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¿Cuáles son las perspectivas del Partido Colorado? Esta pregunta es una de las más difíciles de contestar. Hasta la noche del 30 de junio parecía evidente que los colorados estaban condenados a volver a tener una votación magra en octubre. Hoy no estoy tan seguro. Por el contrario, creo que hay razones importantes para sostener que el viejo partido de la Defensa tiene una oportunidad para renacer. Que la aproveche o no dependerá en buena medida de las decisiones de campaña que vaya adoptando Andrés Ojeda, su candidato a la presidencia.
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Si mi interpretación es correcta, la incorporación de Valeria Ripoll a la fórmula presidencial del Partido Nacional generó una fisura política que puede ser aprovechada por los colorados. La emigración de Gabriela Fossati desde filas nacionalistas hacia tiendas coloradas es todo un símbolo. Según Andrés Ojeda, la actitud de la exfiscal “inauguró el puente” entre los dos partidos tradicionales. La confusión y la molestia existentes en buena parte de la estructura del Partido Nacional (sobre todo en el herrerismo tradicional) puede propiciar un movimiento migratorio de electores hacia sus socios dentro de la coalición.
El candidato colorado lo sabe. Ya envió señales hacia los electores blancos durante la campaña hacia las primarias, cuando tomó el riesgo de mencionar a Luis Lacalle Pou como su principal referente político. Pero, de cara a la segunda etapa del proceso electoral, subió la apuesta: modificó la estética de su campaña incorporando el color celeste. Esta expectativa tiene una base teórica y empírica consistente. Poco a poco, en un proceso que se inició a fines de la década de los 80 y se consolidó con la reforma de la Constitución en 1996, las otrora tan sólidas fronteras entre blancos y colorados se han vuelto muy porosas. Hemos asistido a la progresiva conformación de un nuevo “nosotros”, de una nueva identidad política, la de la Coalición Republicana. Sabemos que la volatilidad entre bloques es baja. El costo de dejar de votar, por ejemplo, a colorados o blancos para apoyar al Frente Amplio, o viceversa, es elevado. En cambio, la volatilidad electoral dentro de cada bloque es alta. Ojeda, por cierto, encarna muy bien esa nueva identidad política: dice, y repite, “soy nativo coalicionista”.
Ojeda tiene una inesperada oportunidad. Me pregunto cuál será su estrategia de aquí en más. A diferencia de Álvaro Delgado, que buscó sorprender y “enamorar”, su primer movimiento fue asegurar la unidad del Partido Colorado incorporando a Robert Silva en la fórmula presidencial. El siguiente, desde mi punto de vista, es virar desde el look del precandidato juvenil hacia el porte exigido a un candidato a la presidencia. Para decirlo de un modo sencillo, Ojeda debería intentar parecerse más al Lacalle Pou de la campaña de 2019 (el que recorrió el país con los programas de los demás partidos con los que aspiraba a construir una coalición de gobierno) que al del 2014 (el que desafió a Tabaré Vázquez haciendo “la bandera”).
Para construir una imagen de verdadero presidenciable, el candidato del Partido Colorado tiene tres desafíos adicionales. En primer lugar, debe mostrar equipo. Los colorados fueron el gran partido de gobierno de Uruguay. Fueron, durante muchos años, una verdadera escuela de gobernantes. Por eso mismo pudieron aportarle al gobierno de coalición sustento político y técnico en áreas de la mayor importancia (economía, educación, interior, políticas sociales, relaciones internacionales, entre otras). Ojeda tiene en quienes apoyarse para ofrecer un equipo de gobierno sólido. Ya está en eso. El exministro de Economía Luis Mosca coordinará los equipos técnicos del Partido Colorado.
El segundo desafío es construir acuerdos programáticos dentro de su partido. Los colorados tienen mucho en común (desde la vocación modernizadora hasta la weberiana “ética de la responsabilidad”). Pero también han tenido, a lo largo de la historia reciente, diferencias internas no triviales como las que separaban a Julio María Sanguinetti de Jorge Batlle. Esas diferencias todavía son visibles (alcanza con comparar los discursos “foristas” de Robert Silva con los “jorgistas” de Gabriel Gurméndez). En algunos temas, no son nada sencillas de resolver. Pienso, por ejemplo, en la distancia conceptual entre el enfoque de la seguridad ciudadana de Gustavo Zubía (con su énfasis en la “mano dura”) y el de Diego Sanjurjo (que apela a políticas públicas basadas en evidencia). Por cierto, los colorados no son los únicos en tener diferencias internas. Pero, dado que es un candidato nuevo, Ojeda tendrá que hacer un esfuerzo especial para que su propuesta resulte persuasiva.
El tercer desafío es el de explicarles a los electores en solo cuatro meses lo que la elite colorada no quiso o no supo argumentar con claridad durante los cuatro años previos. Me refiero a por qué la ciudadanía podría esperar que una coalición encabezada por el Partido Colorado podría llevar adelante mejor la agenda “republicana” que una liderada, de nuevo, por el Partido Nacional. No es sencillo encontrar el tono justo. Si no toma distancia de la gestión del Partido Nacional, no seduce a potenciales migrantes. Si confronta en exceso, puede volar el puente con los electores nacionalistas que hace tiempo intenta construir. ¿Qué decisiones o políticas públicas del gobierno de Lacalle Pou no compartió? ¿Cuáles son, según él, las fortalezas y debilidades del gobierno que termina? Ojeda debe poder responder con claridad y sin ambigüedades este tipo de preguntas.
En verdad, los tres desafíos son complicados y pondrán a prueba su capacidad de liderazgo. Construir equipo, zurcir diferencias internas y competir con los blancos son tareas muy delicadas. Durante la elección primaria, Ojeda lo hizo muy bien. Sorpresivamente, al resolver la ecuación de la fórmula presidencial, el Partido Nacional cometió un error no forzado y le regaló una oportunidad de quiebre. ¿Podrá concretarlo?