José Mujica en el Senado. Foto: Javier Calvelo/ AdHoc Fotos

“Si el Frente Amplio depende de un viejo de 83 años para ganar, se merece perder”, dijo Mujica y adelantó que asumirá como senador si eso ocurre; trabajará para que la campaña electoral no sea un “basurero”

“No es el fin del mundo” ser derrotado en las elecciones

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Nº1999 - al de Diciembre de 2018
entrevista de Andrés Danza 

José Mujica en un galpón con piso de tierra, cortando tomates en una mesa improvisada con una tabla y dos latones, sentado sobre un balde, llenando frascos y más frascos que luego serán salsa y conservas. La camisa desprendida y manchada, los pantalones arremangados, los dedos gruesos separando con una torpe delicadeza las semillas hacia otro recipiente. Solo, concentrado, tanto que ni siquiera escucha que tiene visitas. Así empieza esta historia la mañana del martes 11, con una escena que no sorprende a casi nadie, pero que es representativa de lo que vino después.

Ahora que terminó la incertidumbre sobre su futuro electoral, este Mujica es el que queda. Ahora el que se levanta de su asiento, se seca las manos húmedas en el pantalón y se dispone a “hacer un poco de trabajo intelectual” con un periodista de Búsqueda, es un “viejo de 83 años” recluido en su chacra y no un candidato en competencia. Ahora importa más su palabra que sus jugadas y vaivenes políticos, porque eligió ser espectador de un presente del que se siente un poco ajeno y de un futuro que sabe inalcanzable.

Quizá por eso tiene desde hace un tiempo su celular casi siempre apagado y atiende esporádicamente su teléfono de línea. Tampoco se acerca a las nuevas tecnologías, ni a las redes sociales, ni al WhatsApp, ni a nada que se le parezca. No es su momento, insiste, y cree que “el mejor servicio” que le está dando a Uruguay es no volver a ser candidato presidencial. No le preocupa que, según las encuestas, es quien reúne la mayor cantidad de votos, porque “si el Frente Amplio depende de un viejo de 83 años para ganar, se merece perder”, dice.

Perder a Mujica tampoco le parece “el fin del mundo” y anuncia que si eso ocurre, ocupará un lugar en el Senado de la República, ya que resolvió encabezar la lista del Movimiento de Participación Popular (MPP) en las próximas elecciones.

Lo que sí le interesa es trabajar para que el sistema político logre reestablecer confianza y empatía en la gente, mediante un debate con altura y no profundizar en la “chismografía barata” y la “cosa ordinaria” que transformen la próxima disputa electoral en un “basurero”.

Y así como empieza también termina esta historia, que se transcribe a continuación: con Mujica asegurando que hasta la muerte ocupará su lugar de “caso único”, como le gusta definirse, porque el “fantasma del poder” y la “fama internacional” no lograron alejarlo de sus tomates.

—¿Qué evaluación realiza de la campaña electoral que comienza?

—Hay un problema general que tiene el país y la democracia representativa a escala mundial. Todo el sistema político debería procurar reestablecer la confianza y la empatía con la sociedad en general. En Uruguay el nivel de confianza está bajísimo.

—¿Por qué?

—Lo que está pasando en el fondo es que la tecnología avanzó mucho más que el grado de conciencia y formación de la ciudadanía. Nos parecemos cada vez más a un mono con una ametralladora. Tenemos una cosa maravillosa que son los teléfonos inteligentes. Ahora un muchacho camina con una universidad en el bolsillo, si la sabe consultar. Jamás el ser humano tuvo algo igual. Pero nosotros no estamos a la altura de las posibilidades de esa herramienta y entonces se transforma en una fuente de chismografía, de individualismo, de las redes sociales, de todo lo negativo, y eso va horadando la confianza de la gente. En respuesta, el sistema político tiene que tener una gestualidad global con la sociedad. La política debería asumir un rol docente para la formación de la conciencia mínima de la sociedad en la que se vive. Promover el entendimiento público por la altura y no una chismografía barata y una cosa ordinaria.

—La “cosa ordinaria” se promueve de los dos lados…

—Sí. No me estoy agarrando con la oposición. En esta atmósfera de Twitter y todas esas porquerías estamos todos. Hemos perdido profundidad en el debate y altura. Que conste que digo “hemos” y no se lo atribuyo al otro, porque, en definitiva, la estatura de cada uno también la da el adversario. Hay que tener gestualidades para cambiar esto. En una sociedad marketinera en la que parece que triunfar es ser rico, el sistema político no debe dar esa imagen porque está para representar a su gente. Y hay que luchar para subir el nivel de la campaña electoral. Si no, vamos a terminar disputando en un basurero de la historia. Las señales van para ese lado. 

