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Hace ya unos cuantos años leí uno de esos libros que conmueven; esas rarezas que aparecen muy de vez en cuando en este pálido mundo editorial plagado de efímeras intrascendencias. Se llamaba La liebre con ojos de ámbar (Acantilado, 2012) y lo había escrito un artista, el ceramista británico Edmund de Waal (Nottingham,1964). Era un libro bellamente construido, en el que el autor se sumergía en la saga de su familia materna, los Ephrussi. Les iba siguiendo el rastro a través de una colección de netsukes, que había heredado de su tío, y esas bellas miniaturas japonesas del siglo XVII se convertían en el hilo conductor de una historia personal que era a un mismo tiempo la historia de Europa.
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Ahora y una vez más, De Waal vuelve a conmovernos con Cartas a Camondo (Acantilado, 2023). La misma prosa profunda y reflexiva, la misma atmósfera intimista y, nuevamente, una historia de pasión por el coleccionismo y el testimonio de una tragedia familiar que atraviesa la historia europea y que merece ser contada.
El título no da lugar a engaños, el libro es un epistolario imaginario entre el autor y el Conde Möise de Camondo (1860-1935), cabeza de una destacada familia de banqueros judíos que llegaron a París en 1869 desde la vieja Constantinopla y que, asimilación mediante, hicieron suya la cultura francesa. Son 58 cartas que nos recuerdan el sabor y el aroma de aquella inigualable conexión que solo el ritual de la tinta y el papel es capaz de lograr, y que, de la mano de De Waal, son un canto a la belleza de los objetos y a sus viajes en el tiempo.
La idea nació cuando en 2020 De Waal fue invitado a exponer sus cerámicas en el Museo Nissim Camondo de París, esa joya escondida en el elegante y proustiano Parc Monceau y que, desde 1936, es parte del patrimonio de Francia por donación testamentaria del conde. Diseñado para la familia por el célebre arquitecto René Sergent entre 1911 y 1913, el petit hotel, y todo aquello que lo alhaja en su interior, es el más perfecto ejemplo del coleccionismo francés de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
La oportunidad de exponer allí lo llenó de ansiedad, eran demasiados puntos de contacto con su propia familia, la que incluso tuvo su residencia a pocas cuadras y confraternizó con los Camondo, en el círculo de las acaudaladas familias judías de la alta burguesía del II Imperio napoleónico. La ansiedad creció con la llegada de la pandemia, por lo que en el “tiempo muerto”, fue surgiendo la necesidad de mantener un diálogo previo con las colecciones antes de perturbar la vida latente de un lugar tan cargado de arte y de memoria.
Cartas a Camondo es, pues, una conversación imaginaria que recorre la historia de cada silla, alfombra y reloj, de cada jarrón y cada espejo, en un conmovedor diálogo sobre el poder del arte y la pasión del coleccionista. De Waal se sumerge en las entrañas de los archivos de la familia, en los inventarios, los menúes y los catálogos de las subastas; recorre el gran salón, la biblioteca y se demora con una sensibilidad única en cada mota de polvo, en la luz que puede desteñir un tapiz o en el crujido del suelo del parquet. Reflexiona, discurre, interroga y esto porque el Museo Nissim Camondo es una ofrenda a Francia, pero también es un lugar de luto. Lo habitaron el conde y sus dos hijos, Beatrice y Nissim, quien se alistó voluntario en la I Guerra Mundial como piloto de combate y murió en acción a los 25 años en 1917. Con la muerte de su hijo, el conde hizo de su casa y de sus preciados tesoros un acto de duelo y lo proyectó al futuro estableciendo por disposición testamentaria que el museo honrara su nombre y que todo en él permaneciera incambiado, suspendido en el tiempo. Un año después de su muerte, acaecida en 1935, su hija y su yerno, el músico y compositor León Reinarch —descendiente de otra ilustre familia judía de científicos—, hicieron efectiva la donación, pero aún faltaba el colofón de la tragedia. Apenas unos años después y ya con los nazis ocupando París, Beatrice, León y sus dos hijos, Fanny y Bertrand, fueron deportados al campo de concentración de Darcy y, finalmente, asesinados en Auschwitz en 1944.
A los Camondo se los tragaron las guerras y en igual medida aquella Francia que sintieron como su patria, de allí que De Waal se mueva entre el pasado y el presente, abordando los complejos entramados del antisemitismo francés —el de ayer y el de hoy—, y no sin melancolía se pregunta si el ansia por coleccionar no fue una forma de arraigar, un antídoto para la frágil vida de los objetos que, al igual que las personas, vagan por el mundo a la búsqueda de alguien que les ofrezca certeza y pertenencia.
Cartas a Camondo es un sutil tributo a la belleza de los objetos, al dolor de la pérdida y a la tenacidad de lo que permanece. En fin, una historia que merece ser contada y leída.