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    Despacio, salen libros

    En el fondo, lo que inquieta a quienes lamentan la desaparición de las librerías no es solo la pérdida de un negocio, sino la desaparición de otro lugar, uno más, donde todavía ocurren encuentros cara a cara y conversaciones imprevistas

    Columnista de Búsqueda

    Mucho antes de ser librero, Sergio Franctchez había ejercido de escribidor de postales por encargo. No por dinero, sino porque tenía un almacén frente al hospital de Mercedes adonde los jueves llegaban mujeres obligadas a someterse a la revisión médica para seguir ejerciendo el oficio. En realidad era Ana Rosso, su compañera, quien atendía el mostrador; él vendía autos y motos en otro local.

    Fue un jueves durante la dictadura cuando una de aquellas mujeres cruzó desde el hospital a comprar algo en el boliche y descubrió unas tarjetas navideñas en oferta. Sería julio o agosto, faltaba medio año para Navidad, pero le gustó la idea de regalar una. Dijo que era para su marido pero, como no sabía escribir, pidió ayuda. Sergio la miró y le preguntó, tratando de encontrar la inspiración: “¿Y cómo es ese hombre?”.

    La muchacha se llamaba Lola. Corrió la voz del hallazgo entre las otras y en los días siguientes Sergio recibió nuevos pedidos. Fue así como las postales conocieron un breve auge.

    Tiempo después el almacén cerró. En Mercedes empezaban a instalarse comercios con ofertas tentadoras. Llegaban las grandes superficies comerciales. Los clientes compraban donde estaban las luminarias y recurrían al almacén para pedir fiado. Hasta que finalmente Ana y Sergio decidieron cambiar de rubro: abrieron una librería.

    Durante ocho años Ana llevó adelante su idea de una librería “descentralizada”, que extendía sus brazos hacia el barrio y se apoyaba en la biblioteca Eusebio Giménez para convocar a las charlas con escritores. Tan volcada hacia afuera estaba que a Sergio, quizá por resabio de su oficio de vendedor de autos, se le ocurrió colocar un cartel que decía “Despacio, salen libros”. Fue un tiempo fermental. Les dejó un puñado de anécdotas y las visitas de Mario Delgado Aparaín, Carlos María Domínguez, Ignacio Martínez, Carlos Liscano, Juan Antonio Varese, Henry Trujillo, Helena Corbellini y la fotógrafa Nancy Urrutia, entre otros.

    En la novela La librería de Penelope Fitzgerald, un vecino le comenta a Florence Green, la protagonista: “Dicen por ahí que usted está a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles”. Algo de ese temple debería tener una persona dispuesta a escribir postales de amor por encargo o ser librera.

    En nuestro imaginario las librerías son una burbuja espiritual. Las pensamos como lugares de disfrute y evasión. En esos metros cuadrados, el dinero, cuando existe, apenas se nota. La literatura y el cine, por su parte, se han encargado de perfilar personajes entrañables, capaces de plantar una librería solitaria en lo alto de una colina o de una antigua casona de pisos crujientes. A veces la realidad les da la razón. Es el caso de Eclipsamor, en Rivera, la librería que hace tres años abrieron Celia Paredes y Jeniffer Baliente. Su fuerte son los libros de segunda mano; su singularidad, atraer lectores en español y en portugués, prestar libros e inventar actividades. “Es nuestra manera de pararnos frente al mundo”, dice Celia.

    Eclipsamor, librería en Rivera.

    Eclipsamor, librería en Rivera.

    En Artigas, Jorge Fagúndez atiende La Quimera, la única librería de la ciudad, dedicada a la venta de libros nuevos y usados. Jorge se instaló con una mesa y un gazebo junto a dos dinosaurios de la plaza. Era plena pandemia y él tenía 19 años. Más que dispuesto a lo inverosímil, ha sido un motor de creatividad para adaptarse a los cambios. Inventó el Quimera Fest, un encuentro que reúne música, danza, espectáculos y feria de libros. En la primera Quimera Fest, jóvenes y adolescentes hacían cola para entrar y por suerte ellos siguen siendo su público más fiel.

    En estos últimos meses las librerías independientes han sido tema de discusión y hasta de un proyecto de ley. ¿Se podrán mantener en su fantástica burbuja o habrá que pensar seriamente en el dinero? Según un informe del Cerlalc (ya medio antiguo porque fue publicado en 2012), las librerías a cargo de un librero-lector, interesado en ofrecer a sus clientes un saber universal, pertenecen prácticamente al pasado. Ningún librero podría soñar con ofrecer todas las novedades de la abrumadora producción editorial del presente. “Sostener artificialmente la librería independiente y el oficio de librero como hoy lo conocemos es tan equivocado como proteger el yunque, el martillo y la figura del herrero (…); es convertir a la librería en un objeto propio de museos y en un monumento a la nostalgia”, dice el informe.

    Es razonable el análisis. Aunque también ocurre que estos informes terminan por confirmar la realidad e indirectamente colaboran en legitimarla. Cualquiera que diga lo contrario será considerado un ingenuo. No solo en el rubro librerías, en cualquier otra área, por más disfuncional o injusta que nos resulte la realidad, el punto final de la discusión lo pone la palabra mercado. Ese mercado que se ha vuelto nuestro guía irrefutable, del que muchos sacan provecho y otros nada, que domina nuestra voluntad y al mismo tiempo depende de nuestras acciones.

    En el fondo, lo que inquieta a quienes lamentan la desaparición de las librerías no es solo la pérdida de un negocio. Es la desaparición de otro lugar, uno más, donde todavía ocurren encuentros cara a cara y conversaciones imprevistas. ¿O será que nos inquieta perder el decorado fotogénico de las estanterías con gatos o la versión edulcorada de una librería que tanto seduce a la industria cultural? Me vienen a la mente ciertas novelas de moda, ambientadas en librerías o pequeños negocios. Las llaman cozy books o feel good, incluso “libros sanadores”, como si vivir se tratara de una enfermedad y la literatura fuera su medicina. Mis días en la librería Morisaki y Una velada en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, pertenecen a esa familia. El resto ya se sabe: portadas color pastel, baja conflictividad y al menos un gato en la vidriera. Es la librería convertida en estampa, la supremacía del parecer sobre el ser, la Venecia vacía.

    La librería viva, en cambio, no promete calma. Acoge a miserables y soberbios, sanos y torturados. Quien entra en ella —los gatos siguen sin saber leer— tanto encuentra la cura como reabre una vieja herida. Allí todavía acecha el destello de lo inverosímil agazapado entre los estantes, la singularidad. Hace casi un siglo Stefan Zweig escribió en Mendel, el de los libros: “Todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme”. Que la frase siga vigente y haya personas empeñadas en abrir una librería nos da esperanza. Todavía quedan rincones donde los libros pasan de mano en mano, se tocan, se huelen y vuelven a casa con nosotros.