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Aunque la Organización Mundial de la Salud concluyó que crear bebés editados genéticamente era algo “irresponsable”, es claro que hay una falta de normas internacionales sobre la manipulación del ADN
Silicon Valley quiere entrar en la industria de la biomedicina y de la fecundación in vitro, y esta gente no se anda con chiquitas: dicen estar creando la sociedad del futuro. Y claro, un gran negocio asociado. Ellos, Genomic Prediction, Orchid, Nucleus Genomics, Preventive y Herasigh, ofrecen a los futuros padres la posibilidad de editar la genética de su hijo de la mano de una tecnología que selecciona los embriones a utilizar en la fecundación. ¿Con qué criterio se hace la selección? Puede ser en función del coeficiente intelectual o del color de ojos o de una menor propensión a la diabetes. O un largo etcétera. Por una módica suma que ronda los US$ 45.000 ya se podrían elegir los embriones que se implantarán en el útero de las madres al gusto de los consumidores y mediante CRISPR-Cas9. ¿De qué se trata? De una técnica que permite modificar de forma sencilla cualquier secuencia del genoma humano; cambiar, insertar o eliminar secuencias de ADN. El equivalente al “copio y pego” de la edición, por lo que se la llama “la tijera genética”.
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Fue desarrollada por el chino He Jianku, que en 2018 editó la genética a unas gemelas para evitar que padecieran el VIH. El científico fue condenado a tres años de cárcel y criticado por la Academia de Ciencias de China, que dijo que tales manipulaciones en embriones humanos suponen problemas técnicos, todavía no resueltos, que podrían generar riesgos imprevistos, y que violan el consenso de la comunidad científica internacional. Y sí, da escalofríos solo pensar que una modificación genética imprevista o errada podría transmitirse de generación en generación e introducir cambios permanentes en la raza humana. Si bien éticamente no sería igual usar esta técnica para evitar enfermedades que para buscar la belleza o la inteligencia, los riesgos que entraña son los mismos. De una forma u otra, el producto final no deja de ser un bebé de diseño.
Entre el 1% y el 4% de los bebés de los países desarrollados nace por fecundación in vitro, y es lógico sospechar que estamos a un paso de que la selección embrionaria se convierta en rutina. Los padres que puedan pagarlo optimizarán la salud, la inteligencia y la apariencia de su futuro hijo. Y si esto de hacer bebés a la carta es verdad, ¿qué será de los niños “normales”? ¿Qué lugar tendrán en una sociedad donde solo algunos podrán permitirse hijos supergenios, con menores posibilidades de contraer cáncer o más bonitos?
Alexander Huang, el millonario tecnológico más joven de la historia, dice que va a esperar antes de tener hijos, al menos hasta que se sepa más del desarrollo de Neuralink, de Elon Musk. El proyecto, que puede tener un impacto notable en el desarrollo cognitivo de los niños, prevé interfaces cerebro-ordenador a través del implante de chips u otras formas de conexión con dispositivos digitales. “Cuando tengamos Neuralink y otras tecnologías, los niños que nazcan con ellas aprenderán a usarlas de formas increíbles”, aseguraba el fundador de Scale AI. También dice que es imprescindible que ampliemos las capacidades neuronales humanas, porque estamos en una carrera con la IA en la que la tecnología va más rápido que nosotros. Y qué mejor que hacer niños conectados a una computadora, razona Huang.
Pero no vayamos tan rápido porque en esta tecnología, como decíamos, hay riesgos, consecuencias no deseadas. Un ejemplo: cuando se intentó crear “superpollos” fue un completo fracaso: junto con el peso y la resistencia, se alteraron los valores de la agresividad, y los pollos así obtenidos provocaron caos en las granjas. Podría haber riesgos similares al seleccionar rasgos en los seres humanos, porque los mismos genes influyen imprevisiblemente en múltiples aspectos biológicos. Han pasado siete años desde el primer experimento conocido, el de He Jianku que mencionábamos, y, por lo que se sabe, aunque el científico se enfocó en el gen correcto, no habría podido crear la mutación exacta asociada con la resistencia al VIH. En cambio, habría creado modificaciones genéticas nunca antes vistas, cuyos efectos son actualmente desconocidos.
Es decir, la letra chica de esta hermosa promesa de tener niños maravillosos es que también puede destrozarles la vida o hasta introducir errores en la línea que se transmitirían a las futuras generaciones.
Aunque la Organización Mundial de la Salud concluyó que crear bebés editados genéticamente era algo “irresponsable”, es claro que hay una falta de normas internacionales sobre la manipulación del ADN. Y esa anomia preocupa, por un lado, porque abre una caja de Pandora de problemas éticos y sociales; por otro, porque los costos de estos servicios generarían más desigualdad y hasta se podría pensar en una clase elitista con genes mejorados.
La realidad es que, a pesar de las discusiones mantenidas durante los últimos años, no se ha creado ningún mecanismo para asegurar el diálogo y la regulación internacional. En consecuencia, un grupo de 18 expertos de todo el mundo ha pedido una “moratoria mundial”, o sea, un aplazamiento de los experimentos en curso que puedan dar lugar a bebés editados genéticamente.
Queda mucho camino por recorrer en la investigación de los beneficios y riesgos de seleccionar el genoma en humanos, aunque la posibilidad de modificarlo para mejorar la calidad de vida debería verse como una puerta que, con cuidado, podría empezar a abrirse. Sin embargo, habrá que contener la ambición de las empresas de biotecnología y de biomedicina, que ya tienen sueños húmedos con un catálogo a todo color de bebés a la carta. Y cuidado, algunas se han quitado la careta y no solo no ocultan ese objetivo, sino que lo promocionan, y es fácil imaginar que no tendrán problema en cruzar la línea roja, cualquier línea roja que trasponga límites éticos. Porque cuando se trata de ganancias siderales, la moral es tierra de nadie.