"La política debería asumir un rol docente para la formación de la conciencia mínima de la sociedad en la que se vive. Promover el entendimiento público por la altura y no una chismografía barata y una cosa ordinaria".

—¿No es ese mismo sistema político al que usted reclama altura el responsable de esta situación?

—El sistema político no escapa a Internet, al Twitter y todas esas cosas. Está sometido. Basta sentarse en el Parlamento o en una reunión política y ver cómo todo el mundo está enfocado en sus pantallas. Todo eso fomenta hipercriticismo y poca construcción. Y llegó el momento de frenar un poco, porque la política debe apostar a otra cosa. Hay que luchar por hacer crecer la economía, que es la mejor forma de distribuir. Estoy con la idea de Enrique Iglesias, aunque sea pelearse con toda la cátedra. Iglesias cree que tiene que haber un shock de inversión pública en infraestructura grande que sacuda la economía. Eso para arrastrar y empujar porque la economía puede crecer, pero no crecen los puestos de trabajo. No se da ese proceso matemático porque está el impacto tecnológico jugando en todo esto. Sería muy fácil si la gente fuera más sobria, pero eso murió en la sopa. El consumismo está metido como una cultura subliminal en la gente. No veo que exista marcha atrás.

—¿Y cómo puede reducir el déficit fiscal con más inversión pública?

—El problema son las crecientes transferencias por una vía u otra a la seguridad social. No comparto que esto se arregla solo aumentando la edad de jubilación. Necesitamos una brutal flexibilización porque las profesiones y los trabajos son distintos. Es distinto un profesor a un obrero de la construcción. Además, está el cambio tecnológico. Son tantas las variables que no se puede hacer un modelo de jubilación a los 65 años y chau. Hay que dejar lugar a que corra la voluntad de la gente, porque hoy muchos de los que se jubilan siguen trabajando en negro. Perdemos aportes a la seguridad social. El sistema que tenemos actualmente es una mentira. Por eso hay que flexibilizar todo el sistema.

—¿Ese debería ser un tema de campaña electoral?

—No incluirlo sería mentirle a la gente. También habría que hablar en serio del engranaje productivo. Se critica solo al Estado pero hay un costo terrible en todo lo que es intermediación. Todas las cadenas de supermercados desde el punto de vista de la oferta han sido un éxito para la gente, pero desde la economía constituyen una máquina parásita.

—¿A qué se refiere?

—A que mientras el comerciante común y corriente, familiar, paga prácticamente al contado y compra a la escala que puede, la gran empresa pone las condiciones de comercialización, paga a 100 o 120 días y cobra unas tasas astronómicas. Por eso en las ferias, aunque también son intermediarios, los precios de las frutas y verduras son muy distintos. Eso lo paga el consumidor y el productor. Y lo mismo ocurre con la intermediación ganadera, la estancia más grande que tiene este país. Eso también hay que discutirlo, además del peso del Estado.

—Cuando fue presidente, ¿hizo algo como para revertir esta situación?

—Algo intentamos. Pero los intermediarios han ido creciendo y concentran cada vez más. Habría que establecer políticas muy diferenciadas a favor del comercio familiar y defenderlo. Es una manera de repartir la riqueza en la sociedad. Si no, se establecen los monopolios de compra, que son los peores. Yo acepto que se nos pueda reprochar que el Estado sale caro pero no es solo el Estado. Tenemos que cuidar un poquito más la salud de los productores. Esos son los desafíos que tenemos por delante, en un mundo tecnológico, que no es el mío. Por eso resolví no ser candidato y dedicarme a la salsa de tomate, como la que hacía mi abuelo.

—Hay gente que todavía cree que será candidato…

—Yo sé que sí. Pero no hay marcha atrás. Tengo que hacer un servicio a mí país. Lo quiero mucho y el mejor servicio que le puedo ofrecer es solo dar consejos y no correr esa carrera.

"Tenemos que cuidar un poquito más la salud de los productores. Esos son los desafíos que tenemos por delante, en un mundo tecnológico, que no es el mío. Por eso resolví no ser candidato y dedicarme a la salsa de tomate, como la que hacía mi abuelo".

—Ahora dice con firmeza que “no hay marcha atrás”. Pero antes decía algo parecido y en el medio sorprendió a todos un chequeo médico. La sensación es que ganas tiene.

—Voy a estar a la altura de lo que puedo estar. No le puedo pedir a la máquina lo que no puede dar.

—¿Entonces es un tema de cuerpo y no de cabeza?

—Claro. Pero no es eso lo principal. Hay que ayudar a que el país se renueve y no solo con palabras. Hay que incorporar nuevas ideas, por lo menos en la izquierda.

—¿Su esposa, Lucía Topolansky fue la que lo terminó de convencer de no ser candidato?

