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Disfruto los mundiales aunque siga sin entender demasiado de fútbol y, mientras los expertos cuentan pases, analizan esquemas tácticos y discuten si convenía aplicar más presión arriba, me quedo observando desde los márgenes, desde el lugar donde aparecen casualidades imposibles, gestos involuntarios, las pequeñas miserias del poder de turno, las fotos improbables y las escenas que ningún entrenador pudo preparar
Como tantos uruguayos, crecí en una casa donde el fútbol era menos un deporte que el clima de los fines de semana. Esos días tenían un sonido propio: el murmullo de las transmisiones, las discusiones arbitrales, los gritos de gol tan diferentes según el relator de turno, y la seguridad, transmitida de generación en generación, de que el juez siempre cobraba para el otro bando. Nunca logré contagiarme. Ni cuando todavía nos ilusionábamos con ganar algún campeonato regional ni ahora, resignados a esta melancólica administración de la mediocridad que ofrece nuestro fútbol doméstico.
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Pero ya se sabe: no todo es fútbol en el fútbol. Los mundiales tienen el raro talento de seducir incluso a quienes no sabemos distinguir un doble cinco. Durante un mes consiguen que el planeta entero comparta un tema de conversación, y así uno descubre que alrededor del fútbol sucede tanto o más que adentro de la cancha.
Cuando mi hija me mostró las fotos de un joven Lionel Messi bañando a un bebé llamado Lamine Yamal reaccioné con la desconfianza que me da vivir en tiempos de inteligencia artificial y fake news. “Es falso”, pontifiqué sin mirarlas dos veces. Una estafa sensiblera, sentimentaloide, demasiado ñoña para ser cierta. Horas después tuve que hacer un apurado ejercicio de humildad y tragarme mis palabras porque aquellos eran, efectivamente, Messi y Lamine, en carne, hueso y burbujas. La realidad, una vez más, decidió escribir un guion que cualquier editor habría rechazado por ridículo, por imposible.
Me enterneció Jordan Pickford, el arquero inglés, con su trencito escolar adherido a una botella de agua con las preferencias de cada jugador para tirar los penales. Hay algo profundamente contemporáneo en esa imagen: hasta el heroísmo deportivo necesita indicaciones o estadísticas de la mano de un Post-it.
¿Cómo no mencionar, aunque sea al pasar, el entretiempo de la final? Se promocionó como “el primer gran show del medio tiempo de una final mundialista”, un título rimbombante para una versión futbolística del Super Bowl. Madonna, Shakira, Justin Bieber y no sé quiénes más, como si un partido por la Copa del Mundo necesitara convertirse, de pronto, en un ruidoso y colorinchudo parque temático con videoclips incluidos. Una fiesta desmesurada, barullenta, totalmente en inglés, aunque la final se disputara en español. Un espectáculo que parecía concebido como tributo a los espectadores de una de las naciones organizadoras, aquellos que deben de sentir el horror vacui de 15 minutos de silencio.
El vergonzoso gesto de Donald Trump llamando a Gianni Infantino para retirar una tarjeta roja lo dejo sin comentar: hay más y mejor del mismo personaje, que asegura no entender nada de fútbol, aunque haya hecho esfuerzos admirables por convertirse en protagonista del torneo. Sí, hay gente que es incapaz de asistir a un cumpleaños sin creerse en la obligación de soplar las velitas. Y qué decir de su molesta omnipresencia en la cancha, el empeño por filtrarse en las fotografías de los campeones, ese aire de turista desnorteado que se coló en un casamiento donde no conoce a nadie.
La actitud del presidente de los EE.UU. alcanzó su versión cúlmine cuando Rodri, con una mezcla de cortesía y firmeza que solo dominan los maestros de escuela y los capitanes de equipo de fútbol, tuvo que indicarle que se apartara antes de levantar la copa. Trump no tuvo más remedio que obedecer. Gracias, Rodri, no todos los días vemos el milagro de mover del centro del cuadro a un hombre que hizo del centro del cuadro una forma de gobierno.
Y una imagen final e inolvidable: Marc Cucurella saliendo del vestuario con lo que de lejos parecía la Copa del Mundo guardada en una bolsa de plástico. No, no era la original, apenas una réplica hecha con piezas de Lego. Pero así y todo la foto es un símbolo, un punto final a la épica, a la heroica contienda de los dos equipos, y funciona como metáfora de la clausura de la celebración. Ningún protocolo de la FIFA puede competir con la capacidad de una bolsa de plástico para devolver las cosas a su dimensión cotidiana.
Decía que disfruto los mundiales aunque siga sin entender demasiado de fútbol y, mientras los expertos cuentan pases, analizan esquemas tácticos y discuten si convenía aplicar más presión arriba, me quedo observando desde los márgenes, desde el lugar donde aparecen casualidades imposibles, gestos involuntarios, las pequeñas miserias del poder de turno, las fotos improbables y las escenas que ningún entrenador pudo preparar.
Al cabo de unos años casi nadie recordará cómo terminó un partido de octavos o quién hizo el segundo gol de una semifinal. Pero es seguro que no olvidaremos a Messi bañando a un bebé que termina siendo Lamine Yamal, a un arquero estudiando penales de su botellita de agua, a Trump expulsado de la foto de los campeones. Los goles pertenecen a las estadísticas, esas escenas, en cambio, terminan siempre prendidas a nuestra memoria.