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    Una violación perpetua

    Los archivos Epstein vienen a evidenciar que el feminismo está lejísimos de haberse “pasado tres pueblos” en sus demandas por igualdad

    Columnista de Búsqueda

    Millones de archivos relacionados con el abusador sexual y traficante de niñas y adolescentes Jeffrey Epstein fueron publicados el viernes 30 de enero por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Se destapó una olla que salpicó para todos lados y dejó al mundo dando arcadas. Parece que va a ser difícil recuperarse de esto; dan ganas de volver a tapar la olla despacito, seguir escroleando, distraerse con algún video de gatitos y desentenderse. Pero mirar para el costado y mostrarse insensible también es una manera de ser cómplice.

    La dimensión es tan enorme que cuesta procesar. Y no es que sea difícil de creer, por ejemplo, que el presidente de Estados Unidos fuera parte de una red que violaba niñas y adolescentes. Lo que asquea es que siga en el poder con total impunidad. Ya había sido fuerte que la gente lo votara a pesar de tener varias denuncias de abuso y de decir frases como que “cuando sos una estrella podés hacer lo que quieras con las mujeres. Agarrarlas de la concha, lo que quieras”. Pero ahora son cientos los testimonios y las imágenes que fueron liberadas, y miles los documentos que lo involucran en el abuso sexual a niñas, en las formas más humillantes e inimaginables. Si bien los archivos no determinan un delito, sino que son pruebas de una investigación, resulta increíble que esta persona pueda seguir ocupando descaradamente uno de los lugares políticos más importantes del mundo. Pero la razón por la que lo puede seguir haciendo es bien simple: porque a la mayoría de la gente la tiene sin cuidado el abuso sexual a niñas y mujeres. Y el espectro varía desde aquellos hombres abiertamente misóginos que apoyan y festejan ese tipo de crímenes hasta todas esas personas que, aún en desacuerdo, consideran estos temas asuntos secundarios.

    En los documentos aparece una cantidad horrible de hombres poderosos involucrados en el abuso a niñas. Otro de los que figura, por ejemplo, es Steve Bannon, el gran estratega político de la extrema derecha de Estados Unidos y Europa, y también consejero de campañas políticas, como la de Jair Bolsonaro en Brasil. Una característica común que muchos de estos hombres que figuran en los archivos presentan es su postura abiertamente misógina y antifeminista. Un discurso que ha crecido en las derechas conservadoras de todo el mundo, que se proclaman “antiwoke” y están en contra de la ampliación de derechos de mujeres y diversidades. Es quizás esta tendencia lo que explica la creciente brecha de género que se observa en el electorado joven a escala internacional. Según un informe de Radio y Televisión Española (RTVE) de 2025, “entre veinteañeros y adolescentes, una nueva brecha ideológica se abre paso: los chicos cada vez son más de derechas y las chicas cada vez más de izquierdas. Los datos lo corroboran: en Estados Unidos, Reino Unido o Alemania, los varones son entre 20 y 30 puntos porcentuales más conservadores que ellas”. Un desarrollo similar se puede observar en España desde 2018, o en el ascenso de Javier Milei en Argentina. Y la explicación no es tanto que “las mujeres se radicalicen”, sino que los hombres se desplazan más hacia la derecha, mientras que las mujeres se mantienen o se mueven levemente hacia la izquierda. Tal vez es una suerte de instinto de supervivencia que les dice a ellas al oído que no apoyen discursos políticos que estén en contra de los avances de sus derechos.

    Los archivos Epstein vienen a recordar que la misoginia presente en los discursos de estos hombres está también presente en sus actos. Vienen a mostrar que muchos de los señores que manejan el mundo desprecian profundamente a niñas y a mujeres. Y sobre todo, a evidenciar que el feminismo está lejísimos de haberse “pasado tres pueblos” en sus demandas por igualdad.

    En el mundo de los archivos Epstein, de la operación Océano, del caso Penadés, de los grupos de hombres que comparten en Facebook o WhatsApp fotos íntimas de sus hijas o parejas sin consentimiento, en el mundo de Dominique Pelicot invitando a violar a su esposa drogada, en el mundo que insiste en tratar a mujeres y niñas de estas maneras, va a haber que pasarse unos cuantos pueblos más antes de poder empezar siquiera a respirar en paz.