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    ¿Liberalismo centrista?

    El liberalismo centrista ha ido perdiendo identidad y construcción de capital político y social propios, y se ha visto arrastrado a posicionamientos políticamente “correctos”

    Fernando Vallespín, catedrático emérito en la Universidad Autónoma de Madrid, asevera que “el centro no existe, al menos si lo comparamos con las categorías de izquierda o derecha, que suelen tener un carácter identitario” y que más bien suponen la adscripción a un visión binaria en el mundo de la política y sin que necesariamente se indague en su porqué. El centro podría carecer de un ethos propio en la medida que se lo conciba como un punto medio de convergencia y síntesis entre sensibilidades y posiciones más orientadas a la izquierda o a la derecha. Ciertamente esta posición, por así decirlo, de justo medio aristotélico se define doctrinariamente de múltiples maneras, tales como liberalismo progresista, socialdemocracia o liberalismo social. En cualquiera de las variantes, el ADN del centro es el liberalismo como filosofía política, que abriga un rango relativamente amplio de opciones y disyuntivas de política pública sobre el encare de lo social.

    Visto en perspectiva histórica, el centro tiene su razón de ser y hacer cuando se lo concibe como la búsqueda de acuerdos políticos y sociales, componedores y propositivos, entre diversidad de actores e instituciones. También implica la búsqueda de conciliar igualdad con libertad, competitividad con cooperación, inclusión con cohesión o libertad personal con responsabilidad social.

    En particular, los desarrollos de la socialdemocracia como una variante del liberalismo, principalmente aquellos casos acaecidos en Europa en la segunda mitad del siglo XX, dan cuenta de éxitos significativos y perdurables en lograr condiciones de bienestar y desarrollo que implicaron modernización, progreso e igualación. Ciertamente también hubo avances de similar tenor en la primera mitad del siglo XX. Uruguay es un claro ejemplo, que, sustentado en la impronta batllista, se anticipó en buena medida al brillar de la socialdemocracia en la Europa de posguerra.

    No obstante lo cual, los múltiples coletazos de este siglo, fundamentalmente a partir de la crisis financiera mundial del 2008, así como la irrupción de las nuevas agendas de derechos vinculados, entre otros aspectos, a las identidades y al género, impactaron en el liberalismo centrista. Se da una mezcla peculiar y compleja que puede implicar: i) la adscripción a planteamientos económicos ortodoxos de corte neoliberal que tienden a sacar responsabilidades al Estado así como promover la desregulación y la disminución del gasto y de la inversión pública; ii) un revivir del keynesianismo orientado a fortalecer la inversión y el gasto social, y a mejorar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables y de las clases medias, y iii) el desarrollo de una agenda social progresista en torno a los denominados nuevos derechos vinculados a las identidades y a la diversidad de género, con foco en fortalecer el feminismo como asunto transversal a la sociedad y de responder a múltiples preocupaciones planteadas por el colectivo LGBTIQ+ (que incluye transexuales, transgénero, travestis, intersexuales y queer).

    El centro se ha ido enredando, en alguna medida, asumiendo posiciones que a la vez podrían verse como ortodoxas y proinversión en lo económico e identitarias en las políticas sociales, y con cierto descuido de las políticas orientadas a mitigar la pobreza y a disminuir la desigualdad social, y al sostén de las clases medias.

    El liberalismo centrista ha ido perdiendo identidad y construcción de capital político y social propios, y se ha visto arrastrado a posicionamientos políticamente “correctos” que sintonizan más con las demandas de grupo de poder y corporativos que con el sentir de la gente. Más aún, el desdibujamiento del centro se ve afectado, dado que las polarizaciones entre izquierda y derecha ya no se vertebran tan claramente en torno a los ejes igualdad y libertad, Estado–mercado o sensibilidad progresista o liberal, sino más bien son reflejo de enfrentamientos crispados en torno a valores y estilos de vida, y a mutuas cancelaciones y negacionismos. Como paradoja, esta polarización podría esconder denominadores comunes entre los extremos de derecha e izquierda al tratar de usar el Estado para favorecer o discriminar personas, ciudadanos, grupos y comunidades, o para defender a capa y espada políticas identitarias de diferente signo.

    Fareed Zakaria, columnista del diario Washington Post en temas de política exterior y conductor del programa semanal Fareed Zakaria GPS (Global Public Square) en CNN y CNN International, arguye en favor del centrismo bajo el título provocador To beat socialists and populists, liberalism must get radical —en español, “Para vencer al populismo y al socialismo, el liberalismo debe volverse radical”—. Zakaria sostiene que en la actualidad la crisis del liberalismo como opción de centro yace en no abandonarlo, sino en recuperar su espíritu radical, esto es, de posicionarse claramente y sin medias tintas frente al cúmulo de situaciones y resultados que desvirtúan su sentido (https://www.washingtonpost.com/opinions/2026/06/27/why-liberalism-is-losing-socialists-populists/ ).

    Precisamente Zakaria alude al escritor, historiador y columnista británico Adrian Wooldridge, quien en el seminal libro The Revolutionary Center: The Lost Genius of Liberalism —en español, “El centro revolucionario: el genio perdido del liberalismo”—, publicado en el 2026, asevera que el liberalismo otrora fue la fuerza más radical en política enfocada en combatir los privilegios heredados, el monopolio del poder, la aristocracia, la autoridad clerical y los gremios cerrados. Zakaria agrega, y con referencia principalmente a Estados Unidos, que el liberalismo se identifica con el poder, esto es, las grandes universidades, fundaciones, medios de prensa, corporaciones y burocracias. Quizás no se advierten los peligros de una meritocracia cristalizada en su propia aristocracia que puede erosionar, sin una explícita intención, la democracia, la inclusión y la convivencia sustentada en compartir valores y espacios comunes.

