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En agosto de 2016 Colin Kaepernick, entonces mariscal de campo del equipo de fútbol americano San Francisco 49ers, decidió arrodillarse mientras se ejecutaba el himno de Estados Unidos, al comienzo de un partido de liga. Para quien no conozca el detalle, el vínculo entre la liga de fútbol americano, la NFL, y el ejército de EE.UU. es tan fuerte que ese momento del himno, en el arranque de los partidos, suele ser una suerte de desfile militar. En aquel 2016 Kaepernick protestaba contra la violencia que la policía ejercía contra los afroamericanos y, más en general, contra la injustica social que persiste en su país.
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La acción del jugador fue seguida por otros deportistas y, con su gesto, Kaepernick contribuyó a darle visibilidad a los problemas que denunciaba. Al mismo tiempo ese gesto fue el que terminó con su carrera deportiva, ya que no volvió a jugar después de concluida esa temporada. La acción de arrodillase antes de los partidos fue asumida e impuesta después por la Premier League inglesa, convirtiendo ese costosísimo acto de rebeldía individual en una imposición institucional, compulsiva para todos y sin el menor costo social y profesional para nadie. Cuatro años más tarde, a la luz de los incidentes relacionados con el asesinato de George Floyd, las autoridades de la NFL dieron públicamente la razón a las protestas y al mariscal de campo, pero ya era demasiado tarde. Para Kaepernick, no para la NFL.
Fast-forward hasta el domingo pasado. Medio tiempo del Super Bowl, se presenta el artista global más popular de los últimos tiempos. Se llama Bad Bunny y es puertorriqueño, es decir, estadounidense. Como estadounidenses son los 50 millones que usan habitualmente el español para comunicarse en ese país. Sin embargo, en unos EE.UU. gobernados por un sector político abiertamente xenófobo y racista, en donde las autoridades no han tenido el menor problema en pasarse su propia legalidad por el arco de triunfo en lo que refiere a la persecución basada en la “apariencia delictiva” de los rasgos latinos, la presencia de Bud Bunny iba a ser polémica. No para el músico, quien públicamente ha sido crítico, sobre todo en los últimos tiempos, con el trato que el gobierno de su país dispensa a la población de origen latino. Polémica para la NFL, quien con la presencia de ese artista podía llegar a molestar al núcleo duro de su público, eventualmente conservador y más alineado con las ideas (es un decir) del Make America Great Again (MAGA) del presidente anaranjado. Ahora, ¿será tan así?
Desde hace años la NFL, que fue muy criticada cuando el incidente de Kaepernick, ha venido intentando entrar en mercados que se le resisten, como el de America Latina y el europeo, en donde hace unos años tuvo una franquicia que, pese a la fuerte inversión que se hizo, nunca llegó a cuajar. Al mismo tiempo, las sensibilidades en torno a la diversidad en EE.UU. han cambiado, y no hacia un punto de encuentro, precisamente. La segunda presidencia de Donald Trump se ha caracterizado por su capacidad de polarizar las opiniones en el país y por la radicalidad de su mirada “blancocentrista”, basada en la convicción de que el suyo es un país en el que, si bien no es del todo blanco, es natural y deseable que sean los blancos quienes lleven la batuta. Quienes deciden dónde se trazan los límites de lo que es americano y lo que no lo es. De forma completamente ajena a lo que sea que diga la constitución del país, obviamente. Esta visión, si bien puede lograr encantar a unos cuantos (quizá a una mayoría), también deja fuera a mucha gente. La NFL, como todo negocio y espectáculo que se pretenda popular, ha tomado en los últimos años buena cuenta de eso.
Tal como ocurre con los candidatos de los partidos políticos antes de las elecciones, se trata de intentar pescar fuera de la pecera propia. Si mi público consolidado es, supongamos, conservador y quiero ampliar mi mercado, tengo que lanzar mensajes que no alienen a quienes no son aún mi público. Quizá eso explique por qué en la última década los espectáculos del medio tiempo del Super Bowl, el momento publicitario más caro del mundo, han sido dominados por artistas afroamericanos y/o latinos. En ese sentido, el mensaje de la NFL ha sido consistente: sí, somos conservadores y patriotas como el mejor, pero en nuestros corazones (y en nuestras billeteras) hay espacio para todos.
Y ese fue precisamente el mensaje de Bad Bunny, quien, después de reivindicar su visión de lo latino, cerró el espectáculo con un llamado al amor por sobre el odio y recordó que “juntos somos América”. Dejando de lado el detalle de que América va desde Alaska hasta Tierra del Fuego, la idea de inclusión era clara, en oposición a la visión protoapartheid de MAGA. Una visión que, más allá de reivindicar de manera clara y a la vez sutil lo latino (el detalle sobre la red eléctrica de Puerto Rico fue finísimo), tuvo un mensaje de unidad y de encuentro entre distintos. Harina de otro costal es si musicalmente Bad Bunny estuvo a la altura del evento. Como espectáculo, creo que no hubo mucha duda de que sí. Como performer el resultado fue más discutible, con su voz sonando plana y hasta fuera de tiempo sobre sus canciones más conocidas. El asunto es que nada de lo que ocurre en el medio tiempo de un Super Bowl tiene que ver de manera prioritaria con la música y el arte. Sí, fue bueno tener a Lady Gaga cantando como se debe. O a Ricky Martin cantando de forma ampulosa pero afinada. Pero solo fueron condimentos para el statement político que fue el evento, con su emocionante despliegue de reivindicaciones culturales, realizadas en forma visual y plástica. Condimento esencialmente, y conviene no olvidarlo, del statement comercial que es ese momento para la liga.
Según datos de la NFL, si bien el espectáculo de Bad Bunny no fue el más visto de la historia a nivel de la televisión de EE.UU., con su promedio de casi 129 millones de espectadores, rompió todos los récords en redes y plataformas digitales. Allí acumuló 4.000 millones de reproducciones en sus primeras 24 horas, lo que es un 137% más de lo que acumuló el rapero Kendrick Lamar en el mismo período, después de su espectáculo en el Super Bowl el año pasado. Y, lo más interesante para una liga que intenta expandirse a nuevos mercados, más de la mitad de esas reproducciones vinieron de fuera de EE.UU. Quizá no haya sido tan riesgoso para la liga poner un artista latino reivindicativo en su momento de máxima exposición. Después de todo, un show que muestre una visión de lo latino de forma explícita (uy, que miedo) no va a hacer que un eventual espectador conservador de fútbol americano se ponga a mirar, qué sé yo, curling.
Así que, ni calvo ni con dos pelucas, el espectáculo de Bad Bunny parecería haber cumplido con su misión de marketing. Misión que, cualquiera que mire deporte profesional estadounidense sabe, está en el tuétano de la actividad. También fue un espectáculo que, en un momento especialmente crispado para EE.UU. y el mundo, decidió caminar a contracorriente y revindicar, desde lo propio, todo aquello que nos une. No es poca cosa.