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    El dólar y la otra agenda urgente

    El Banco Central puso la política monetaria en fase expansiva y anunció que está dispuesto a comprar dólares, aunque quedan pendientes medidas que afecten de manera más estructural la productividad y la competitividad del país

    La persistente caída de la cotización del dólar en la plaza local tomó una intensidad tal que, finalmente, sacó a las autoridades económicas del sopor veraniego. Es cierto que hace algunas semanas habían empezado a reconocer, a la luz de ciertos indicadores, que allí había un problema serio y que los reclamos por el “atraso cambiario” que llegaban desde el sector agroexportador tenían sentido. Pero es posible que la reacción haya sido tardía e incompleta.

    El Banco Central (BCU) corrió para el lunes 26 el Comité de Política Monetaria (Copom), fijado originalmente para un par de semanas después, y en esa oportunidad su directorio resolvió un recorte de la tasa del 7,5% al 6,5%. Fue una baja agresiva que puso la política monetaria en terreno expansivo, lo cual, más allá de la efectividad que la medida pueda tener en un mercado financiero como el uruguayo y el abundante fondeo disponible en los bancos para prestar, era un sendero que, probablemente, hubiera sido mejor empezar a recorrer desde antes.

    Las autoridades bancocentralistas transmitieron también que el organismo está dispuesto a comprar dólares en el mercado para evitar que la cotización de la divisa siga cayendo, no como un objetivo en sí mismo, sino para que la inflación no se aleje mucho más —por debajo— de su meta de 4,5% anual. Otra vez: habrá que ver si estas intervenciones cambiarias ocurren y qué efectividad logran, porque, en definitiva, el BCU no puede afectar tendencias que provienen desde el exterior, aunque sí, eventualmente, morigerarlas.

    Sin embargo, de lo que no se habló en estos días fue de otras medidas que influyen en el tipo de cambio, como el gasto público, que este gobierno —alegando una postura “de izquierda”— se ha rehusado a abatir. Allí está una de las raíces de los problemas de competitividad del sector productivo nacional; en el combustible caro que, entre otras cosas, financia las pérdidas del negocio del pórtland; en una plantilla pública que no para de crecer pese a que, afortunadamente, cada vez hay más trámites digitalizados; o en el uso de recursos públicos en políticas y programas, la mayoría de las veces sin evaluación de resultados.

    Por tanto, la discusión del verano no debería ser solamente en torno al valor del dólar, del “atraso cambiario” o de cómo sostener el logro de una inflación alineada con la meta y expectativas ancladas de los agentes económicos. Si, como pretende el ministro de Economía, Gabriel Oddone, Uruguay quiere pasar del “declive” al “despegue”, deberán ponerse cuanto antes en discusión reformas profundas en el sector público y también en el privado no transable, que saquen a la economía uruguaya de su actual anquilosamiento. Además, esas transformaciones serán imprescindibles para que el sector productivo pueda sacar provecho de los avances recientes en materia de inserción comercial internacional —todavía con ciertas incógnitas— y reducir los riesgos para aquellos rubros que hoy son menos competitivos. Oddone dio algunas señales positivas esta semana, pero no pueden quedar en palabras.

    Casi finalizando el primer año de gestión y ya con la desgastante discusión presupuestal saldada, desde el inicio de este segundo año el gobierno debería poner en un lugar preponderante esta urgente agenda procrecimiento y competitividad. Después puede ser tarde.