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    Por uno de esos milagros que también se dan, apareció en el paquete Uruguay, especialmente invitado por su carácter de presidente de la Celac, del Mercosur y andá a saber de qué otro engendro

    La reunión del Brics en Nueva Delhi es uno de los acontecimientos multilaterales del año, en este convulsionado mundo en el que (mientras la IA lo permita) seguimos respirando.

    Ya dejó de ser Brics por las iniciales de los fundadores, porque en este hermoso bouquet figuran en el florero —además de Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica— Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia. Y, como si fuera poco, además de las flores que perfuman el ambiente, otros pimpollos se agregaron al gran jarrón: Kazajistán, Malasia, Nigeria, Uganda, Uzbekistán, Vietnam, Tailandia, Bielorrusia, Cuba y Bolivia. A Bolivia se ve que todavía no la sacaron porque deben creer que el Evo sigue siendo el cacique, y a Venezuela se ve que no la incluyeron porque ahora es de la barra del Pato Donald.

    Y, por uno de esos milagros que también se dan, apareció en el paquete Uruguay, especialmente invitado por su carácter de presidente de la Celac, del Mercosur y andá a saber de qué otro engendro.

    Como sea, las noticias internacionales se han extendido generosamente en las presentaciones de los fundadores, en particular en las exposiciones de Xi Jinping sobre el determinante asunto de la IA, en virtud de lo cual le mandó a Trump todas las directas e indirectas posibles sobre el peligroso manejo de tan señalado ingrediente, el cual los chinos quieren que circule libremente, y los gringos bajo severos controles.

    Pero no ha tenido suficiente cobertura la presentación de Uruguay, que estuvo a cargo del canciller Lubetkin. Fue tan grande el interés que despertó esta presentación que Trump le mandó un WhatsApp a Xi pidiéndole al chino que conectara su teléfono en una videollamada con él, para que también Trump pudiera ver la presentación uruguaya desde Mar-a-Lago. Se comenta que Xi le dijo a Trump que “xi”, pero le pidió que no se lo contara a nadie, menos a Putin, que ya se había enterado porque estaban juntos cuando le entró el mensaje.

    El canciller uruguayo dedicó buena parte de su discurso a elogiar todo lo elogiable y a criticar todo lo criticable (desde la óptica del Brics, vamos).

    Pero la segunda parte de su presentación parece no haber sido tan apreciada por la prensa presente, porque no se vio recogida por ninguna agencia internacional.

    En ella, tras una leve carraspera para llamar la atención, Lubetkin dijo que él quería aprovechar que, entre los países fundadores y los que se fueron uniendo con el tiempo, hay más de uno cuyo nombre empieza con la letra I, y que él considera que es una injusticia que entre ellos no esté Italia.

    Se extendió luego en el análisis de las ventajas que esta inclusión tendría, porque él tiene conexiones en Italia que le permitirían neutralizar a la primera ministra, Giorgia Meloni, que seguramente no coincidiría con un 98% de lo que se ha dicho hasta ahora.

    —Yo les propongo —dijo el ministro uruguayo— que integremos a Italia sin decirle nada, y yo me ofrezco para ir a Roma, a Turín, a Génova, a Nápoles, a Salerno, a Amalfi, a Portofino y a Taormina para explicar la ingeniosa idea de que Italia sea parte del Brics sin que nadie se entere. Día 1, yo me voy a Roma y digo que voy a ver al papa, pero me escabullo y voy a visitar a unos amigos muy influyentes que yo tengo, que ayudarían a sensibilizar a la opinión pública italiana con esta novedosa propuesta. Día 2, me voy a Venecia y ahí me reúno con… ¿Me escuchan? —interrumpió Lubetkin, al tomar conciencia de que había rumores en la sala que impedían escucharlo bien.

    Xi Jinping aplaudió, y todos los demás lo siguieron por razones obvias, pero se pudo apreciar, tras este gesto, que el mandatario chino había espantado a un molesto mosquito que lo acosaba desde hacía rato.

    Lubetkin agregó que el tema presupuestal estaba cubierto sin costo para el Brics porque él ya había dado instrucciones a su ministerio en Uruguay para que le adelantaran los viáticos de los viajes a Italia de los próximos tres años, que totalizan en principio unos 17.

    —El mundo se asombrará con esta novedad diplomática tan silenciosa como exitosa —prosiguió el canciller, mientras notaba que Putin asentía moviendo su cabeza de arriba a abajo, hasta que comprendió que lo hacía porque el cuello de la camisa le apretaba.

    Putin le ordenó entonces a un ayudante que no le compraran más las camisas donde las compra Yamandú Orsi, que siempre tiene desabrochado el botón del cuello. “Quiero algo más cómodo y elegante”, agregó.

    Cuando Lubetkin daba vuelta otra de las páginas de su ingenioso plan, vio aparecer imprevistamente a la subsecretaria Valeria Csukasi, que traía un fajo de papeles en la mano. Se suscitó entonces un inesperado diálogo.

    —¿Qué hacés vos acá si yo también estoy fuera del país? ¿Quién manda en la Cancillería entonces? —dijo el ministro.

    —No te hagas problema, estamos como siempre, en ese ministerio no hay quien se ocupe de nada —respondió la viceministra.

    A continuación le explicó que había venido desde tan lejos para que el ministro le firmara un documento oficial que contiene una orden de prohibición a los legisladores para que ni se acerquen al estand de las islas Malvinas en el galpón británico en la Rural del Prado.

    —Y dice “Falkland Isles” —agregó Csukasi, por las dudas de si esos ignorantes no lo saben.

    Lubetkin asintió con entusiasmo.

    —Hay que evitar que estos anormales nos hagan meter la pata —expresó, sin explicar a quiénes se refería.

    El revuelo en la sala era considerable, nadie entendía lo que estaba ocurriendo, había miradas desconcertadas de los asistentes, cuando la subsecretaría pegó un grito.

    —¡Me parece que lo vi a Netanyahu, allá atrás de aquel biombo! Me voy para ahí, así ya me lo llevo detenido y después se lo entregamos a la Corte Penal Internacional, y capaz que nos dan algún premio —concluyó, mientras corría como desesperada rumbo a una persona que no tenía nada que ver con el primer ministro israelí.

    El caos fue tal que Xi, próximo presidente del Brics, les sugirió a los asistentes que aplaudieran al canciller uruguayo, y que consideraría que el próximo encuentro se llevara a cabo en Uruguay, en el Teatro de Verano del parque Rodó.

    —No sé si antes o después de las murgas —agregó el mandatario chino, tocando la campanita y poniendo fin a tan significativo acontecimiento.