—Sí, fue muy importante. Yo le doy mucha pelota a Lucía. Le debo mucho. Ahora, como buena arquitecta, aunque no terminó la carrera, está obsesionada con las piedras del Palacio Legislativo y consiguió becas para que tres funcionarios vayan a estudiar a Rusia tres años para la reconstrucción del mármol. Está creando las condiciones para que ese edificio se pueda conservar como una joya, por más que ella no lo vaya a ver.

—¿Ella no quiere exponerlo a una campaña electoral?

—Sí, y es lógico. Hay un problema de salud, no solo de años. Tengo vasculitis, una enfermedad tramposa que es peligrosa, se sabe poco y no te permite arriesgar demasiado.

—¿No lo impulsó el hecho de que el expresidente Julio Sanguinetti, que es de su generación, evalúe ser candidato?

—Sanguinetti se va a tirar por el Partido Colorado y está muy claro su juego. Apuesta a que existe un gobierno de coalición lo más blanco y colorado que se pueda, lo más rabanito posible, y dejar a todos los demás afuera. Busca tener incidencia como consejero, como orientador. Está bien lo que está haciendo. Yo lo respeto y lo tengo en cuenta, porque es muy hábil.

—¿No le parece que lo pueden culpar por no presentarse si el Frente Amplio pierde las elecciones?

—Sí, pero es horrible que una fuerza política dependa de que un viejo de 83 años vaya o no vaya. Si el Frente Amplio depende de un viejo de 83 años para ganar, se merece perder. Además, me han dicho tanta cosa, que ya no importa. Estoy amortizado y me divierto. A mí me preocupa que el pueblo uruguayo no retroceda en lo que ha logrado y lo ideal sería que pudiera mejorar.

"Sería muy fácil si la gente fuera más sobria, pero eso murió en la sopa. El consumismo está metido como una cultura subliminal en la gente. No veo que exista marcha atrás".

—¿Qué tan grave puede ser para Uruguay una derrota del Frente Amplio?

—Ningún partido político está librado de la victoria o de ser derrotado y seguir andando. Hay que sacarle dramatismo. Mi idea de triunfar no es lo que la gente cree. Triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae. Esa es mi filosofía en política. Para mí, perder las elecciones no es el fin del mundo. Al otro día tocaremos A redoblar y...

¿Y volver a la oposición?

—Sí, a una oposición inteligente, que no significa decir que no a todo. No sé cómo se va a reformar la seguridad social, pero tiene que haber un margen de acuerdo importante. Hay que conversar y negociar mucho.

—¿Irá al Parlamento si le toca ser oposición?

—Voy a ir, sí. Por lo menos un tiempo voy a ir.

—¿Va a encabezar la lista al Senado del MPP?

—Voy a encabezar la lista y voy a luchar. Pero mucho más en la derrota. ¡Para ser oposición tenemos un oficio bárbaro!

—¿Percibe que existe una especie de burocracia gubernativa del Frente Amplio?

—Sí, el gobierno burocratiza. Curiosamente la gente necesita cierto margen de inseguridad e incertidumbre para moverse. Cuando la tiene muy segura, empiezan los problemas. Es lo que decía Mario Benedetti, que Uruguay es una gran oficina pública que logró el grado de soberanía. Es tal cual. Hay que hacer una serie de reformas con respecto al Estado y hay que iniciarlas este año que comienza. El gobierno no terminó y el país necesita cambios.

—Se realizaron anuncios de cambios con respecto a las empresas públicas…

—Me parecen bien. Pero habría que hacer más. A las empresas públicas hay que aumentarles la responsabilidad y quitarles la soga de ser parte de la política económica desde el punto de vista tributario. Tienen que ser cada vez más empresas y generadoras de capital de inversión a lo largo del país. Es muy cómodo manejar la caja central y acudir al comodín de las tarifas públicas para arreglar otros frentes, pero volvemos siempre a lo mismo. Ese es otro tema sobre el que vale la pena tener una buena discusión porque todos hemos pasado por el gobierno y eso no ha cambiado.

—¿Estaría dispuesto a asumir algún cargo en el Poder Ejecutivo del próximo gobierno si gana el Frente?

—No, que vaya otra gente que está más ansiosa y que tiene más porvenir. Aquí quedaré como un viejo consejero. Tengo que luchar por hacer otros aportes, relacionados con el pensamiento y las ideas. No es fácil salir de la primera línea en este país, pero yo tengo claro que soy un caso único. Me atrevo a decir que soy un caso único desde hace muchos años. A mí no se me subió el fantasma del poder a la cabeza. Ni tampoco el de la fama internacional. Debe ser mi vieja veta libertaria. Tengo compañeros buenos y los voy a ayudar en todo lo que pueda.

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