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    ¿Tienen el poder?

    Obtener más poder es sacárselo, en parte, a los que ya lo ostentan, no hay otra manera; el poder es finito y no se comparte; los espacios ya están todos ocupados y, para avanzar, hay que desplazar a los otros

    Director Periodístico de Búsqueda

    La metodología consiste en observar de la forma lo más detallada posible. Acercarse a los protagonistas y tomar nota mental de todo. Reparar en movimientos, en comentarios que funcionan como reflejos de pensamientos más profundos, en gestos que evidencian estados de ánimo o sentimientos ocultos, en cada detalle. Esa es una de las principales tareas de todos los periodistas: observar en lugar de solo mirar.

    Después de realizado ese paso con personas distintas pero conectadas entre sí por un tema determinado, lo que se debe hacer es poner todo el material recabado arriba de una mesa imaginaria y empezar a unir las distintas piezas del puzle para acercarse lo máximo posible al objetivo: obtener una foto lo más nítida posible de la realidad del momento.

    En este caso, el primer protagonista sometido a la observación fue un allegado a los principales jerarcas del Poder Ejecutivo, uno de esos asesores que trabajan desde las sombras y que hacen esa tarea de lobby fundamental para cualquier presidente, ministro o jerarca de primera línea. Todos los gobiernos los tienen. Son de los más imprescindibles porque, si no están, la maquinaria no funciona.

    Esta persona, en un café semanas atrás, me confesó que una de las tareas que tenía asignada y que lo obsesionaba era tratar de “construir poder duradero” para su grupo político, de armar una estructura que perdurara, que pudiera sobrevivir a los vaivenes coyunturales y a los cambios periódicos de gobierno. No perpetuarse en el poder, sino mantener parte de él por más que cambiara el signo ideológico del Poder Ejecutivo.

    Días después, otro integrante de ese círculo rojo que envuelve a los líderes de opinión y a los tomadores de decisiones se refirió al tema, pero desde otro lugar. Este protagonista de mi observación, empresario y profesional de primer nivel, me dijo que los de su especie suelen ser oficialistas del gobierno de turno y que no se abrazan a ninguna bandera. Y avanzó en esa idea. Me explicó que lo importante es ser pragmático y adaptarse a los cambios de autoridades después de las elecciones, sin modificar el relacionamiento. “El poder de un gobierno es muy relativo, pero hay que darle a entender que lo tiene”, reveló como su estrategia.

    Entonces, repasando esas dos conversaciones y buscando un hilo conductor, me vino a la memoria una de esas frases que solía decir el expresidente José Mujica y que contaba con la aprobación de algunos de los que también habían estado a cargo de la primera autoridad política del país. “Apenas soy el presidente”, contestaba cuando alguna situación que involucraba un problema de difícil solución lo superaba y sentía que no podía resolverla.

    El asunto es: ¿dónde está ese poder verdadero y duradero? ¿Quién lo tiene en Uruguay? ¿Es realmente rotativo? ¿Está mayoritariamente en los poderes públicos y especialmente en los gobernantes y jerarcas de turno? ¿Cuántos poderes hay y cómo se miden? ¿Cuál de todos ellos es el más poderoso y cuál el menos? ¿Hay gobiernos más poderosos que otros?

    Difícilmente los involucrados brinden las mismas respuestas a esas preguntas. Se las he hecho a muchos de ellos, de distintos ámbitos y partidos, y las respuestas han sido muy variadas. Solo hay dos aspectos en los que todos coinciden. El primero es que el poder está menos expandido y dividido de lo que parece; el segundo, que tener el gobierno no significa necesariamente tener el poder.

    Da la sensación de que algo de eso es lo que le está ocurriendo a este gobierno, que no logra posicionarse con una porción importante de ese poder verdadero. A todos les cuesta, pero ahora hay varios factores que están jugando en contra, como la ausencia de liderazgos muy marcados, un frente interno complicado con socios que disputan los principales espacios de decisión y una oposición virulenta y poco colaboradora.

    A eso hay que sumarle lo que también les ocurre a todos los gobiernos, que logran avanzar en la escala del poder real, aunque no con tanta profundidad. Porque los que terminan manejando las decisiones cotidianas, esas que marcan la línea de una gestión y pueden torcer el rumbo para un lado u otro, son los mandos intermedios. Esa es una queja constante de los que pasaron por los principales cargos del poder público. Dicen que a veces es muy difícil hacer, porque en la administración pública una cosa es querer y otra muy distinta es poder.

    Otra porción muy importante y duradera del poder está en un grupo de empresarios privados, uruguayos y también extranjeros. En este caso, poco tiene que ver la orientación ideológica del gobierno de turno. Por más que tengan más afinidad con unos que con otros, son oficialistas. Es fácil comprobarlo, además, porque suelen estar muy cerca de las principales figuras de cada uno de los gobiernos. Siempre se mueven alrededor del poder político como forma de mantener su propio poder. Y son muy exitosos al respecto.

    Muchos de ellos juegan de locatarios adentro del círculo rojo. Tanto que suelen transcurrir casi sin tener que dar explicaciones por sus negocios, algunos de los cuales generarían dudas hasta al más despistado. Son aquellos a los que el periodista argentino Jorge Lanata bautizó como “los intocables” hace ya más de dos décadas, cuando tuvo un programa televisivo en Canal 12. Tan intocables eran que Lanata optó por no trabajar más en Uruguay por todas las puertas que le cerraron cuando intentó investigarlos.

    Tampoco con ellos ha cambiado las formas este gobierno. Ni este ni ninguno de los anteriores. Nadie quiere meterse en esos terrenos porque el precio puede ser demasiado alto. Al menos eso es lo que creen. Como prueba de que así ocurre, basta con analizar cuántas personas fueron encarceladas durante los últimos años por delitos referidos al lavado de dinero, las estafas a gran escala, el pago de coimas o la corrupción al más alto nivel. Difícil encontrarlas, pese a que los periodistas hemos expuesto varios hechos, cuando menos, sospechosos durante los últimos años.

    Obtener más poder es sacárselo, en parte, a los que ya lo ostentan, no hay otra manera. El poder es finito y no se comparte. Los espacios ya están todos ocupados y, para avanzar, hay que desplazar a los otros. No parece ser esa la actitud del actual gobierno. Resulta bastante evidente, y más todavía teniendo en cuenta los últimos acontecimientos. Está a tiempo de revertirlo, al menos en parte. Y sería importante que lo hiciera, porque peor que un buen o un mal gobierno es no tener gobierno.