llueve o hace frío, cuando uno se refugia en su casa, ¿qué hacer? Encendida la estufa, templada la habitación, bajo la lámpara, ¿qué cosa más natural que inventar geometrías no euclidianas, establecer la cronología de los diálogos platónicos (...) o segregar enmarañados sistemas filosóficos?”.

Las razones por las que los países de climas templados son propensos a mejor fecundidad intelectual, son para Marías las siguientes: menos horas de sol, propensión al aburrimiento, cese de actividades, frío y recogimiento.... todo eso, que él veía en los pequeños pueblos alemanes, era la base de la producción intelectual.

Pero en el mismo ensayo, el filósofo avizoraba un peligro creciente. Decía: “Los intelectuales de nuestro tiempo hacen demasiadas cosas. Tienen cargos públicos, hacen vida social, presiden comisiones, hacen declaraciones a los periodistas, hablan por la radio, aparecen en la televisión, forman parte de innumerables asociaciones, intervienen en la política de su país y de los otros. Temo que les falte en muchos casos tiempo, más aún, calma para pensar. El pensamiento supone siempre un repliegue...”.

El incipiente peligro que veía Marías a mediados del siglo XX, hoy se ha extendido como una pandemia: confundimos a un intelectual con alguien que hace tuits reflexivos y lo siguen millones; o alguien que edita un bestseller por año con preguntas existenciales; o alguien que publica papers en revistas de prestigio siguiendo las modas académicas de su micromundo; o alguien que maneja grandes cantidades de información actualizada. En cualquiera de los casos, si se rasca un poco, no habrá pensamiento genuino sino voces aggiornadas, voces que suman su canto al coro de la actualidad, pero donde no late el pulso temporal del intelectual.

Entonces, este problema de producción intelectual en el medio de la vorágine de actividades, nos hace repensar el argumento clásico del inicio. Más bien diría que lo vuelve contradictorio. En pocas palabras: ahora necesitamos el calor y el verano para poder pensar con mayor claridad y fecundidad.

Es tanto lo que nos ocupa y preocupa durante el año, que el momento de descanso al sol es un gran motor intelectual. Siguiendo esta línea, los filósofos alemanes producirían mejor si abandonaran Berlín y meditaran en Copacabana, serenos, con los pies en la orilla, sin las urgencias de la ciudad y de Europa.

Hoy, la playa, en vez de ser una distracción para el intelectual, como se creía en el siglo XIX, es un lugar propicio para el pensamiento. Es un territorio ideal para el repliegue del que hablaba Julián Marías. El tiempo que nos tomamos para descansar en la arena y hacer nada, termina siendo el tiempo en el que hacemos la actividad humana más importante: reflexionar.

El tiempo está como detenido, a veces ni siquiera sabemos si es martes o sábado o jueves, estamos descansado del ajetreo de la actualidad, que nunca permite pensar lo suficiente porque está marcada por la urgencia. En verano surgen nuevas ideas, brotan proyectos imposibles que parecen posibles. El calor nos quita peso, no solo porque no usamos buzos, ni bufandas ni camperas, sino sobre todo porque también nos quitamos de encima la pesadez de la rutina, de los horarios.

Sumemos a este argumento otro ingrediente: la mayoría de los recuerdos de infancia se concentran en los veranos. Y eso por una razón excluyente: es la estación donde experimentamos la libertad. Hay una relación directa entre el pensamiento y la libertad. No solo nos hace más libres pensar por nosotros mismos, también necesitamos la oportunidad del verano para enfrentarnos a la riesgosa experiencia de ser independientes.

Ir solos al almacén, ir solos a la orilla, sacarle las rueditas a la bicicleta, descubrir escondites, dar el primer beso, fumar el primer cigarrillo, la primera borrachera, muchas veces el primer amor. Alquilar una casa para las vacaciones parece solo un detalle de números: o da la plata o no da. Sumo días de licencia, sumo aguinaldo, sumo regalos por las Fiestas, trazo raya y veo el resultado. Pero a esa suma le falta el intangible valor del verano: reflexión y libertad. Cultivo para pensar por sí mismo.

Se viene un 2019 marcado por las elecciones nacionales. La contienda ya empezó. Los estrategas miran el tablero para ver cómo mover mejor las piezas. Ojalá en el medio de la vorágine, las zancadillas y los actos calibrados, los candidatos tengan las agallas de estar como en verano aunque estemos en pleno invierno. Que tengan el temple para producir reflexión sobre el destino de un país que tiene un clima ideal para ser mejor de lo que es.

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