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    La solución de los dos Estados y el sionismo democrático: ¿peligro de muerte?

    Contrariamente a lo que pregona el antisionismo, un Estado judío y democrático es un proyecto político viable. Prueba de lo dicho es que todos los índices internacionales especializados califican como democrático al régimen político del Estado de Israel (léase, al existente dentro de sus fronteras de 1949). Sin embargo, el sionismo democrático está gravemente herido. Para salvarlo, entre otros desafíos, es imperativo defender la viabilidad y creación de un Estado palestino

    Colaborador de Búsqueda

    El proyecto sionista, nacido a finales del siglo XIX, se planteó tres objetivos centrales: ser un Estado para el pueblo judío, funcionar bajo un régimen democrático y tener como territorio al antiguo Mandato Británico de Palestina (cuya geografía abarca Gaza, Cisjordania y al actual Estado de Israel). Sin embargo, el movimiento sionista pronto descubriría que estaba ante un trilema inescapable: no es posible satisfacer esos tres objetivos simultáneamente, sino únicamente dos. Este trilema continúa hasta nuestros días y su causa es simple: junto a los 7 millones de judíos israelíes, hay 7 millones de palestinos habitando esas tierras que van desde el mar Mediterráneo hasta el río Jordán.

    Esta realidad demográfica implica que, si Israel aspirase a ser un Estado democrático “desde el río hasta el mar”, debería abandonar su pretensión de ser un Estado judío. Dado que bajo ese Estado convivirían proporciones similares de judíos y palestinos, el modelo estatal debería ser laico o plurinacional. Esta solución es defendida por algunas variantes del antisionismo y por el llamado postsionismo. En cambio, para que Israel sobreviva como Estado judío y democrático, el sionismo debe renunciar a cualquier pretensión de soberanía en las regiones de Gaza y Cisjordania, permitiendo allí el establecimiento de un Estado palestino. Esta es la vieja fórmula de dos Estados para dos pueblos, defendida hoy por el sionismo liberal y por una parte del movimiento nacional palestino. Finalmente, un Estado judío en todo el territorio implicaría necesariamente la imposición de un régimen etnocrático. Es decir, la supervivencia de Israel como Estado judío desde el río hasta el mar estaría necesariamente anclada en la discriminación legal de la población palestina y en su imposibilidad de votar en las elecciones nacionales. Quien defiende más intransigentemente este proyecto etnocrático es el llamado sionismo religioso, que considera un mandato divino la implantación de un “Gran Israel”.

    En las últimas semanas, en paralelo a la catástrofe humanitaria de Gaza, varios acontecimientos agravaron el riesgo de que Israel escoja definitivamente la opción etnocrática. La novedad más importante es la aprobación oficial de un plan de construcción de unidades habitacionales en una zona de Cisjordania conocida como “E1”. Esta zona ha estado inequívocamente asignada a la fundación de un Estado palestino en todos los planes de paz elaborados hasta la fecha. De concretarse, el proyecto impondría un importante asentamiento judío entre el norte y el sur de Cisjordania, desconectando irremediablemente zonas palestinas densamente pobladas. En otras palabras, esta iniciativa amenaza seriamente una condición central para la fundación de un Estado palestino: la contigüidad territorial. Nadie expresó con más claridad las eventuales consecuencias de este proyecto que su principal impulsor, Bezalel Smotrich, ministro integrante de la coalición gobernante y figura clave del sionismo religioso: “Con el proyecto E1 estamos desarrollando finalmente lo que había sido prometido durante años. El Estado palestino está siendo borrado, no con eslóganes, sino con acciones”.

    El sionismo religioso no ha estado solo en su fuerte impulso hacia la consagración de un “Gran Israel” etnocrático. Hace pocas semanas, los 15 ministros del Likud, el principal partido de la coalición gobernante, le solicitaron al primer ministro Netanyahu anexar formalmente Cisjordania al Estado de Israel. La propuesta, obviamente, no otorgaría la ciudadanía israelí a los cerca de 3 millones de palestinos cisjordanos.

    Los hechos descritos se suman a una larga cadena de decisiones y acciones que han venido minando cada vez más la esperanza de un acuerdo de paz basado en la solución de dos Estados. Desde el fracaso de los acuerdos de Oslo, tanto la población de colonos como la cantidad de asentamientos judíos en Cisjordania crecieron sustancialmente, bajo el amparo de una ocupación militar que cumplirá 60 años en 2027. Tan grave ha sido la evolución de la situación en los últimos años que, recientemente, hasta un defensor de Israel de todas las horas como el expresidente Julio María Sanguinetti calificó las decisiones de la era Netanyahu sobre Cisjordania como “profundamente contraproducentes”.

    Además de las graves consecuencias que tendría sobre la población palestina, un eventual triunfo del proyecto etnocrático supondría una herida letal para el sionismo democrático. Por primera vez en la historia, sus actuales defensores se verían obligados a optar entre sionismo o democracia. Este inédito dilema generaría efectos tectónicos dentro del universo judío. Sin el sionismo democrático en escena, quedarían dos grandes corrientes judías irreconciliablemente enfrentadas. De un lado, tendríamos a los defensores de un “Gran Israel” habitado por dos grandes poblaciones: una con derechos plenos (la judía) y otra con derechos severamente restringidos (la palestina). Del otro lado, quedaría un judaísmo no sionista en busca y defensa de alguna alternativa sostenible de convivencia pacífica y democrática entre israelíes y palestinos. Cabe, por cierto, preguntarse si existe tal alternativa. Después de tanta sangre derramada, es necesario mucho optimismo para imaginar que israelíes y palestinos estarían en el futuro dispuestos a convivir bajo un paraguas político común.

    La solución de los dos Estados enfrenta un camino lleno de obstáculos. Las resistencias internas al interior de ambos pueblos son muy significativas. Así como buena parte del espectro político israelí ve con buenos ojos la anexión de Cisjordania, varios movimientos palestinos (entre ellos Hamás y la Yihad Islámica) se niegan a reconocer la legitimidad del Estado de Israel y a abandonar el sueño maximalista de una “Gran Palestina” libre de judíos. Además, un acuerdo de paz basado en la fórmula de los dos Estados no solo implicaría resolver cuestiones territoriales sensibles, sino también asuntos adicionales de igual complejidad como los derechos de los refugiados palestinos que residen en otros países y el estatus de Jerusalén, una ciudad sagrada para ambos pueblos. Por si fuera poco, la masacre del 7/10 cometida por Hamás en Israel y los subsiguientes crímenes de guerra de Israel en Gaza han incrementado severamente la desconfianza mutua entre ambos pueblos.

    A pesar de un contexto tan adverso, este conflicto no es necesariamente un juego de suma cero. La creación de un Estado palestino en Gaza y Cisjordania no solo representaría una excelente noticia para el pueblo palestino. Para Israel, implicaría tanto la salvación del sionismo democrático como una mejora sustancial en sus relaciones internacionales, hoy severamente deterioradas por su accionar militar en Gaza. Sabotear estos logros para imponer un “Gran Israel” seria un error colosal.