Metáforas de la democracia directa

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Nº2026 - al de 2019
por Fernando Santullo

A pesar de las fantasías de control de muchos planificadores de la realidad, la verdad es que la vida social suele ir un paso adelante de sus planes o predicciones. Es por eso que esos planificadores (políticos con partido, la mayor parte de las veces) se sorprenden cuando la realidad no reacciona a sus planes como ellos habían predicho o imaginaban. La realidad es rebelde en su persistencia. Sin embargo, a veces algunos analistas (gente que no es parte de ningún partido, por lo general) sí que son capaces de imaginar cosas que tienen una alta probabilidad de ocurrir en el futuro.

Pienso esto a la luz de un texto muy breve de Umberto Eco llamado Contra el fascismo, en donde explica la permanencia de una suerte de “fascismo eterno” que está siempre entre nosotros. De allí traigo esta cita, larga, pero que vale la pena: “El ur-fascismo se basa en un ‘populismo cualitativo’. En una democracia los ciudadanos tienen derechos individuales, pero el conjunto de los ciudadanos solo poseen influencia política desde el punto de vista cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Para el ur-fascismo, sin embargo, los individuos en cuanto individuos no tienen derechos, y ‘el pueblo’ se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la ‘voluntad común’. Puesto que ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder se erige como su intérprete. Habiendo perdido su poder de mandato, los ciudadanos no actúan, son llamados solo pars pro toto a desempeñar el papel del pueblo. El pueblo, de esta manera, es solo una ficción teatral... En nuestro futuro se perfila un populismo cualitativo de televisión o Internet en el que la respuesta emotiva de un grupo de ciudadanos puede presentarse y aceptarse como ‘la voz del pueblo’”.

Eco escribió este texto en 1995, hace casi 25 años. El futuro que vislumbra es una realidad innegable desde hace ya un tiempo: el ágora prometida por la red global y sus versiones ad hoc, las redes sociales, resultó ser la versión virtual de ese populismo en donde todo aquel que quiera destruir algo, lo hace presentándose como la voz del pueblo. No me animaría a decir que ya estamos instalados en un “ur fascismo” que no es percibido como tal sino como marco de racionalidad: como el principio que ordena la realidad y que por tanto resulta imperceptible. Pero sí creo que estamos arrimándonos peligrosamente a una suerte de pinza en donde el populismo a derecha e izquierda tensa la cuerda en su ataque contra las democracias liberales, proponiendo en su lugar algo que se supone sería “mas democrático”, algo que sus fans suelen llamar “democracia directa”.

Creo que una buena metáfora de cómo podría llegar a funcionar esa democracia de asamblea permanente, podrían ser las shitstorms (tormentas de mierda) de las redes. Esos consensos instantáneos y más o menos erráticos, en donde una parte se arroga la representación del todo, en la convicción de que ellos sí han entendido qué cosas están bien y mal, qué cosas son permitidas y qué cosas no, qué cosas pueden y deben ser impuestas al resto en nombre de “el pueblo” o “el bien común”. Y, desde esa atalaya de certeza irracional, intentar aniquilar la presa de ese día, esa tarde o ese instante.

Dado que buena parte de las shitstorms se desatan a cuenta de nada o de banalidades, ¿qué es lo que mueve a esa gente a “participar” en esos linchamientos? Creo que es la ilusión de poder “incidir” directamente en algo. Gente que se agrupa de manera tribal, por semejanza, hasta que descubre que más allá del odio y las ganas de incinerar algo o a alguien, no tiene nada más en común. Entonces ese grupo desaparece y algunos de sus miembros coinciden con otros miembros de otros grupos en su odio a un nuevo enemigo, para comenzar otra tormenta.

A pesar de su aspecto de participación directa y debido a su lógica meteorológica, las tormentas de mierda nunca se estructuran como una política. No permanecen en el tiempo. No les interesa ni el contexto ni la trayectoria de aquello que intentan “resolver”. Inciden (incineran) sin un plan previo y sin nada parecido a un plan para el día después. Como explicaba el filosofo surcoreano Byung-Chul Han, las shitstorms “se disuelven tan deprisa como han surgido. En virtud de esta fugacidad no desarrollan energías políticas. Las shitstorms… tampoco son capaces de cuestionar las dominantes relaciones de poder. Se precipitan solo sobre personas particulares, por cuanto las comprometen o las convierten en motivo de escándalo”.

La lógica asamblearia virtual de las shitstorms las hace terminar casi siempre en una persecución del distinto, en una cacería emocional que deja la política real librada a quienes ya ostentan toda clase de poderes. Es decir, al statu quo: las tormentas benefician sobre todo a quienes ya ostentan el poder. Los ciudadanos de a pie, en cambio, quedamos atrapados entre esa realidad ya establecida por los powers that be y el temor a la brutalidad emocional de las redes. Al desaparecer la posibilidad de discutir ideas, so pena de linchamiento virtual, aparecen el miedo y silencio. Nada favorece mas al statu quo que el miedo y el silencio.

Por supuesto, esto les importa un rábano a quienes participan de las shitstorms: la tribu solo se preocupa por la tribu. De ahí que cada vez haya menos gente velando por el bien común: el bien común no existe en un mundo tribal e identitario. Con el problema adicional de que estas tribus se arman y se desarman en cada tormenta. Por eso la “democracia directa” de las redes no logra ser ni siquiera una política del terror simbólico. Es apenas un juego que puede arruinar vidas reales en pro del beneficio económico de la empresa que “presta” la plataforma para los linchamientos. Y de la satisfacción moral del linchador, claro.

La idea de la representación en democracia no es banal. Funciona en el sentido del gobierno de los mejores, es decir de aquellos que mejor pueden representar al resto. Desde hace ya un tiempo y debido a un montón de razones (entre ellas la selección negativa de cuadros al interior de los partidos: asciende el más servil, no el más capacitado), la representación no es siempre la deseable. Y esto, sumado a la tentación de la simplificación emocional populista, viene carcomiendo nuestras maneras democráticas.

Como en las redes sociales, en la idea populista de “democracia directa” se necesita un proveedor del tablero, alguien que fije las reglas de la participación. Es decir, nunca se opera en el vacío sino sobre las coordenadas que proveen Twitter, Facebook o el líder carismático de turno, que se presenta como único legítimo intérprete de “la voluntad del pueblo”. Así, se termina jugando según las reglas que estos proponen, lo que automáticamente los excluye de la quema.

La lógica de linchar gente en las redes aumenta el tráfico (y con eso las ganancias de la empresa proveedora), la lógica de destruir la representación en la vida real aumenta el poder del líder y contribuye a mantener las cosas como están (sin cuestionar las relaciones de poder reales y vigentes). Conviene no olvidar estas semejanzas cuando hablamos de mejorar la democracia, si es que todavía nos importa el asunto.

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