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En el entrenamiento del jueves, el entrenador para el ejercicio señala un error. Pregunta cómo se sintió el movimiento desde adentro. Corrige la postura, vuelve a mirar, toma nota. Eso pasa en los entrenamientos de fútbol, de básquetbol, de rugby, en cualquier equipo que funcione, en cualquier nivel. Nadie en ese vestuario interpreta que el entrenador está controlando porque no confía. Al revés. Si el entrenador dejara de mirar, si empezara a ausentarse de las prácticas con el argumento de que confía en el grupo, eso sería la señal de que algo se rompió. El jugador que entrena sin que nadie lo vea no se siente autónomo. Se siente abandonado.
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Ahora traslada esa imagen a una reunión de trabajo. Un director que pregunta cómo avanza el proyecto dos semanas después de haberlo asignado. Una coordinadora que pide un informe de avance antes de la fecha de entrega. Un gerente que agenda una revisión intermedia sin que nada esté saliendo mal. En muchas organizaciones uruguayas ese comportamiento genera incomodidad. En el sector público es más que frecuente, pero no solo ahí. Se lee como señal de desconfianza. Como vigilancia. Como que el que pregunta está dudando de quien ejecuta.
Ahí hay una confusión. Y deberíamos mirarla de cerca porque no es poca cosa en nuestra cultura.
La confianza es una calidad del vínculo. Creo en tu intención, en tu capacidad, en que vas a hacer lo que dijiste. El seguimiento es una práctica del trabajo. Quiero saber cómo vas, qué dificultades aparecieron, qué necesitás. Son dos cosas que operan en planos distintos. Que alguien te haga seguimiento no dice nada sobre si confía en vos. Dice que le importa lo que estás haciendo. El entrenador de básquetbol que detiene un ataque y corrige el dibujo del equipo no está desconfiando del armador. Está haciendo su trabajo.
Pero en la cultura laboral uruguaya ambas cosas se fusionaron. Y cuando algo se fusiona así, deja de ser pensable por separado. El seguimiento quedó cargado con una sospecha que no merece, y la ausencia de seguimiento quedó revestida de una virtud que tampoco tiene.
Hay razones para que esto ocurra acá y no en otros lados.
Uruguay tiene una cultura del trabajo marcada por la horizontalidad. Nadie es más que nadie. Eso es un valor genuino, y en muchos contextos es lo que hace a este país un lugar más decente para vivir. Pero en el terreno organizacional esa misma horizontalidad puede convertir el pedido de cuentas en un gesto ilegítimo. Quien pregunta cómo va corre el riesgo de parecer el que se cree más. La presión cultural va en sentido contrario al seguimiento.
Es el mismo código operando en otro registro. Si alguien vuelve con un doctorado de una universidad importante, el gesto es conocido: “sí, pero yo lo conocía de chiquito, jugábamos juntos”. El logro se nivela. La diferencia se aplana. No necesariamente por mala intención, sino porque eso es lo que hace la horizontalidad cuando no tiene límites y convierte la excelencia en algo incómodo de reconocer.
A eso se le suma algo más silencioso. La buena onda como sustituto de la estructura. En muchos equipos, el vínculo personal cumple la función que en otros contextos cumple el sistema. El trato, el almuerzo compartido, el “somos todos amigos acá”. Mientras la relación sea buena, no hace falta preguntar. Preguntar podría enfriar el ambiente. Y enfriar el ambiente es casi tan grave como no entregar resultados.
El sector público lleva esto al extremo. La estabilidad laboral sin evaluación de desempeño, los cargos que protegen de cualquier consecuencia, la ausencia de métricas de resultado en la mayoría de los organismos. Todo eso construye condiciones donde el seguimiento no tiene lugar natural. Y quien lo instala no es visto como alguien que quiere que las cosas funcionen. Es visto como alguien que quiere controlar y que no “entiende cómo son las cosas acá”.
Las organizaciones educativas concentran esto con una ironía que duele un poco. Son instituciones cuya razón de ser es el aprendizaje y la mejora continua. Y en muchas de ellas, preguntar cómo le está yendo al equipo docente puede sentirse igual de incómodo que preguntar cómo va el proyecto en cualquier otra organización.
Acá aparece el argumento que siempre surge. Es que en el deporte hay un partido el domingo. Hay resultado visible, hay tanteador, hay consecuencias claras. En una organización no.
Es verdad. Pero el argumento va en la dirección equivocada. El seguimiento no existe porque hay partido. Existe porque sin él no hay aprendizaje. La práctica del jueves no le sirve al equipo porque el domingo hay que ganar. Le sirve porque es el momento en que alguien mira, detecta lo que no funciona y ayuda a corregirlo antes de que cueste caro. Las organizaciones que eliminan ese momento no ganan autonomía. Pierden la única oportunidad de mejorar mientras todavía se puede.
Y hay algo más, que cuesta más decir. El líder que no pregunta cómo va no siempre está siendo generoso. A veces está siendo cómodo. Preguntar implica enterarse. Enterarse implica tener que actuar. Y actuar puede generar incomodidad. Corregir, redirigir, tener una conversación difícil. Es mucho más fácil decir “yo confío” y no saber nada. Lo que llamamos respeto a la autonomía es, en muchos casos, evitación del conflicto disfrazada de virtud.
El costo lo paga el equipo. La persona que trabaja sin que nadie le pregunte cómo le va no está siendo respetada. Está siendo ignorada. Y la diferencia entre las dos en el desarrollo de una persona y los resultados de su trabajo son gigantes.
El entrenador que deja de mirar el entrenamiento no libera al jugador. Lo deja solo con sus errores.