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Los uruguayos, para intentar avanzar en serio de una buena vez por todas, deberíamos o declarar que Maracaná ha muerto o directamente matarlo como nuestro padre simbólico
Casi todos los uruguayos que lo vivieron recuerdan qué estaban haciendo en ese momento y quiénes estaban con ellos. También la forma en la que festejaron. Y los que no, los que nacieron poco o mucho después, conocen relatos de todo tipo de lo que ocurrió aquella tarde. Fue un antes y un después, un punto de quiebre. Como si hubiera nacido una nueva forma de asumirse como país.
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Uruguay campeón del mundo en el Estadio de Maracaná, ganándole de atrás al anfitrión, Brasil, el gran favorito y que ya tenía todos los festejos preparados. ¿Quién no conoce esa historia? ¿Quién no sabe los detalles? ¿Quién no vio alguna vez la pelota entrando al arco brasileño luego de un remate de Alcides Ghiggia, dándole el triunfo a la Celeste?
De todo se comenta de aquel 16 de julio de 1950. Que el capitán uruguayo Obdulio Varela se puso la pelota abajo del brazo para enfriar el partido. Que antes de salir a la cancha otro jugador animó a sus compañeros con la frase “los de afuera son de palo”. Que ya había medio millón de remeras con la inscripción de Brasil campeón. Que muchos de los espectadores se fueron llorando. Que al golero de Brasil, de apellido Barbosa, le hicieron la vida imposible desde ese día. Que esto, que aquello, una historia muy difícil de superar.
Tanto que para los uruguayos fue como una prueba de inmortalidad. Hasta el día de hoy miramos hacia esa tarde de mediados de 1950 en Río de Janeiro cada vez que queremos destacar nuestra hidalguía y entereza. David contra Goliat pero en versión futbolera. La gloria más absoluta en la historia de los mundiales y también de las hazañas deportivas. El Maracanazo, una leyenda viva.
Pues llegó la hora de aniquilarla. Hay que matar de una buena vez por todas el espíritu de Maracaná. Decirle que gracias por todo, pero que ya pasaron más de 75 años y que no podemos seguir abrazados a lo que ocurrió hace tanto tiempo. Que todo aquello fue increíble, como de otro mundo, pero que con el diario del lunes es probable que nos haya hecho un poco de daño como nación.
¿Por qué? Porque nos lo creímos. Pensamos que después de eso teníamos prácticamente el cielo ganado. Que siempre íbamos a ser competitivos y que nuestro poder de resiliencia era infinito. Incorporamos la idea de que la camiseta celeste hacía magia, que era capaz de las hazañas más imposibles, y nos descansamos en eso. Total, al final siempre puede aparecer la garra charrúa y salvarnos, sentimos.
Nos hizo mal. Después de ese campeonato mundial ganado hace más de 75 años la curva ha sido descendente. Nunca más obtuvimos una copa del mundo ni tampoco llegamos a otra final. Pero ese espíritu triunfalista también nos hizo descuidar muchas otras áreas, convencidos de que no era necesario aumentar los esfuerzos porque los triunfos iban a aparecer igual, gracias a nuestro supuesto carácter guerrero, que no se achica ante nadie.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche escribió el enunciado “Dios ha muerto” a fines del siglo XIX como forma de procurar que la humanidad se abriera paso al surgimiento del superhombre. Su idea era que para superar la mediocridad había que eliminar el concepto de un Dios todopoderoso, y que el nuevo hombre asumiera una libertad absoluta y desde ese lugar creara sus propios valores, basados en la vida terrenal.
Liberarse, decía Nietzsche, implica sacarse de encima esa figura religiosa que todo lo controla y que todo lo puede y lo sabe. Es asumirse como único responsable del presente, protagonista del pasado y hacedor del futuro, sin dejar todo eso en manos de una fuerza superior, que lleva a la inacción.
Algo similar ocurre con la construcción de los liderazgos políticos, según sostienen muchos analistas. Un dirigente, para poder consolidarse como un líder definitivamente, primero debe hacer un parricidio, argumentan. Esto es: matar, en sentido figurado —obviamente—, a quien se haya desempeñado como su padre político y empezar a ocupar su lugar. Todos los que llegaron a los principales lugares de liderazgo de las distintas colectividades políticas lo cometieron de una forma u otra, y los que no lo hacen suelen quedar por el camino. Las pruebas están ahí, a la vista de todos, aunque para analizarlas sería necesaria otra columna.
Lo importante de estas referencias es que los uruguayos, para intentar avanzar en serio de una buena vez por todas, deberíamos hacer algo parecido: o declarar que Maracaná ha muerto o directamente matarlo como nuestro padre simbólico. Así de radical. Hay que terminar con las secuelas de esa hazaña, extirpar de nuestra memoria colectiva esa idea de que la Celeste todo lo puede, porque está siendo muy contraproducente para nuestros intereses actuales.
Maracaná es como nuestro Dios o como nuestro padre político. Casi nadie se le anima. Es como una especie de vaca sagrada. Quizás porque fue la culminación de medio siglo de crecimiento de Uruguay en muchos aspectos, como llegar a la cúspide de un edificio al que nos costó mucho subir y que nos colocó en un lugar central a nivel mundial. Cuando ocurrió el Maracanazo éramos una de las economías más fuertes del mundo, estábamos muy avanzados en materia social, nos habíamos transformado en un país de ejemplo y de vanguardia.
Tan así fue que nos paramos arriba de ese edificio y dejamos de movernos, como si ya hubiéramos llegado a nuestro destino. Pero alrededor de ese edificio se fueron construyendo otros que lo dejaron por allá bajo. Todos siguieron avanzando, buscando la forma de seguir creciendo, y para nosotros no era necesario. Total, ya teníamos el Maracaná. Primero, que alguien iguale esa hazaña, decíamos.
Capaz que por eso somos tan nostálgicos y arriesgamos tan poco, como me sugirió un lector semanas atrás, cuando me quejaba de la inacción de los uruguayos en la columna Vocación de zapallos. Tenemos la idea de que logramos algo parecido a la perfección y que es mejor dejarlo exactamente ahí, sin cambiar nada. No nos estamos permitiendo la evolución de la mejor manera. Nos transformamos en seres conservadores, inmovilizados por un pasado glorioso pero cada vez más pasado.
Pasa en todos lados. Por supuesto que en el fútbol, pero también en la política y especialmente en la administración pública, donde se acumulan las vacas sagradas centenarias que nadie se atreve a tocar. Y también en la actividad privada. Los empresarios uruguayos son muy poco arriesgados en su mayoría, cualquier movimiento bruto los aterra porque temen poner en peligro ese pasado en el que todos vivimos. Menos es más, parece ser el lema con el que actúan muchos de ellos.
Hay que cambiar. Aunque para lograrlo deberíamos enterrar Maracaná y en su lugar dejar un museo, que nos llene de orgullo cada vez que lo visitemos, pero que pase a ser solo eso: una parte ya superada de nuestra historia.