• Cotizaciones
    jueves 16 de julio de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La fe del intelectual orgánico

    Mientras los consensos científicos son (o deberían ser), por definición, sometibles a prueba, los consensos intelectuales, con toda su laxitud, casi nunca lo son

    Columnista de Búsqueda

    En una entrevista más o menos reciente, el humorista Ricky Gervais discutía con su entrevistador Steven Colbert sobre ciencia y religión. Colbert, quien es un católico practicante, cuestionó el ateísmo científico de Gervais y argumentó que, para la gran mayoría de las personas, la ciencia es un acto de fe, ya que ninguna de ellas hizo los experimentos personalmente. Además, señaló el entrevistador, como la mayor parte de las veces el ciudadano medio no entiende de qué le están hablando, termina haciendo un acto de fe respecto a lo que le digan los expertos.

    La respuesta de Gervais fue interesante porque desplazó la cuestión de en qué se cree a cómo se valida aquello en que se cree. Su respuesta fue esta: “Bueno, pero la ciencia se prueba constantemente todo el tiempo. Verás, si tomamos algo como cualquier ficción, cualquier libro sagrado y cualquier otra ficción y los destruyéramos, en mil años eso no volvería a ser exactamente igual. Mientras que, si tomáramos todos los libros de ciencia y todos los hechos y los destruyéramos todos, en mil años todos volverían a estar allí, ¡porque todas las mismas pruebas darían el mismo resultado!”. La respuesta de Colbert fue breve: “Eso es bueno. Eso es realmente bueno”.

    El intercambio es interesante porque revela la distinta naturaleza de ambos terrenos, el de la fe y el del conocimiento científico. La principal distancia es que mientras la fe es un constructo cultural resultado de la narrativa y la tradición, que ha adquirido muchas formas específicas a lo largo del tiempo y a lo ancho de las distintas culturas, el conocimiento científico es un ejercicio de interrogación sobre la realidad que tiende a sistematizar constantes universales que ya están ahí.

    Lo que dice Gervais es que, si mañana perdiéramos todo nuestro archivo científico (algo así como cuando en la Antigüedad se incendió la biblioteca de Alejandría), las leyes de la física, la química o la biología seguirían esperándonos en el mismo lugar, idénticas a sí mismas. Con el tiempo, el método nos permitiría redescubrirlas, porque, a pesar de la falsa equivalencia que intentaba establecer Colbert en su charla, la ciencia no es aquello que el experto dice que es, sino aquello que la realidad nos devuelve cuando nos ponemos a testearla. La fe busca encontrar sentido a través del relato (o de muchos relatos, tantos como creencias existen), mientras que la ciencia se empeña en entender cómo funciona el mecanismo detrás de las cosas, sin que importe quién sea el observador.

    Este último detalle es interesante también. Así como no importa quién sea, tampoco importa (o no debería importar) la ideología o la moral de ese observador porque los resultados de la ciencia, sus explicaciones, no dependen de ello. Como bien señala el periodista y divulgador español Sergio Parra, “la ciencia no descansa sobre la objetividad de las personas, sino sobre la objetividad de los métodos. Los experimentos, la replicación, la revisión por pares o la obligación de publicar resultados que contradicen nuestras hipótesis existen porque asumimos que cualquier investigador puede equivocarse o dejarse llevar por sus preferencias”. Parra recuerda que Joseph Schumpeter resumía la diferencia de forma tajante y epistemológicamente sugerente: “Lo primero que un hombre hará por sus ideales es mentir”. Justo por eso, Parra recuerda que el economista alemán “sostenía que lo que convierte una disciplina en científica no son las virtudes morales de quienes la practican, sino unas reglas de procedimiento capaces de eliminar, o al menos reducir, el error condicionado por la ideología”.

    ¿Qué quiere decir esto? ¿Que los científicos son objetivos? ¿Que no mienten? ¿Que no se equivocan? No, para nada. Los científicos son humanos y, por lo tanto, tienen todos los sesgos y vicios habituales de cualquier persona. Con una diferencia sustancial: si un científico decidiera, en virtud de sus ideas o de sus criterios morales, ocultar información o no incluirla en sus experimentos, no estaría cometiendo un error de apreciación, sino una falta ética. Una que, además, seguramente invalide sus resultados y de paso destruya su reputación profesional. En las disciplinas que no interactúan con la realidad física, esto parece ser un poco más laxo. En las ciencias duras no: un puente que colapsa, un edificio que se derrumba, un medicamento que daña, todo eso convierte la transparencia y la honestidad intelectual en una cuestión de responsabilidad social directa. El ingeniero no se puede dar el “lujo” de que su opinión sobre los puentes pese más que los cálculos estructurales que se necesitan para garantizar la seguridad de quienes lo van a cruzar.

    ¿Qué ocurre en esas otras materias que no interactúan directamente con el mundo material? Y, ojo, que sean ciencias menos duras que las que construyen el puente o el medicamento no hace que tengan menos impacto en las personas. Piénsese, por ejemplo, en los experimentos de ingeniería social que se han llevado las vidas de millones. Y ahí está justamente uno de los núcleos problemáticos de esa laxitud: si bien una teoría social puede tener un autor, un responsable, en la ingeniería social (o sea, en la aplicación de esas ideas en el terreno social), su eventual fracaso se diluye en procesos lentos y difusos que degradan la vida de las personas a lo largo de los años. Al no haber un colapso inmediato y físicamente medible, los promotores de esas teorías que fracasaron quedan blindados, lejos de los efectos reales de sus ideas. No solo eso, siempre pueden atribuir el fracaso a un agente externo que opera sobre la realidad. Y seguramente sea allí donde reside la principal diferencia entre el científico y el intelectual. Especialmente el intelectual orgánico (o militante), que antes que razones busca ser parte de algo que dé sentido a su existencia.

    El problema es que mientras los consensos científicos son (o deberían ser), por definición, sometibles a prueba, los consensos intelectuales, con toda su laxitud, casi nunca lo son. La creación de consensos intelectuales reside en factores que no tienen demasiada relación con la idea científica del “ensayo y error”, sino con la pertenencia grupal: es mucho menos costoso socialmente sumarse a las ideas ya establecidas en el grupo que enfrentarlas. Siguiendo a Parra, los consensos intelectuales se crean por tribalismo y por la presión de minorías intransigentes, antes que por datos objetivos y contrastables. No es raro así encontrar intelectuales defendiendo dogmas que les otorgan estatus y superioridad moral dentro de su grupo. Al mismo tiempo, este sistema carece de costes para sus impulsores. Si sus teorías políticas o sociales fracasan de forma terrible en la realidad, ellos no sufren consecuencias físicas, legales ni financieras. El error es camuflado con retórica y prestigio académico y, a veces, incluso llega a recibir una banca en el Senado. No es muy distinto de la fe que desmontaba Gervais en su entrevista con Colbert. Y es que, sin contraste ni responsabilidad, el consenso intelectual no anda muy lejos del acto de fe.