    El liberalismo se ha ido consumiendo y encapsulando en posiciones y agendas que reflejarían predominantemente intereses de grupos específicos, y muy distanciados de las preocupaciones del ciudadano. Como asevera Wooldridge y en clara alusión a Estados Unidos, “los liberales se convirtieron en el establishment y comenzaron a tener todos los fallos congénitos de un establishment, que es que se volvieron egoístas, autocomplacientes, nepotistas y desconectados de la gente común” (https://www-niskanencenter-org.translate.goog/recovering-the-lost-genius-of-liberalism-with-adrian-wooldridge/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc ).

    El liberalismo no tendría respuestas robustas o, más genéricamente, carecería de vitalidad para responder efectivamente a los temas que Zakaria menciona, es decir, consolidación corporativa, crecimiento desmedido de la desigualdad y algunos comportamientos individuales que pueden ser socialmente destructivos. El cultivo y la protección de la libertad no solo pueden ser sofocados por un Estado paternalista, sino también, como dice Zakaria, por las adicciones, los monopolios, el crimen, la ignorancia y la dependencia.

    A la luz del desafío y del deseo de que el liberalismo centrista recupere o resignifique su identidad, Wooldridge sostiene que no es cuestión de un punto intermedio entre la izquierda y la derecha. Se trata de que un verdadero liberalismo oriente, facilite, equilibre y compense, y que sea referente en la apreciación y resguardo de valores universales, comunes a todos y que, más que contraponerse a los particularismos, permita su expresión bajo marcos comunes y reglas claras en cuanto a su desarrollo y control. Se trata, como bien argumenta Zakara, de recuperar el espíritu radical del liberalismo, que se refleja, entre otras cosas, en la promoción de la competencia genuina, la meritocracia sobre bases justas, una efectiva igualdad de oportunidades y de la asunción de una revuelta pacífica contra el poder incrustado en diferentes segmentos de la sociedad.

    Wooldridge asevera que son tres los elementos consustanciales al liberalismo, a saber:

    • promover a la persona como tal, apuntalando su excelencia, la superación personal y la autoeducación, y que le permita encontrar la mejor versión de sí mismo que congenie y empatice con lo colectivo. El individualismo no es dejar a la persona a merced de las fuerzas del mercado, sino darle las referencias, los instrumentos y esencialmente las oportunidades para ejercer su libertad a conciencia;
    • el ser tolerantes con los diferentes y apreciar las diferencias, radicalmente plurales en conocer diversidad de perspectivas y renuentes a imponer dogmas o ideas. Se trata de asumir que la verdad, como noción envolvente y disputada, existe como tal alternativamente a posiciones negacionistas de realidades tangibles;
    • abrigar una actitud firme frente al poder, que sin ataduras puede resultar peligroso, y que requiere ser contenido y acotado por reglas que efectivamente se cumplan. La ausencia de regulación puede llevar a que el poder no solo erosione la democracia, sino que allane el camino hacia variantes de autoritarismo iliberal.

    El liberalismo centrista no se definiría por las clásicas diferenciaciones entre centroizquierda y centroderecha, marcadas esencialmente por cuánto de Estado o de mercado, o de sociedad civil admitido, sino por la convergencia en torno a valores que resaltan el valor de la persona como tal y su conexión a la sociedad a través de fines, bienes y espacios comunes compartidos y cuidados. Siguiendo lo aseverado por Wooldridge, “no se puede tener un liberalismo que crea en líderes autoritarios, que crea en imponer creencias religiosas a otras personas, y que crea que los colectivos importan más que el desarrollo individual”.

    O como argumenta Vallespín, haciendo referencia a la teórica política y filósofa nacida en Letonia Judith Shklar, preconizar un “liberalismo de mínimos” que, entre otras cosas, diagnostica y sugiere “formas de protegernos de las patologías a las que son propensas la acción moral y política”. O tratando de ir un poco más allá, y refiriéndose, asimismo, al historiador y ensayista británico Tony Judt, alude a la “socialdemocracia del miedo”, que podría entenderse como “un utillaje conceptual sobre el que apoyarnos para evitar y enmendar un ulterior deterioro de la libertad y la igualdad” (libro Judith Shklar y el liberalismo del miedo, Fernando Vallespín, 2026, pp. 170-171).

    El liberalismo centrista tendría que elaborar círculos virtuosos entre las dimensiones individuales y colectivas que permitan a las personas desarrollar las capacidades requeridas para que genuinamente se estimule el esfuerzo, la creatividad, la laboriosidad y el compromiso. No se trata de fomentar lobos solitarios, sino que el entramado de las políticas públicas pongan el foco en generar oportunidades para que las personas, formadas como seres libres, pensantes, cooperantes y solidarios, florezcan en la vida por sus propias decisiones y se responsabilicen por las mismas.

    Asimismo, se requiere que los partidos políticos dejen de estar atrapados en un centrismo vacuo de referencias en sí mismo, y que se define refractariamente como posiciones más a la derecha o a la izquierda. Parecería ser que las sensibilidades de unos y otros en el espectro político-ideológico se “cortarían” por gastar mas o menos sin claridad en el para qué y sin evidenciar impactos, o en dejarse seducir por populismos cortoplacistas de transferencias sin soporte programático y contraprestaciones, o de ser representantes de intereses de grupos de poder. Transitar este camino lleva al ocaso del liberalismo centrista, y allana el camino para que los experimentos autoritarios empiecen a hacer mella en las generaciones más jóvenes.